El Hospital Santa Lucía era otra cosa: pisos de mármol, plantas ornamentales en grandes macetas y abundante aromatizante de manzana con canela. Sin largas filas o bancas rotas.
Me puse una blusa negra planchada con esmero y una falda larga azul claro que decían que se me veía bien.
Llegué temprano con la orden médica firmada.
En la recepción, una mujer de uniforme lila me inspeccionó de arriba abajo antes de recibirme el documento.
Luego de revisar con gran calma en la computadora, me entregó un formulario:
—Anote también su número de seguro, por favor.
Me retiré a unos asientos en silencio para escribir y también para que no se notara el temblor en la letra. No quería cometer ningún error.
La recepcionista recibió mi formulario ya completo y me entregó un papelito con la cita para el siguiente día a las dos de la tarde.
—¿Podría cambiármela para la mañana? —le pedí, preocupada—. Es que tengo que recoger a mi hija de la escuela.
—Las citas para los referenciados del seguro son en las tardes —respondió tajante.
Por mi mente pasó una rápida planeación que, sabía bien, Irlanda terminaría resintiendo.
Acepté sin más opciones. Por lo menos ya tenía un gran avance y no iba a detenerme por eso.
A la salida de la escuela, mi hija me recibió con el dibujo de una tortuga pintado de color verde.
—Hoy sí quiso trabajar con apoyo —dijo la maestra Marisela—. En casa necesitamos enfocarnos en la independencia. Límites y reglas son importantes, mamita. Aquí también tenemos una rutina que todos los niños deben seguir. Poco a poco, ya verá que lo logrará.
—Gracias. Voy a empeñarme, lo prometo. —Estaba a punto de llorar de solo ver a mi hija con su mochila y su dibujo en la mano. Además, la forma en la que la maestra habló sonó con un compromiso auténtico.
Fuimos a casa dispuestas a descansar.
El dinero que me dieron del finiquito debía ser usado con sumo cuidado, no habría más, no hasta que consiguiera trabajo.
Le cambié a Zoe las terapias por solo una a la semana con duración de dos horas, no podía pagarle como antes, pero tenía que mantener a mi hija ocupada en lo que yo recibía mi propia terapia. Zoe comprendió enseguida.
Al día siguiente estuve puntual a las dos de la tarde en el hospital.
Me pasaron a una sala con aparatos que parecían ultrasonidos, grandes pelotas de ejercicio, camillas acolchadas, barras… y un enorme espejo de pared.
Una mujer alta con el cabello rubio recogido en una cola tirante y traje quirúrgico, entró.
—¿Azucena Camacho? —preguntó con tono seco.
—Sí. Buenos días.
—Yo voy a ser su terapeuta. Mi nombre es Meredith. Pase y siéntese aquí. —Apuntó una cama acolchada color roja—. Vamos a empezar con algo sencillo. Espero que traiga su propia botella de agua, porque aquí no damos nada gratis.
Me encogí de hombros.
—Sí, sí traigo.
—Bien. Este no es un hospital público, ¿entendió? —continuó la terapeuta—. Aquí la gente llega puntual, se baña antes de venir y compra los materiales que van a usar en casa.
Apreté las manos sobre las rodillas y contuve las lágrimas que ardían. ¿Acaso insinuaba que yo no me bañaba?
La mujer siguió dándome instrucciones como si ya las conociera:
—Inhale. Exhale. ¡No tan rápido, no está en una competencia!
Hice mi mejor esfuerzo, aunque ella profirió uno que otro resoplido.
El reloj avanzaba lento. Cada palabra, cada gesto, era endurecido. Cuando la sesión terminó, apenas y alcancé a darle las gracias. Me fui al baño, cerré la puerta y lloré.
¡No, esa mujer no iba a ser una piedrita en mi camino!
Sequé de forma ruda mi cara con una servilleta de papel y fui directo al área de dirección del hospital, dispuesta a presentar una queja.
No alcé la voz, pero mi nerviosismo bastó para que la secretaria me escuchara. Ella anotó palabra por palabra en su libreta. Prometió que le pasaría el informe al director cuando llegara.
—No me molesta ser disciplinada, señorita, pero no quiero que me traten como si fuera menos —dije herida.
Recordé que la señora Félix me enseñó a pararme derecha, y me dijo una y mil veces que no permitiera nunca que la soberbia de otros me encorvara.
Ya me bastaba con estar enferma como para aguantar esos tratos.
Dos días después, me llamaron para que fuera al Santa Lucía a las nueve de la mañana.
Asistí con pocas ganas de escuchar justificaciones.
Aun así, estuve antes de la hora indicada en la recepción.
Esta vez, la señorita me miró con cautela luego de revisar en su computadora.
—Hoy la va a atender otro terapeuta. Pase por favor. —De reojo vi cómo torció la boca.
¡No estaba preparada, no sabía que iba a tener sesión!