Me levanté para apagar una luz que había quedado encendida en la cocina.
Pensé en el viernes otra vez.
Cinco en punto, la hora exacta.
Me pregunté en qué momento el cuerpo empieza a adelantarse a los días.
Lavé una taza que no estaba sucia.
Acomodé un cojín que ya estaba en su lugar.
En el cuarto, Irlanda respiró más hondo.
Fui a verla. Temí que despertara, así que dejé de mover cosas.
Me quedé sentada a su lado por un rato.
«Todo está bien», pensé, sin saber exactamente a quién se lo decía.
Entonces, me pregunté cuán importantes son las palabras. Cuán necesario es saber comunicarte con los demás. Evitaba a toda costa pensar en que mi hija no hablaba, pero en ciertos momentos, esos en los que me encontraba cara a cara conmigo misma, aquellos miedos afloraban, venían para atacarme, para hundirme en la agonía de lo que no tenía. Pero lo que sí tenía hizo contrapeso. Mi hija, que era lo de verdad valioso, seguía conmigo.
Pensé en la visita del DIF.
En las filosas preguntas que harían.
En las libretas que llenan sin mirarte a la cara.
En lo fácil que es fallar cuando se vive cansada.
Y pensé también, con una culpa pequeña, manejable, que mis espacios sin ella eran fuentes de energía vital, como las terapias con Andrés.
Treinta minutos después me metí a la cama vestida.
El sueño tardó en llegar, pero llegó.
Al día siguiente, en la salida de la escuela de Irlanda, una de las madres me abordó. Se llamaba Fabiola. Una mujer delgada y que aparentaba tener cinco años más de los que de verdad tenía.
—El sábado le voy a hacer un pastelito a Emilio. Están invitados. Será algo chiquito y prometo que sin tanto ruido. Una fiesta atípica [1]—me guiñó el ojo con la invitación impresa extendida.
Se la recibí pensativa. Mi lucha contra las fiestas terminó antes de tomar fuerza. No sabía si era conveniente volver a intentarlo.
—¿Irlanda es alergica a algo? —siguió preguntando la señora.
Agité leve la cabeza y salir del recuerdo de los intensos gritos de mi hija cuando un payaso intentó darle un globo.
—No, no, a nada —respondí apenas.
—Bueno, entonces, las espero el sábado.
A mi mente vino la idea de tomar una fotografía apenas lleguemos, una donde se vea la gente, las decoraciones, la mesa de regalos. Imprimirla para ponerla justo en la sala. Donde la trabajadora social pueda verla, admirar que somos capaces de llevar una vida similar a la de cualquier otra familia de dos como la mía.
—Gracias. Ahí estaremos.
Llegó el viernes.
Por suerte para mí, a Zoe le cayó mejor el cambio de horario. Ella, así de joven y centrada, se iba convirtiendo en un apoyo del que no podía ni quería prescindir. Además, Irlanda la quería, aunque no lo dijera, yo lo sabía.
La zona de terapia estaba abarrotada. Cada cubículo se mantenía ocupado.
Andrés me alcanzó en la entrada, justo en las puertas de vidrio, sonrió como si me estuviera esperando desde hacía horas, aunque el reloj marcaba exacto las cinco:
—Qué gusto verte —lo dijo con el cuerpo ligeramente inclinado hacia adelante.
—Lo mismo digo. De nuevo, gracias por esto —respondí, aunque mis ojos buscaban un lugar vacío.
Andrés levantó cerca mi rostro unas llaves.
—Hoy te toca cuarto privado.
La risa breve, educada, sirve para tensarme, aunque sé que buscaba el efecto contrario.
—Sígueme —pidió, y se dio media vuelta.
—Fui detrás de él. Sí que caminaba derecho con aquellas piernas un poco arqueadas dando fuertes pisadas. Quien diría que sus manos eran todo lo contrario.
Entramos a un cuarto blanco, pulcro, donde había una camilla, un sillón y una mesita.
Él se sentó en el sillón después de indicarme que ocupara la camilla, y se dispuso a hacer algunas anotaciones en el que, supuse, era mi expediente.
—¿Qué apuntas? —Reí—. Si todavía ni empezamos.
Andrés respondió sin mirarme:
—Observaciones iniciales. Tienes buen tono en la piel.
Toqué mi rostro, como si así pudiera ubicar la mejoría descrita.
—¿Cómo va tu día? —preguntó, mientras seguía escribiendo.
—Cansado —dije sin pensarlo—. Ya sabes, las prisas, el trabajo, trastes, escuela… Lo normal.
Ni siquiera respondía con suficiente coherencia.
—Suena intenso.
—Es una palabra amable para describirlo.
Andrés sonrió y se recargó en el respaldo del cómodo sillón. Sus ojos amielados me observaron.
Le desvié la mirada de inmediato.
—El mío está siendo sorprendentemente tranquilo… Bueno, hice una pequeña trampa.