Bajaba las largas escaleras del metro. Caía la noche, una noche sin luna y con poca gente entregada a sus propios entretenimientos en el celular. El eco de mis pasos rebotaba en el suelo mugroso. El último transporte había pasado hacía unos pocos minutos. Aun así, seguí bajando.
Los vi antes de que me hablaran.
Dos hombres jóvenes vestidos con pantalones anchos sujetos a media cadera y camisetas que dejaban ver sus abundantes tatuajes, se mantenían apoyados junto a la pared. Los dos se enderezaron al verme. Sonrieron sin decirse una sola palabra.
—¿A dónde tan solita, mi reina? —dijo uno, empujándose del muro.
No respondí. Seguí caminando, pero más despacio.
El otro se me puso enfrente. El primero me rodeó por atrás. Entonces sentí el frío de la navaja en la garganta, apenas presionando la piel.
—Ya te la sabes, si gritas, te rebano el pescuezo —murmuró el de atrás.
Entonces me detuve por completo.
Levanté la barbilla apenas, lo suficiente para que el filo no me cortara. Sentí cómo el rostro se me endurecía; las facciones se me marcaron, la piel se tensó sobre los pómulos sobresalientes. No había temblor en mis manos.
Miré al que tenía enfrente directo a los ojos.
—Si van a matarme —dije, con una voz seca—, háganlo de una chingada vez.
El hombre parpadeó.
El otro no apretó más la navaja.
—¿Qué vergas dices, morra?
—Hazlo —insistí, sin alzar la voz—. ¿O no puedes?
No hubo más voces, nadie que quisiera brindar un escaso auxilio. La estación parecía más vacía que antes.
Los dos hombres se miraron entre sí. Algo en mi mirada supongo, la falta total de miedo, la quietud absoluta, les desarmó la intención.
El de la navaja retiró el filo con un gesto brusco.
—Bah… —escupió cerca de mis zapatos—. Pinche vieja loca.
El otro soltó una risa nerviosa.
—Ni está tan buena la huesuda esta.
Se apartaron, perdiendo interés tan rápido como lo habían ganado. Pasaron a mi lado y se fueron escaleras arriba, hablando entre ellos.
No me moví hasta que sus pasos desaparecieron.
Luego exhalé despacio, ni siquiera mis intentos más arriesgados daban resultados, y continué caminando hacia el andén vacío.