Para ti, de mí.
“Oye”, dijo aquella voz, “pts, oye, te estoy hablando a ti”, siguió diciendo. “¿Es que acaso no me escuchas?” Tiró una piedra golpeando la espalda de la otra persona.
Pero ella ignoraba, sus oídos no escuchaban, su boca no producía sonido, sus ojos ya no veían más que oscuridad; ella ya no existía.
“Claro que no me escuchas”, dijo una vez más aquella voz. “Eres solo alguien sin importancia, tú cometiste un error, ahora debes afrontar las consecuencias” y siguió arrojando piedras. “Oye, tú, animal. El día que logres responderme, ese día serás comida para los cerdos”.
“Dile que ladre como perro”, dijo una voz al fondo.
“Sí, ladra como perro y arrástrate en el piso como la serpiente venenosa que eres. No eres nadie, ni siquiera tienes un nombre y no puedes hacer nada para cambiarlo”
La chica, amarrada de manos, boca y piernas, siguió sin decir nada. Al final de cuentas, ese había sido el trabajo que le habían asignado, el de un animal.