Permiso para Morir

Palabras fundamentadas

La sesión terminó a las cinco con cuarenta y dos minutos.

Lo supe gracias al reloj de pared de la habitación.

Afuera se escuchaban pasos, el rodar de una camilla, una risa lejana que no tenía nada que ver conmigo.

Andrés ya había cerrado su libreta, pero no se levantó. Seguía sentado en el banquito giratorio de acero a mi derecha, con un pie apoyado en el aro inferior, balanceándose apenas:

—Estuviste muy bien.

Yo seguía sentada sobre la camilla, con las manos entrelazadas sobre el regazo. La sábana blanca estaba arrugada debajo de mí; había dejado la marca de mi cuerpo. A pesar de su afirmación, sentía el cansancio acumulado en los hombros, en la espalda, en los pulmones.

—¿Sabes? —continuó, mirándome con atención—. Te noto tensa.

—Sí —admití—. La verdad no estoy bien, pero no es de salud.

Pude haber mentido. Decir que era solo cansancio, que era la fibrosis haciendo de las suyas, que era un malestar pasajero. Pero ese día no tuve fuerzas para seguir fingiendo.

—¿Qué te pasa?

Solté una risa breve.

—Todo —respondí. Luego suspiré, largo—. El DIF quiere quitarme a mi hija. Dicen que no soy apta para cuidarla. Me piden que nombre a un responsable cuando yo empeore, pero es que… —Bajé la mirada hacia el piso—. ¡Ah!, me siento tan sola.

La palabra cayó sobre mí como una piedra en agua quieta.

Andrés no se apresuró a responder.

—¿Sola? —preguntó al fin—. No creo. Nadie está realmente solo.

Alcé la vista, sorprendida por la seguridad con la que lo dijo.

—Yo sí.

—Imposible.

Algo dentro de mí se electrizó. Me irritaba que afirmara algo que desconocía.

—¿El padre? —quiso saber—, ¿no está presente?

—Mi hija no tiene padre —respondí sin titubear—. Él la despreció desde que estaba en mi vientre. No es alguien en quien valga la pena gastar ni siquiera los pensamientos.

Andrés se inclinó un poco hacia adelante y apoyó los codos en las piernas. Ya no tenía postura de terapeuta; parecía más bien alguien escuchando una historia que le importaba de verdad.

—¿Tienes amigos? —dijo—. Gente con la que te relaciones todos los días.

Negué despacio.

—La única amiga que creí verdadera se enredó con mi pareja. Desde entonces dejé de creer en la amistad.

Él movió la cabeza de lado a lado, con lentitud.

—Que hayas dejado de creer no quiere decir que no existan amistades fuertes —aseguró—. Las hay. Pero se necesita de ambas partes para construirlas.

Un pinchazo en las tripas me recordó el dolor sufrido.

—Tal vez tienes razón —admití avergonzada—. Me da miedo volver a pasar por lo mismo. Gabriela no solo me quitó a Álvaro… me quitó la confianza en los demás.

Andrés guardó silencio un momento más. Cuando volvió a hablar, su voz fue distinta, más profunda:

—¿Y tu familia?

Resoplé sin querer.

—No sé. Ni me interesa saber. Mi padre era un alcohólico y mi madre se fue con otro hombre. Nos abandonó.

—¿Tienes hermanos?

—Tuve —corregí, con un tono más grave—. Tuve cuatro.

—¿Murieron?

—No.

—Entonces, ¿fueron malos contigo?

Me encogí de hombros.

—No sé. A lo mejor sí… pero no tenían de otra.

Aquellas palabras me retumbaron por dentro. Después de años sin saber de ellos, volví a cuestionar sus decisiones. Ignacio, solo once meses mayor que yo, siguió las ordenes de la abuela de no dejarme sacar más ropa de la casa. Se plantó como un rígido cuidador en la puerta y ni siquiera fue capaz de verme a la cara. Ana Celia, la de catorce, no quiso hablarme cuando le dije que no volvería, que ya no soportaba más los maltratos. Solo Rosa Hilda, en ese entonces de doce años, lloró cuando me despedí de ella. Alicia solo tenía cuatro años cuando me fui. Seguro ni me recordaba.

Ninguno me buscó después. Por eso aprendí a no esperarlos.

—Dime algo —retomó Andrés—. ¿De verdad no te interesa volver a contactarlos?

Fruncí el ceño.

—No —respondí tajante.

Ya no quería seguir. Él no era ese tipo de terapeuta que escarbaba donde dolía.

Me bajé de la camilla, lista para irme.

—A veces —volvió a hablar—, la familia no es la que nos toca por sangre, sino la que nos elige por insistencia. La que llega del corazón. Y el perdón también puede ser un aliado cuando algo se desanudó mal.

Respiré hondo una vez más.

—Ya me tengo que ir.

—Te llevo —se ofreció, mostrando las llaves del coche.

Retrocedí un paso.

—¿Sabes?, no tienes que hacerlo. Pienso irme en el camión. Gracias.




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