Pensamientos a medianoche

2.

Para ti, de mí.

Había una bruja; todas las mañanas pasaba por el pueblo y muy feliz a los vecinos iba a visitar.

Todos la amaban; qué bruja tan amable, decían al verla pasar. Qué amada era; lástima que no todos estén dispuestos a soportar.

El lobo, que vivía en las sombras, veía todo el amor que la bruja podía recibir y estaba muerto de envidia; sus ojos oscuros reflejaban un mar tempestuoso oculto tras su fachada de sombras silenciosa que en su interior se comenzaba a desatar.

—Oh, pero qué pesar —dijo el feroz animal—, tus días contados están.

Una mañana, mientras la bruja hacía sus matutinas visitas, vio al lobo pasar.

—Mi querido amigo lobo, por fin me vienes a visitar —dijo la bruja con alegría, sin imaginar toda la envidia que el ser podía ocultar.

Se acercó a saludar y un rato a hablar; mientras lo hacía, no notaba cómo el lobo, una debilidad en la bruja, buscaba encontrar. Hasta que la encontró, cuando la notó al granjero, con ojos iluminados, llenos de amor y promesas que algún día deseaba completar.

Ella se quiso acercar, pero su vergüenza la hizo retrasar. ¿Y si no me quiere cerca y yo solo voy a molestar?

—No deberías —dijo aquel lobo con malicia impregnada en su fuerte y ronca voz llena de veneno—. Solo lograrás a ti misma avergonzar, créeme, como tu amigo solo te digo la verdad.

Qué bruja tonta, en el astuto lobo no debió confiar.




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