Perdón

1. Lluvia

Cillian Leclerc

—Hannah y Preston —dos nombres que no deberían estar juntos—. Habitación trescientos cinco. No camines al altar sin antes ver a tu novia y a tu padrino revolcándose en una cama.

Mi hermana Cya me intercepta en la puerta de mi habitación. No es una mujer dramática ni lanza acusaciones sin tener algo que las respalde.

Engaño.

La palabra no encaja. Una blasfemia contra un compromiso que lleva siete meses.

No me apresuro a exigir explicaciones. Tampoco le digo que se calle. Algo no encaja. Alguien miente en esta ecuación.

Cya no es dada a mentir. Hannah no se atrevería. Su reputación de dama de alta sociedad la respalda. Y Preston es prácticamente un extraño para mi prometida; apenas intercambian dos palabras.

Entonces, ¿quién está equivocado?

—¿Los viste tú?

—Cillian, si te lo digo es por algo —gruñe, exagerada. La frente se le tensa—. No especulo.

—Necesito verificarlo por mi cuenta. Explícame exactamente qué viste. Estamos a las puertas de una boda.

—Esto no es una nota de prensa. Mucho menos estamos en un juzgado. Ellos están celebrando la luna de miel por adelantado. Sin ti.

Saca una llave de su bolsa y la deja en el bolsillo de mi pantalón con decisión. No gano nada reaccionando antes de tiempo. Primero lo veré con mis propios ojos.

Si es mentira, volveré al altar.

Si no lo es, también.

Las consecuencias serán distintas.

—Regreso ahora. Quédate aquí.

Sin esperar su protesta, salgo rumbo al ascensor. Sin apurarme. No voy a correr. Marco el piso que mencionó Cya. Cuando llego a la habitación trescientos cinco, me detengo frente a la puerta. Saco la llave que entra tan rápido como sale de mi bolsillo. El famoso clic típico. Da a entender que la puerta ya está abierta. Regresó la llave a su lugar.

Al tocar la manija, mi pulso se dispara y me quedo inmóvil. Los oídos se me agudizan y el inconfundible sonido de dos personas entregándose a la intimidad, bajo las sábanas, llega hasta mí. Aprieto la mandíbula a la par que mi pecho se comprime.

Hoy. El día de nuestra boda.

Despacio, permito que la manija ceda. Mis pasos son sigilosos, todo lo contrario a la oleada de adrenalina que me recorre el cuerpo.

Mis pasos se ralentizan cada tanto mientras avanzo hasta la puerta. Entonces lo veo.

Mi hermana no mentía.

Un zumbido momentáneo me corta la respiración. Mis ojos no pueden apartarse de lo que hacen esos dos traidores, sus risas, sus palabras burlonas y la forma en que se entregan el uno al otro.

Y se nota que no es cuestión de un día y una noche.

Son dos amantes que llevan conociéndose desde hace tiempo. Mis manos se cierran lentamente en puños mientras me grabo esa escena a fuego. Mi mandíbula se tensa aún más. Me doy la vuelta con ese calor insoportable que se trepa por mi cuello. Cierro la puerta.

Mi cabeza busca una explicación mientras regreso a la habitación donde me estaba arreglando, pero no encuentro ninguna.

Hannah y Preston infieles.

El asco se entremezcla con la decepción y ya sé lo que tengo que hacer, sin detenerme a pensar demasiado. En cuanto regreso a la habitación, me encuentro con mi hermana, cruzada de brazos y con las cejas elevadas.

—Tenías razón —es lo único que me limito a decir mientras vuelvo al espejo para arreglarme y ponerme la corbata.

—Cillian, ¿se puede saber qué haces arreglándote? ¿Y por qué regresaste tan rápido y no los enfrentaste? —Se lleva una mano a la frente—. ¿Qué piensas hacer? ¿Seguir con esta boda?

Tomo una liga y me ato el cabello largo. Me vuelvo hacia ella.

—Quiero las grabaciones de esa habitación.

Cya se me queda mirando, parpadeando, confusa.

—¿Para qué?

—Para que todos vean lo mismo que yo.

La incredulidad desaparece tan pronto como llega y una sonrisa perversa se asoma por sus labios pintados de rojo.

—Ya entiendo.

—Habla con el responsable del audiovisual. Necesito que las pantallas estén listas antes de que diga que sí.

—Dalo por hecho. No sabes cuánto esperé este momento. Qué bueno que abriste los ojos.

—Hazlo rápido. No tenemos mucho tiempo —busco el reloj regalo de mi padre entre mis cosas. Me lo pongo sin darle la vista a Cya. Solo estoy esperando que se termine de ir.

—Déjamelo a mí.

Cya por fin me deja solo.

Las imágenes frescas de lo que acabo de ver vuelven a asaltarme. Intento apartarlas. No quiero pensar en ello todavía.

Pongo la mente en blanco y funciono por inercia.

Termino de ajustar la corbata, acomodo el saco y reviso que mi reloj esté en su lugar antes de rociarme perfume. Verifico la hora. Estoy justo a tiempo.




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