Permiso para Morir

Nuevos brillos

Cuando llegué a la escuela tenía una pesadez en las piernas que me molestaba.

Era la primera junta de padres de familia a la que asistía.

Pensaba que cada baldosa del pasillo anunciaba: “Ahí va la mamá que siempre llega corriendo, la que no saluda, la nueva que ni conocemos”. Yo misma me repetía esas cosas, como si la voz de mis inseguridades fuera una maestra dictándomelas una y otra vez.

Me alisé la falda y respiré hondo antes de entrar al salón. Estaba convencida de que me recibirían con miradas torcidas, que alguna mamá se atrevería a preguntar por qué no había pagado la cuota que se supone que es una “donación”, o por qué Irlanda todavía no llevaba el uniforme de educación física…

En cuanto crucé la puerta, el aire frío me recibió.

Las madres, porque no vi a ningún hombre allí, que ya habían llegado estaban acomodadas en los pupitres. Voltearon a verme enseguida.

Saludé en voz alta y mi saludo fue respondido con cortesía. Por lo menos iba todo bien, hasta ese momento.

Llevaba grabado en mí aquella ocasión en la que, frente a todo el grupo de la escuela anterior de Irlanda, una de las madres de familia preguntó por qué aceptaban niños “enfermitos” en el salón y se quejó de que por eso su hija aprendía malas mañas.

Tuve que morderme la piel interna de los labios para no liberar cada una de las groserías que listé en la mente.

Una señora de gafas enormes me hizo un gesto para que me sentara a su lado.

Lo hice solo porque no quería navegar entre las sillas.

—¿Tú eres la mamá de Irlanda? —me preguntó después de que me acomodara—. Qué niña tan bonita, y la peinas con tantas ganas. Siempre quise tener una niña, pero la vida me dio tres hombrecitos. Ni modo, no se me dio.

Yo, que iba dispuesta a defenderme de ataques imaginarios, no supe qué responder. Sólo le dije “gracias” en voz baja. Ni siquiera sabía cómo se llamaba ni quien era su hijo.

La reunión fue tal como esperaba: llenar formularios; quejas sobre el desempeño del conserje; información sobre el evento venidero, un festival de frutas y verduras.

—A Irlanda le toca ser una piña —dijo la maestra cuando llegó el turno de mi hija.

¡Una piña!

Las mamás rieron al saber que nuestros niños irían disfrazados de frutas y verduras, pero a mí me dio un tirón en el estómago. Yo sólo pensé en el disfraz. En el dinero que no tenía. En el trabajo que todavía no conseguía. En cómo iba a convertir a mi hija en una fruta tropical sin que se notara la miseria.

«Ya veré cómo», me dije. Siempre lo hacía.

Al final de la junta, cuando ya todas entregaban sus hojas, un par de madres se me acercaron. La de gafas grandes sonrió como si fuéramos conocidas de años.

—¿Nos acompañas por un café? Está aquí cerquita. Nomás pa’ platicar.

Casi dije que no por miedo. Por ese reflejo de apartarme. Pero terminé diciendo que sí. Además, el tiempo que quedaba era poco para que conviniera volver a casa.

Salimos del salón juntas, éramos diez en total, ninguna se quedó sin invitación al dichoso café.

Llegamos a una fonda donde la olla de barro humeaba deliciosa. ¡Cómo amaba que le pusieran piloncillo!

Ellas hablaban de los profesores, de las tareas imposibles, de la caótica crisis del lonche. Yo me descubrí soltando pequeñas risas, tímidas al principio, luego más libres.

Y en medio de esa calidez nueva, mientras el olor de las bebidas nos envolvía, me cruzó un pensamiento: «¿Será esta reunión en realidad algo auténtico? ¿Sí querían incluirme o solo lo hicieron por lástima? ¿Por qué parecen tan despreocupadas de todo? Nuestros hijos tienen dificultades, dificultades complicadas e incurables, ¿por qué les divierte tanto la idea verlos disfrazados?».

No hice ninguna de esas preguntas, solo me mantuve ahí, escuchándolas, lo más quieta y callada posible.

Para otra ocasión les preguntaría sus nombres.

Sin que lo planeara, mi semana se fue llenando de pequeños espacios para mí. Los miércoles y los domingos los compartía con Imelda y el grupo religioso. Todavía no me decidía a bautizarme, era un cambio que consideraba importante, y quería analizarlo por más tiempo. Y los jueves por la mañana recibía mi terapia. Actividades simples para cualquiera, pero para alguien en mi situación, eran un lujo.

Para la tercera sesión llegué al Santa Lucía justo a tiempo.

Afuera la lluvia seguía cayendo débil, molesta.

Encontré al terapeuta Andrés ordenando unos tubos de respiración.

—Buenos días, Azucena.

—Buenos —respondí sin levantar la vista.

—¿Trajiste el expediente?

—Sí —dije, y saqué una pesada carpeta beige del bolso con un poco de fastidio—. Ahí viene todo.

Él lo tomó sin hacer comentarios.

—Perfecto. Pasa a la camilla, por favor.

Me recosté. Ya sabía el procedimiento, y no quería escuchar otra explicación.

Andrés acomodó el monitor, ajustó el oxímetro y observó la pantalla.




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