¿por qué las mujeres se enamoran de los cabrones?

Capítulo 3

El cumpleaños de la madre de Camila resultó ser, contra todo pronóstico, el detonante de una serie de eventos que Noor jamás podría haber anticipado. La fiesta transcurrió sin sobresaltos -globos deformes incluidos, que Camila insistió en colgar como si fueran obras de arte legítimas- y Gael se comportó con una simpatía natural que conquistó a toda la familia de Camila, incluida su abuela de ochenta y tres años, que no dejó de pellizcarle las mejillas durante toda la velada mientras le preguntaba, en voz suficientemente alta para que medio salón escuchara, cuándo pensaba "sentar cabeza con una buena chica".

Noor había observado toda la escena desde la distancia prudencial de la mesa de aperitivos, con una copa de vino en la mano y una sonrisa que se negaba a desaparecer de su rostro, hasta que Camila se acercó con una expresión demasiado inocente para no levantar sospechas.

-Deberías salir con él -dijo sin preámbulos, siguiendo la mirada de Noor hacia donde Gael intentaba, con más entusiasmo que habilidad, enseñarle a un primo de ocho años a hacer un truco de cartas.

-No voy a salir con él.

-¿Por qué no? Está claro que hay algo entre vosotros. Cualquiera con ojos en la cara lo nota.

-Porque es exactamente el tipo de hombre que...

-Que juraste evitar, sí, ya lo sé, me lo has dicho unas quinientas veces. -Camila puso los ojos en blanco con un afecto que suavizaba la exasperación de sus palabras-. Pero mírate. Llevas toda la noche sonriendo como una tonta cada vez que él hace algo remotamente adorable, que ha sido, para que conste, prácticamente toda la noche.

Noor abrió la boca para protestar, pero no encontró ninguna réplica convincente. Tenía razón, por supuesto. Había pasado la última hora observando a Gael con una atención que no tenía nada que ver con la simple curiosidad de vecinos civilizados.

-Aunque quisiera salir con él, que no digo que quiera, no tengo ni idea de cómo funcionaría eso. -Bajó la voz, aunque la música ambiente hacía improbable que nadie más los escuchara-. Es tu primo. Vivimos en el mismo edificio. Si sale mal, tendría que verlo todos los días durante el resto de mi vida.

-O podría salir bien, y entonces tendrías la suerte de verlo todos los días durante el resto de tu vida. -Camila le dio un codazo cómplice-. Deja de buscarle problemas a algo que todavía ni siquiera ha empezado.

La conversación quedó interrumpida cuando el propio Gael se acercó, con el niño de ocho años pegado a sus talones pidiendo que le enseñara otro truco.

-Tu prima está siendo un incordio insufrible -le dijo el pequeño a Camila con toda la seriedad de sus ocho años, señalando a Noor-. No deja de mirar a Gael como si fuera un helado.

Un silencio incómodo cayó sobre el grupo mientras Camila estallaba en carcajadas, Gael sonreía con una satisfacción insufrible, y Noor deseaba que la tierra se abriera bajo sus pies y se la tragara enteramente.

-De la boca de los niños sale la verdad más pura -comentó Gael, disfrutando evidentemente del momento-. ¿Así que un helado, eh? ¿De qué sabor exactamente?

-Voy a matar a tu primo pequeño -murmuró Noor, con las mejillas ardiendo-. Y después te voy a matar a ti por parecer tan satisfecho con esto.

-No puedo evitarlo. Es halagador que un niño de ocho años note la química antes de que tú la admitas.

-No hay ninguna química.

-Claro que no -respondió él, con ese tono que sugería exactamente lo contrario, antes de dejarse arrastrar de nuevo por el pequeño hacia otra ronda de trucos de cartas.

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Fue dos días después, un martes por la tarde, cuando Gael apareció en la puerta de su apartamento con una propuesta que la tomó completamente desprevenida.

-Tengo una idea -anunció, apoyado en el marco de la puerta con esa naturalidad suya que ya le resultaba tan familiar-. Una cita. Tú y yo. Nada complicado, solo cenar en algún sitio y ver qué pasa.

Noor lo miró con sorpresa, aunque una parte de ella -esa parte cada vez más grande y persistente- sintió una punzada de emoción que se negó a admitir en voz alta.

-¿Una cita?

-Sí, esa cosa anticuada donde dos personas se visten decentemente, van a un restaurante, y hablan sin que un niño de ocho años les diga que se están mirando como helados. -Sonrió, esperando su reacción-. ¿Qué dices?

Noor dudó, sopesando internamente todas las razones por las que aceptar sería una idea terrible, y todas las razones por las que rechazarlo se sentiría como negarse algo que, muy en el fondo, deseaba profundamente.

-Está bien -dijo finalmente-. Pero una sola condición: nada de restaurantes elegantes donde tengas que impresionarme fingiendo ser alguien que no eres.

-Trato hecho. -Su sonrisa se ensanchó, genuinamente satisfecho-. ¿Este viernes a las ocho?

-Este viernes a las ocho.

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El viernes llegó acompañado de una expectación nerviosa que Noor no había sentido en años. Se cambió de ropa cuatro veces antes de decidirse por un vestido verde esmeralda que Camila le había insistido en comprar meses atrás "para una ocasión especial", sin sospechar en absoluto que esa ocasión terminaría siendo una cita con su propio primo.

Cuando abrió la puerta a las ocho en punto, Gael estaba esperando con un ramo pequeño de flores silvestres -nada ostentoso, notó ella, agradecida por el detalle- y una expresión que oscilaba entre la confianza habitual y un nerviosismo que resultaba, para su sorpresa, entrañable.

-Estás preciosa -dijo simplemente, entregándole las flores.

-Gracias. Tú tampoco estás mal. -Llevaba una camisa azul oscuro que resaltaba el color de sus ojos, y Noor tuvo que hacer un esfuerzo consciente por no quedarse mirándolo demasiado tiempo-. ¿Adónde vamos?

-Es una sorpresa.

La sorpresa resultó ser un pequeño restaurante italiano familiar a las afueras del centro, sin pretensiones ni estrellas Michelin, pero con un aroma a ajo y albahaca que prometía una comida deliciosa. Se sentaron en una mesa junto a la ventana, y durante la primera media hora, la conversación fluyó con la misma facilidad relajada que habían experimentado aquella tarde de café en la cocina de Noor.




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