Paternidad Forzada

Capitulo 31

El gran salón del apartamento, que en otros tiempos había albergado madrugadas de música estridente y humo de tabaco exclusivo, estaba irreconocible. El diseño industrial de techos altos y vigas expuestas se había rendido ante una invasión de globos amarillos y azules, guirnaldas con el nombre de Víctor y el eco constante de risas genuinas. El olor a cócteles caros había sido desplazado por la fragancia dulce del pastel de vainilla y los bocadillos infantiles. Era el primer cumpleaños del bebé, y el ambiente desbordaba una felicidad que se sentía sólida, ganada a pulso tras la tormenta.

Victoria observaba la escena desde la barra de la cocina con una taza de té entre las manos y una sonrisa mansa en los labios. Al mirar los globos y el desorden alegre, una epifanía la golpeó con la fuerza de un abrazo cálido: quedarse desempleada meses atrás, cuando el consorcio hotelero prescindió de sus servicios tras el caos inicial, había sido lo mejor que le pudo haber pasado en la vida. El miedo inicial a perder su estructura y su independencia económica se había transformado en el regalo del tiempo. Había podido sanar, dedicarse a ver crecer al niño día a día, y construir junto a Liam los cimientos de un hogar de verdad, sin la presión de los balances corporativos devorándole las horas.

La fiesta no era un evento común. Los antiguos amigos de la vida nocturna de Liam —los dueños de los clubes más selectos, promotores y socios del circuito de la alta sociedad— habían sido los encargados de organizar el festejo para el pequeño. Tras semanas de silencio por parte del Liam, este grupo de solteros empedernidos no había podido resistir más la intriga por saber qué había sido de la vida de su líder. Poco a poco, tras visitarlo de imprevisto y encontrar al implacable Liam Vance cambiando pañales con naturalidad, se habían terminado encariñando con el bebé, convirtiéndose en una especie de tíos ruidosos y protectores.

El asombro en el salón era generalizado. Los invitados observaban a la pareja con una mezcla de respeto y fascinación. Para todos ellos, era un espectáculo irreal ver cómo Victoria —la vecina seria, odiosa y estructurada que solía bajar a quejarse por el ruido con el ceño fruncido y los brazos cruzados— había logrado domar y cambiar por completo al playboy más indomable e indomesticable de la ciudad. Liam ya no tenía la mirada esquiva ni la prisa del hombre que huye de la soledad; ahora se le veía pleno, con los hombros relajados y los ojos oscuros fijos en la mujer de piel canela que gobernaba su apartamento y su corazón.

En la cocina, lejos del bullicio de los juguetes y las conversaciones sobre negocios, Sofía, la mejor amiga de Victoria, se apoyó en el granito negro con una copa de espumoso en la mano, mirando a su amiga con complicidad.

—Bueno, ya que estamos solas... tengo que hacerte la pregunta del millón —susurró Sofía, codeándola suavemente con una sonrisa pícara—. Sé que Liam es un padrazo y que maneja el imperio como los dioses, pero... ¿qué tal es el sexo con el vecino? ¿Vale la pena tanto drama?

Victoria sintió que el calor le subía por las mejillas, pero no intentó ocultar la verdad. Recordó las noches recientes en la habitación principal, la forma en que las manos grandes de Liam recorrían sus caderas con una adoración pausada, y la intensidad de unos encuentros donde ya no había prisa, sino una entrega absoluta y posesiva que la dejaba exhausta y bendecida antes del amanecer.

Victoria soltó un suspiro largo, profundo, con los ojos brillando de una picardía genuina.

—Es... lo mejor de lo mejor. De verdad —confesó en voz baja, mordiéndose el labio inferior.

Ambas amigas soltaron una carcajada limpia, ahogando la risa entre susurros para que el eco no llegara a la sala, compartiendo esa complicidad femenina que los meses de tensión les habían robado.

De regreso al salón, la realidad de la nueva vida de Liam se impuso con naturalidad. En ese espacio ya no se celebraban fiestas con barra libre de alcohol de alta graduación ni amaneceres de excesos; ahora, el grupo de amigos brindaba con refrescos y agua mineral, celebrando la madurez y la vida de padres de un hombre que había encontrado su verdadero norte. Los empresarios de la noche hablaban de marcas de cochecitos y guarderías con la misma seriedad con la que antes negociaban las franquicias de los clubes.

El centro de atención absoluto era el cumpleañero. El pequeño Víctor ya caminaba, aunque todavía no lo hacía del todo bien; daba tres o cuatro pasos tambaleantes, con las piernas arqueadas y los brazos abiertos buscando el equilibrio como un pequeño astronauta, antes de dejarse caer sobre su pañal con un golpe sordo en la alfombra blanda.

Cada caída del niño provocaba una oleada de risas y aplausos de los presentes. Liam se agachaba a su nivel, lo animaba con silbidos y lo volvía a poner en pie, celebrando cada intento con un orgullo viril que le ensanchaba el pecho.

Víctor, estimulado por los vítores y las sonrisas de su familia, volvía a arrancar su caminata inestable, buscando con la mirada el refugio de los brazos de Victoria, que lo esperaba al final del trayecto dispuesta a alzarlo en vilo y llenarlo de besos. El penthouse ya no era un monumento al éxito solitario, sino el escenario vivo de una familia que avanzaba un paso a la vez.




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