Permiso para Morir

Círculo urgente

Voces.

Prisas.

Alguien gritó:

—Saturación en picada.

Otro dijo:

—Tenemos que intubarla.

Sentí la mascarilla apretada, manos en mi cuello, en mis brazos.

—Prepárenla.

No sabía que aún me quedaba fuerza, hasta que brotó.

Negué con la cabeza. Levanté una mano, torpe, temblorosa.

—No… —logré decir—. No me pongan… esa cosa.

El doctor a mi costado se frenó, vi su rostro borroso confundiéndose.

—Intente respirar hondo, señora Azucena —ordenó alguien más—. Lento. Conmigo.

Tragué aire.

De pronto, sin buscarlo, la cara del terapeuta Andrés se plantó flotante frente a mí. “Uno. Dos. Tres”. Cada respiración era una batalla ganada.

El oxígeno empezó a subir, eso entendí que dijeron.

Pese a la discusión que se desató segundos después entre el especialista y el otro médico, no me intubaron.

Les dije que sería capaz de mantenerme estable, tenía ya las bases para lograrlo.

Creo que el simple hecho de que fuera capaz de hablar los convenció.

Tuve que firmar una hoja responsiva, por si las dudas.

Horas después, el mismo médico que me atendió al llegar, se quedó parado a un lado de la cama:

—Señora Azucena, al parecer está mejor de lo que esperábamos. Si sigue así, podría darla de alta el lunes. Voy a hacer un informe…

—¡¿El lunes?! —lo interrumpí.

—Debe pasar esta noche en observación.

Reaccioné con un golpecito en la frente. Era momento de hacer el temido cuestionamiento:

—¡Por favor, dígame que este hospital no es privado!

El médico medio sonrió.

—Se encuentra en un hospital Bienestar[1], recién inauguramos. No se preocupe, aquí aceptamos a no derechohabientes y derechohabientes. Le daré un resumen de la atención para que lo entregue a su médico de cabecera. —Me dio una rápida palmada en el dorso de la mano—. Va muy bien, señora, siga así y pronto podrá irse.

Asentí, pero por dentro solo podía pensar en Irlanda. También estaba la cooperativa de la escuela. Las cuentas no esperan a nadie. Además, tenía un compromiso que cumplir.

—Doctor, ¿mi hija? —le pregunté antes de que se fuera.

—Eso lo podrá platicar con trabajo social. Le diré que venga a ponerla al día.

Se lo agradecí en la distancia.

Cómo le explicaba a ese hombre que también me urgía tener el alma tranquila, y la mía no lo estaba para nada.

La trabajadora social llegó media hora después. Cerró la cortina de un tirón y se acomodó en una silla giratoria que ella misma llevó.

—Señora Camacho, seguimos valorando su caso. Tengo que hacerla algunas preguntas, ¿se siente bien para responderlas?

Yo apreté las sábanas. A pesar de que quería dormir, preferí decirle que sí.

—Debe saber que estoy reportando todo a los servicios infantiles —continuó—. Usted es considerada una paciente terminal. Legalmente, tenemos que asegurarnos de que su hija no quede en una situación de riesgo… otra vez.

La palabra “terminal” cayó sobre mí como una losa vieja.

—¿“Terminal”? —dije incrédula—. Yo soy su madre, tengo derecho a tenerla conmigo. La amo, la cuido, tiene educación, atención médica, ropa limpia, terapias… —Las palabras estaban a punto de enredarse, pues el coraje me superaba—. A mi hija no le falta nada.

La trabajadora social bajó la mirada, apenas un segundo.

—No se está juzgando su amor, señora. Se está evaluando su condición. La condición de las dos.

—Aún me quedan años si sigo los tratamientos como deben ser —rebatí. Aunque sabía que no debía, giré a verla con el alma expuesta—: No me quite lo que más amo en este mundo. Ella es todo para mí. Solo nos tenemos la una a la otra. Irlanda no sabe estar sin mí, debe estarla pasando muy mal.

Aquella frase final me dolió. Algo de verdad llevaban los cuestionamientos de la mujer…

Hubo un silencio entre las dos.

—Mire, apóyeme con estos cuestionarios, ¿sí? —Mostró un engrapado e hojas grueso que llevaba antes bajo el brazo—. Mañana podrá ver a la niña —aseguró.

Acepté. No quedaba de otra.

Llegaron las preguntas incómodas: a qué edad me embaracé, cuánto dinero ganaba, cuánto invertía en su alimentación, quién era su padre, por qué estaba ausente…

Terminé con los labios resecos, y no sé si también derrotada de ver una introspección de mi propio modo de vivir.

—¡Por favor, ayúdeme a que no me la quiten! —Sujeté de la muñeca a la trabajadora cuando se lo dije.

En el fondo de sus pupilas brilló una piedad casi involuntaria.

—Le recomiendo que, ya que esté mejor, arme un plan de contingencia con su círculo social. Prepare recibos de los gastos de la niña. Mantenga limpia y ordenada su casa. Todo eso le va a servir cuando la vayan a visitar.




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