Noor Aziz tenía una teoría muy clara sobre el amor: los hombres buenos existían, solo había que tener paciencia, buen ojo y, sobre todo, el sentido común suficiente para no caer en la trampa más vieja del mundo. Esa trampa tenía un nombre técnico que ella misma había inventado durante una noche de vino barato con su mejor amiga Camila: el "Síndrome del Cabrón Encantador". Síntomas: sonrisa torcida, seguridad excesiva, historial amoroso más largo que la lista de compras del supermercado, y una capacidad sobrenatural para hacer que cualquier mujer con dos dedos de frente perdiera completamente la cabeza.
Noor no iba a caer en eso. Jamás. Tenía veintiséis años, un trabajo estable como diseñadora gráfica en una editorial pequeña pero prestigiosa, un apartamento que había decorado con un gusto exquisito para las plantas de interior, y una lista mental -bastante detallada, había que admitirlo- de las cualidades que buscaba en un hombre. Amable. Responsable. Romántico sin ser cursi. Emocionalmente disponible, sobre todo eso. Nada de jueguitos, nada de mensajes que llegaban tres días tarde, nada de "es que no sé lo que quiero" a los treinta años.
Por eso, cuando Camila le anunció que su primo venía a vivir a la ciudad y que se quedaría con ella "un tiempito" mientras encontraba apartamento, Noor no le dio mayor importancia. Ni siquiera preguntó el nombre.
Craso error.
-Se llama Gael -le dijo Camila el sábado por la mañana, sentada en la barra de la cocina de Noor con una taza de café que ni siquiera había tocado-. Y antes de que digas nada, sí, es exactamente el tipo de hombre del que siempre me hablas. El que jurabas evitar.
Noor levantó la vista del boceto que estaba retocando en su tableta gráfica.
-¿Qué se supone que significa eso?
-Que es guapísimo, que lo sabe, y que probablemente ya se folló a media ciudad de Barcelona antes de mudarse aquí.
-Encantador -dijo Noor, con el tono más seco que pudo reunir-. ¿Y por qué me cuentas esto exactamente?
-Porque viene a la fiesta de esta noche. Y porque conociéndote, en cuanto lo veas vas a decidir que es tu enemigo jurado antes siquiera de que abra la boca.
Noor soltó una carcajada.
-Cariño, llevo tres años sin caer en la trampa de un cabrón. No pienso empezar ahora solo porque tu primo tenga, según tú, una cara bonita.
Camila sonrió con esa expresión que solía significar problemas.
-Eso ya lo veremos.
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La fiesta era en el ático de Marcos, un amigo en común que tenía la mala costumbre de organizar reuniones que empezaban como "algo tranquilo, cuatro personas" y terminaban con cuarenta desconocidos bailando reguetón en la terraza a las tres de la madrugada. Noor llegó con Camila a las diez, vestida con un mono negro que le sentaba de maravilla y una copa de vino en la mano antes incluso de haber cruzado la puerta.
Fue entonces cuando lo vio.
Estaba apoyado contra la barandilla de la terraza, con una cerveza en la mano y una sonrisa que parecía diseñada específicamente para hacer que las mujeres olvidaran su propio nombre. Alto, con el pelo oscuro un poco despeinado de una forma que probablemente le había costado quince minutos frente al espejo conseguir que pareciera "natural", y una camisa remangada hasta los codos que dejaba ver un antebrazo que, francamente, no debería ser legal en un contexto social.
Estaba hablando con dos chicas al mismo tiempo, y ambas se reían como si acabara de decir la cosa más ingeniosa del mundo.
-Ese es -dijo Camila, siguiendo la mirada de Noor-. Te lo dije.
-No estoy mirando -mintió Noor, apartando la vista con una rapidez sospechosa.
-Claro que no.
Consiguió evitarlo durante casi una hora. Se dedicó a hablar con otros invitados, a reírse de los chistes malos de Marcos, a rellenar su copa de vino con una frecuencia que empezaba a rozar lo imprudente. Pero el destino, o más probablemente la mala suerte, tenía otros planes.
Fue en la cocina donde chocaron, literalmente. Noor salió del baño con el móvil en la mano, distraída leyendo un mensaje de su hermana, y se dio de bruces contra un pecho firme cubierto de algodón azul. La copa de vino que llevaba -afortunadamente ya vacía- salió volando de su mano y se estrelló contra el suelo con un ruido que silenció a media cocina.
-Vaya, hola -dijo una voz grave y claramente divertida-. ¿Siempre entras así en las habitaciones o es un privilegio especial para mí?
Noor levantó la vista y se encontró con un par de ojos color miel que la miraban con una mezcla de diversión y algo que se parecía peligrosamente al interés.
-Estabas en medio del camino -respondió ella, agachándose para recoger los trozos de cristal.
-Estaba en medio de la cocina, que es un espacio bastante amplio, para que conste.
-Pues entonces tienes un don especial para ocupar espacio.
Él se agachó también, ayudándola a recoger los cristales rotos con una naturalidad que a Noor le pareció francamente irritante. Cuando sus manos se rozaron accidentalmente al recoger el mismo trozo de vidrio, él no la apartó. Al contrario, la sostuvo un segundo más de lo necesario, mirándola con una sonrisa que se torcía cada vez más.
-Soy Gael -dijo, como si eso lo explicara todo.
Por supuesto que lo era. Por supuesto que el universo tenía ese sentido del humor tan particular.
-Noor -respondió ella, retirando la mano con más brusquedad de la necesaria.
-Noor -repitió él, saboreando el nombre como si fuera algo digno de análisis-. Camila me ha hablado de ti.
-Qué curioso, a mí no me ha hablado de ti hasta esta mañana.
-Ouch. -Se llevó una mano al pecho, fingiendo una herida mortal-. Eso ha dolido.
-Sobrevivirás.
Se levantó con los cristales en la mano y los tiró a la basura, decidida a poner fin a esa conversación antes de que se convirtiera en algo más. Pero Gael, por supuesto, no tenía intención de dejarla ir tan fácilmente.