¿por qué las mujeres se enamoran de los cabrones?

Epílogo

El estudio de cerámica olía a arcilla húmeda y a café frío, la combinación exacta que Noor asociaba con las mañanas de sábado desde que, tres años atrás, había convertido el antiguo trastero de su casa en un espacio de trabajo real. Ya no era un hobby escondido en una esquina del salón. Ahora tenía su propio letrero en la puerta —pintado a mano por Gael, con una letra torcida que ella se negaba a corregir porque le parecía perfecta tal como era— que decía simplemente: "Noor Aziz Cerámica".

Lo que había empezado como piezas sueltas vendidas a amigos y conocidos se había convertido, gradualmente y sin ningún plan maestro detrás, en una pequeña marca con presencia en dos tiendas de decoración de la ciudad y un perfil de Instagram que Camila administraba con un entusiasmo que rozaba lo profesional. Noor seguía trabajando a tiempo parcial en la editorial —amaba demasiado ese trabajo como para dejarlo por completo—, pero los fines de semana los dedicaba enteramente al torno, a los esmaltes, a esa sensación de control absoluto sobre la forma final de algo que, al principio, era solo barro sin definir.

—Mamá, ¿puedo ayudar?

Amaia apareció en la puerta del estudio con las manos ya manchadas de algo que definitivamente no era arcilla —probablemente el chocolate del desayuno—, sus cuatro años completos de energía imposible de contener en un cuerpo tan pequeño. Tenía el pelo oscuro de Gael y una sonrisa torcida que, para desesperación cariñosa de Noor, era una réplica exacta de la de su padre.

—Solo si prometes no comerte el esmaltado otra vez.

—¡Fue una sola vez!

—Fueron tres veces, cariño.

Amaia se rió, ese sonido que todavía lograba derretir cualquier resistencia que Noor pudiera tener, y se subió al taburete bajo que Gael le había construido específicamente para que pudiera alcanzar la mesa de trabajo sin peligro de accidentes.

—Papá dice que hoy es un día importante —anunció la niña, mientras aplastaba un trozo de arcilla entre sus manos con una concentración absoluta—. Dice que hace cinco años se casó con la mujer más terca del mundo.

—Tu padre tiene una lengua demasiado larga.

—¿Es verdad que eras terca?

—Sigo siendo terca, cielo. Solo que ahora tu padre ha aprendido a quererme a pesar de eso. O quizás precisamente por eso.

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Esa noche, con Amaia ya dormida después de una batalla considerable relacionada con la negativa absoluta a ponerse el pijama de dinosaurios en lugar del de unicornios, Noor encontró a Gael en la terraza del apartamento —el mismo apartamento, ampliado hace dos años cuando finalmente compraron también el piso de al lado, aquel que había sido originalmente el de Gael, derribando la pared que los había separado en un inicio— con dos copas de vino ya servidas y esa expresión suya que, después de cinco años de matrimonio, todavía lograba acelerarle el pulso.

—Cinco años —dijo él, entregándole una copa mientras ella se sentaba a su lado—. ¿Puedes creerlo?

—Sinceramente, no. Sobre todo considerando que hace seis años estaba completamente convencida de que eras exactamente el tipo de hombre que debía evitar a toda costa.

—Sigo pensando que fue el mejor error de cálculo que hayas cometido en tu vida.

—El mejor y el único que no me arrepiento de haber cometido. —Noor se acurrucó contra él, contemplando las luces de la ciudad que se extendían más allá de la terraza—. ¿Sabes de qué me acordé hoy? De la primera pelea que tuvimos por tus libros mal organizados.

—Ah, el infame sistema de "estado de ánimo evocado". —Gael soltó una carcajada—. Todavía sostengo que era un sistema perfectamente funcional.

—Sigues equivocado al respecto, pero ya no tengo energía para discutírtelo otra vez.

—Progreso matrimonial genuino.

Se quedaron en silencio un momento, ese tipo de silencio cómodo que solo se construye después de años de conocerse profundamente, de haber navegado juntos crisis reales —la salud de Yasmin, que ahora vivía a solo veinte minutos y adoraba a su nieta con una devoción que sanaba, en cierto modo, viejas heridas de la propia infancia de Noor; el nacimiento complicado de Amaia, que había requerido una cesárea de emergencia y una noche entera en la que Gael no soltó su mano ni un solo segundo; la reconciliación gradual pero genuina entre Gael y Fernando, que ahora llamaba a su nieta cada domingo sin falta.

—Fernando me preguntó la semana pasada si estábamos pensando en un segundo hijo —comentó Gael, con un tono casual que no lograba esconder del todo su propio interés en el tema.

—¿Y qué le dijiste?

—Que era una conversación que teníamos pendiente entre nosotros, no con él primero.

Noor sonrió, dándole un sorbo a su vino mientras consideraba la pregunta implícita.

—Creo que sí. Algún día, cuando la editorial se estabilice un poco más y el estudio no me tenga completamente saturada con los pedidos de Navidad. Pero sí, Gael. Quiero que Amaia tenga un hermano o una hermana.

—Eso me hace muy feliz escucharlo. —La besó suavemente, esa ternura que nunca había disminuido con los años, solo profundizado en algo más silencioso y seguro—. ¿Sabes? A veces todavía pienso en esa noche en la fiesta de Marcos, cuando chocaste conmigo en la cocina y me miraste como si fuera la amenaza personificada.

—Eras la amenaza personificada. Al menos según mi lista mental de aquel entonces.

—¿Y ahora? ¿Sigo siendo un cabrón, según tu clasificación original?

Noor lo miró, esos mismos ojos color miel que la habían desarmado completamente aquella primera noche, ahora rodeados de líneas de expresión que hablaban de años de risas compartidas, y sintió esa misma certeza que había sentido en el altar cinco años atrás.

—Creo que eras exactamente el tipo de cabrón que sabía enamorarse de verdad. Y sigo pensando que fue la mejor lección que la vida podría haberme enseñado: que a veces las personas más valiosas llegan disfrazadas exactamente de lo que juramos evitar.




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