Esa señora atacuñó el coche de bebé no se sabe cómo dentro del abarrotado transporte colectivo llamado AMA, siglas de la Autoridad Metropolitana de Autobuses. Dentro del cochecito, un bebé con un curioso tono de piel que combinaba un poco de café con leche y un poco de crema, miraba a su alrededor con los ojos tan abiertos que parecía que en cualquier momento iban a saltar de sus órbitas.
—¡Siéntese, señora! —gruñó el conductor con voz de pocos amigos—. ¡Vamos a seguir y acomódese bien, que esta ruta es más peligrosa que una montaña rusa sin cinturón! —prosiguió aquel Bartolo refunfuñón, mientras ajustaba su gorra y lanzaba una mirada que dejaba claro que no estaba para bromas.
Una señora mayor, con el noble propósito de ceder su espacio a la joven madre del cochecito, comenzó a levantarse lentamente. Pero antes de que pudiera hacerlo, un caballero con reflejos de felino se adelantó y se puso de pie. Sin embargo, al final fue un joven barbudo con aspecto de hippie, que estaba sentado en los asientos delanteros, quien se levantó con una sonrisa serena. Con un gesto amable, invitó a la señora, al cochecito y al bebé a ocupar su lugar. De algún modo, logró acomodar a los tres en el espacio reducido, como si se tratara de un acto de magia cotidiana en medio del caótico autobús.
A media hora del trayecto de Cidra a San Juan, se oyó un silbido que sonaba como un pájaro atrapado en la guagua. Todos, tanto los que estaban sentados como los que iban de pie, comenzaron a buscar frenéticamente algún nido escondido dentro de aquel cacharro rodante. Pero nada, ni rastro de nido ni de paja. Resulta que el misterioso silbido venía del bebé que la señora llevaba en su cochecito. Los pasajeros, maravillados con aquel prodigio silbador, empezaron a imaginar toda clase de futuros posibles para el talentoso bebé. ¿Sería un famoso músico? ¿O tal vez el primer bebé capaz de comunicarse con los pájaros? Las conjeturas volaban tan rápido como el autobús.
Una señora en la parte de atrás del destartalado vehículo casi baladro:
--cómo se llama?, digo, el que pita…—
--Pirulo, le dicen sus tías--, contestó la señora joven del coche, probablemente la madre de tan tremendo espectáculo de muchacho.
—¡Pero qué nombre tan extraño! —se oyó murmurar a alguien en el bus. Si algún intelectual hubiera estado presente, habría aprovechado la oportunidad para iluminar a los curiosos. Les habría explicado que según la Real Academia Española, la palabra "pirulo" significa engaño o mala pasada. Y con una investigación más rigurosa del léxico, también les habría revelado que "pirulo" es una forma coloquial para referirse al órgano masculino de copulación y micción, mejor conocido como la verga. Pero claro, las mentes de aquellos pobres pasajeros, todos sudorosos y sofocados en un autobús sin aire acondicionado, no estaban para profundidades lingüísticas. A duras penas podían concentrarse en mantenerse en pie y no perder el equilibrio con cada sacudida del vehículo.
Se oyó gritar a alguien, con la voz rasgada por la fatiga y la sorpresa,
—Pita, Pirulo, pita!—.
Y el bebé, confinado en su cochecito como un pajarillo en jaula ajena, volvió a silbar. No paraba, y aunque su melodía carecía de ritmo, los pasajeros podían oírle expulsar el aire de tal manera que imitaba casi los sonidos de una flauta. Quien escuchara aquella insólita sinfonía hubiera pensado que se trataba del hermano ancestral de Mozart, reencarnado en este pequeño prodigio que, ajeno a su propio talento, seguía llenando el sofocante autobús con su música. Mientras tanto, la guagua avanzaba, indiferente a la maravilla que transportaba, sus ocupantes sumidos en un sopor surrealista, desconcertados y encantados por igual.
Se hicieron toda clase de inventos sobre el futuro del bebé prodigio, y las especulaciones se desbordaron en comentarios que llenaban el sofocante estupor de la guagua. En aquel microcosmos rodante, cada pasajero aportaba su propia teoría, coloreada por los delirios febriles que el calor exacerbaba. Hasta el conductor, normalmente indiferente a las distracciones de sus pasajeros, se atrevió a pedirle una melodía específica, una de esas canciones que Tito Rodríguez solía cantar con alma y pasión, como si un niño de apenas seis meses pudiera entender semejante sugerencia. La escena casi cómica, continuaba mientras el autobús proseguía su camino, ajeno al hecho de que, en su interior, se desarrollaba una sinfonía de lo cotidiano mezclada con la magia de lo improbable.
Otros, sumidos en la fascinación y el sopor del trayecto, comentaron que la madre debería poner al bebé en clases de pitar, con la esperanza de que así pudiera desarrollar mejor su insólito don. Algunos sugerían, con la seriedad propia de quien propone una solución irrefutable, que si lo llevaban al conservatorio de música, quizá pudieran alojarlo como el pájaro introductor de los cantantes que se paseaban por el anfiteatro. Todo tipo de idea descabellada flotaba en el aire denso del autobús, un hervidero de teorías alrededor de un bebé que, al soplar, emitía un ruido tan simple y a la vez tan misterioso, conocido comúnmente como silbido. Mientras tanto, la guagua seguía su ruta, ajena a la vorágine de sueños y esperanzas que sus pasajeros tejían alrededor del pequeño prodigio.
En fin, tenían a la joven madre desorientada con tanta preocupación y consejo no solicitado sobre el futuro de su bebé. La confusión se dibujaba en su rostro, un lienzo de incertidumbre en medio del bullicio de la guagua. Mientras tanto, el viaje continuaba y ya habían pasado por las famosas Tetas de Cayey en su camino hacia San Juan. A través de las ventanas, se podían ver las dos icónicas montañas de este pueblo, elevándose como dos senos esculpidos a la perfección por un cirujano estético, un recordatorio de la belleza natural que aún persistía más allá del caos del autobús. El paisaje, majestuoso y sereno, contrastaba con el alboroto interno, ofreciendo un respiro visual a los pasajeros antes de sumergirse nuevamente en las especulaciones sobre el destino del pequeño silbador.
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Editado: 13.08.2026