El ventilador de techo giraba ruidoso. Afuera, el sol de julio caía implacable sobre el pavimento, pero adentro, el calor venía de la gente que aguardaba ser atendida.
Con Irlanda bien sujeta de la mano, me dirigí al mostrador al ser llamada.
La recepcionista apenas levantó la vista.
—¿Cita para qué especialidad? —preguntó, como si le pesaran las palabras.
—Neumología. Ahí dice que es urgente. —Apunté la hoja que me dio el médico. Mi voz sonó demasiado suplicante, pero no pude evitarlo.
La mujer tecleó en la computadora con una sola mano, sin mirarme.
—Lo más pronto es… —pausó, concentrada— diecisiete de noviembre.
—¿Noviembre? —La palabra salió con susto.
—Ajá. —Se encogió de hombros—. ¿Quiere agendarla o no?
Quise decirle que no podía esperar tanto, que me estaba ahogando, que cada semana era un ladrillo más sobre mi pecho.
Pero ella seguía mirando la pantalla con el ceño fruncido como si yo fuera un bulto insensible que entorpecía su día.
—Es que… no puedo esperar tanto. —Sentí un nudo subiendo por la garganta.
—No hay más espacios disponibles —replicó con frialdad.
Irlanda empezó a balancearse y a jalonearse. Si no me daba prisa, comenzarían los gritos.
Tragué saliva. Sabía que, si mi niña lloraba allí, seríamos observados por ojos acusadores.
Me marché del hospital con la cita dentro de cuatro meses apuntada en el carnet.
Afuera, el sol me cegó por un momento y pensé que quizá, para ese mes, ya no tendría fuerzas para regresar por propio pie.
Luego de un viaje en combi de casi una hora, llegamos a la colonia donde vivíamos.
Irlanda se entretuvo todo ese tiempo con mi llavero y unas frituras que solía llevar para ella.
Caminaba con la cabeza gacha, pensaba en la cita y en el penoso servicio que me daban aun cuando en mi nómina venía sin falta el descuento del seguro social.
Por ir distraída, por poco y olvido que Irlanda esperaba su pollo para la comida. ¡Tremendo error! No podía dejar que la niña se alterara más.
Tuvimos que regresar dos calles. Tal como lo supuse, mi hija empezó a gritar peor con cada metro que avanzábamos.
La pollería sí estaba abierta. Doña Lola era la que más tarde cerraba, aunque sus precios eran un poco más elevados.
Tras el mostrador no estaba la señora, sino un hombre que no había visto antes. Alto, piel clara, con el cabello negro peinado hacia atrás y una sonrisa que parecía tener luz propia. Su camisa blanca, arremangada hasta los codos, dejaba ver unos antebrazos marcados.
Buenas tardes —dijo, y el timbre cálido de su voz me obligó a mirarlo a los ojos; tenían un destello pícaro especial.
—Buenas tardes —respondí con tono apagado—. Me da una pechuga completa en filetes, por favor.
Mientras el hombre pesaba y cortaba el pollo, cada tanto me veía y sonreía como si esa fuera su manera natural de estar en el mundo.
Cargué a Irlanda con la esperanza de que eso la calmara, pero resultó contraproducente. El contacto físico la irritó todavía más, y terminó jaloneándose entre mis brazos.
—Mira, nena, una paleta —dijo el hombre después de envolver el paquete. Tenía en una mano una paleta en forma de sandía.
Respiré aliviada. Eran las favoritas de Irlanda.
Ella paró el llanto y se abalanzó sobre la paleta como una gacela.
—Gracias —fue lo único que atiné a decir en un suspiro—. Está cansada. Tuvimos una mañana larga.
—A mí no me molesta. Los niños lloran y hacen berrinche, es normal.
—¿Tiene hijos?
—Una. Vive con su madre en Los Ángeles. Me divorcié hace poco.
Entonces recordé que doña Lola varias veces me contó que tenía un hijo que vivía en el extranjero, y que era trabajador e inteligente.
—Discúlpeme el atrevimiento —me apresuré a decirle.
A él no pareció incomodarle mi pregunta anterior. Por el contrario, salió del mostrador, se quitó el guante y me extendió la mano.
—Háblame de tú. Soy Álvaro.
—Mucho gusto. —Acepté su gesto. Tenía apretón fuerte—. Azucena.
Él no me quitaba la vista de encima.
Calculé que ya pasaba de los treinta. Los mayores me gustaban mucho más.
Sentí que me sonrojaba y fingí mirar la vitrina.
—Bueno, cuando quieran venir por otra paleta, está abierto hasta las cinco.
Al pagar, sus dedos rozaron los míos apenas un segundo. Quizás fue nada… y al mismo tiempo me resultó agradable.
Esa noche, mientras doblaba la ropa de Irlanda y preparaba mi uniforme de trabajo, la pregunta llegó de pronto: ¿Está bien dejar que alguien me guste? Con lo que tengo… ¿es justo para él? ¿para mí?
La verdad es que los primeros dos años de mi hija solía salir de vez en cuando con algún conocido. Nada formal, nada serio, solo citas casuales. Tras su diagnóstico, dejé de buscar el contacto de un hombre y me enfoqué en sus avances.