El sábado siguiente amaneció con ese tipo de luz dorada que se cuela por las rendijas de las persianas y que, en cualquier otra circunstancia, Noor habría disfrutado con una taza de café y algo de música suave. Pero ese sábado en particular, la luz dorada solo sirvió para recordarle que había dormido apenas cinco horas, que tenía la boca seca de vino barato, y que en algún lugar del edificio, separado de ella por apenas una pared, dormía -o probablemente no dormía, conociendo su reputación- el hombre que le había ocupado más pensamientos de los que estaba dispuesta a admitir.
Se levantó decidida a que ese día fuera completamente normal. Café, un poco de trabajo pendiente para la editorial, tal vez una llamada con su madre, y absolutamente ningún pensamiento relacionado con vecinos arrogantes de sonrisa peligrosa. Ese era el plan.
El plan duró exactamente lo que tardó en abrir la puerta de su apartamento para sacar la basura.
-Buenos días, vecina.
Noor se quedó paralizada en el umbral, con la bolsa de basura colgando de su mano y el pelo recogido en un moño desastroso que definitivamente no estaba preparado para audiencias. Gael estaba apoyado contra el marco de su propia puerta, un par de metros más allá en el mismo pasillo, vestido solo con un pantalón de deporte gris y nada más -nada, absolutamente nada más- mientras sostenía una taza de café humeante entre las manos.
-¿No tienes camisas? -preguntó ella, con más brusquedad de la que pretendía, apartando la mirada de un abdomen que no tenía ningún derecho a estar tan bien definido a las nueve de la mañana de un sábado.
-Tengo muchas. Es que hace calor. -Sonrió, evidentemente consciente del efecto que estaba causando, lo cual lo hacía aún más irritante-. ¿Te incomoda?
-En absoluto. -Mentira. Mentira flagrante-. Solo me parece de mal gusto pasearse así por zonas comunes.
-Es un pasillo, Noor, no un evento de gala. -Dio un sorbo a su café, observándola con esa mirada directa que a ella le resultaba cada vez más difícil de sostener sin sentir que algo se le revolvía por dentro-. Además, si te incomodara de verdad, no llevarías cinco segundos mirándome como si estuvieras memorizando cada detalle para un examen sorpresa.
-No estaba mirando.
-Claro que sí. Y no pasa nada, lo entiendo. Soy bastante mirable.
-Eres bastante insoportable, que es distinto.
Gael soltó una carcajada, ese sonido cálido y genuino que ya empezaba a resultarle familiar después de apenas dos encuentros, y se apartó del marco de la puerta para acercarse un par de pasos. Noor tuvo que resistir el impulso de retroceder, consciente de que hacerlo sería admitir una vulnerabilidad que no estaba dispuesta a mostrar.
-¿Qué haces despierta tan temprano un sábado? -preguntó él, cambiando de tema con una naturalidad que la desarmó un poco-. Pensé que las diseñadoras gráficas dormíais hasta el mediodía los fines de semana.
-¿Cómo sabes que soy diseñadora gráfica?
-Camila. Habla mucho de ti, ¿sabes? -Había algo en su tono que sonaba casi tierno, aunque Noor no estaba segura de si era producto de su imaginación o si realmente había una nota de sinceridad ahí-. Dice que eres la persona más talentosa que conoce. Y también la más terca.
-No soy terca. Tengo convicciones firmes. Es distinto.
-Ajá. -La sonrisa torcida volvió a aparecer-. ¿Y una de esas convicciones firmes incluye evitar a toda costa hablar con tu nuevo vecino porque encaja perfectamente en tu lista de "hombres a evitar"?
Noor sintió que las mejillas se le encendían.
-No sé de qué me hablas.
-Claro que lo sabes. -Dio otro paso hacia ella, lo suficientemente cerca como para que Noor pudiera notar el aroma a café mezclado con algo más, algo cálido que le recordó a la colonia de la fiesta-. Pero te propongo algo. Un trato entre vecinos civilizados.
-No me interesan tus tratos.
-Escúchalo primero, luego decides. -Levantó una mano, como pidiendo paciencia-. Vamos a vivir puerta con puerta, probablemente durante bastante tiempo. Podemos pasar los próximos meses evitándonos incómodamente cada vez que coincidamos en el pasillo, fingiendo que no nos vemos en el ascensor, calculando los horarios para no cruzarnos jamás... o podemos ser amigos. Vecinos normales que se llevan bien, que se prestan azúcar cuando hace falta, que se avisan si hay una fuga de agua o un paquete mal entregado. Nada más.
Noor lo miró con desconfianza, buscando la trampa en algún lugar de esa propuesta aparentemente inocente.
-¿Nada más?
-Nada más. Lo prometo. -Se llevó la mano al pecho con gesto solemne, aunque el brillo travieso en sus ojos color miel le restaba toda la seriedad al gesto-. Soy perfectamente capaz de comportarme como un caballero cuando quiero.
-Lo dudo mucho.
-Ponme a prueba.
Hubo un silencio breve, cargado de una tensión que Noor prefirió no analizar demasiado, mientras sopesaba la propuesta. En el fondo, sabía que era la opción más razonable. Iban a ser vecinos durante meses, posiblemente años. Evitarlo activamente requeriría un esfuerzo logístico agotador y, si era honesta consigo misma, bastante infantil.
-Está bien -dijo finalmente, con un suspiro resignado-. Vecinos civilizados. Pero nada de aparecer sin camisa cada vez que abra mi puerta.
-Eso no puedo prometerlo. El calor es el calor.
-Gael.
-Está bien, está bien. -Levantó ambas manos en señal de rendición, con una sonrisa que sugería que no tenía ninguna intención real de cumplir esa parte del trato-. Me pondré una camisa. A veces. Cuando me acuerde.
-Eres imposible.
-Me lo dicen mucho, sí.
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El "trato de vecinos civilizados" duró exactamente cuatro días antes de que las cosas empezaran a complicarse.
Todo comenzó un martes por la tarde, cuando Noor volvía del trabajo cargada con dos bolsas de la compra que pesaban considerablemente más de lo que había calculado en el supermercado. El ascensor del edificio, con su habitual mal genio, decidió justo ese día declararse fuera de servicio, obligándola a subir los tres pisos por las escaleras con las bolsas golpeándole las piernas a cada paso.