Por siempre tú, Desmond

Prólogo

Las manos aún me tiemblan después de haber recibido el documento de la prueba de sangre, el cual ahora tengo bien resguardado en un hermoso sobre que acabo de comprar, guardado en mi bolso, al que me agarro como si fuera un salvavidas.

Le sonrío a mi reflejo en cuanto paso por un escaparate semejante a un espejo y me detengo tan solo unos segundos para arreglarme el cabello. Mis dedos se enredan casi al instante con los mechones ondulados casi rojizos si no fuera porque mi cabello es más castaño. Hago una mueca, respiro profundo y peino lo más cuidadoso posible. Me asiento una vez que me veo lo suficientemente responsable, me agarro de nuevo a mi bolso y reanudo la marcha a paso rápido pero cuidado, porque saber la que semilla de nuestro amor se gesta en mi interior de repente me ha vuelo más cautelosa.

Ya cerca del complejo de apartamentos donde vivimos, mi mano se sumerge en el bolso, con cuidado de no estropear el sobre, y saca las llaves, que tintinean con un sonido suave. Mi sonrisa duda un momento en cuanto saludo al guardia de seguridad y me dirijo al ascensor. Carraspeo para mí una vez dentro y hago ejercicios de respiración.

«Vamos, respira como te enseñó la terapeuta», me recuerdo a medida que el ascensor llega a nuestro piso.

Los pelos se me ponen de punta cuando se detiene y abre sus puertas.

Vacilo antes de salir con uno que otro paso dudoso, pero me animo al ver nuestra puerta. Sostengo con más fuerza las llaves y, con mucho cuidado, meto la primera en la chapa, conteniendo el aliento. Cierro los ojos por unos segundos, si es que así el chirrido de la puerta abriéndose disminuye, y entro lo más suave posible.

Porque la idea es esa, darle la sorpresa a mi prometido, Adam.

Sin embargo, todo mi cuerpo se tensa y mi cerebro se silencia al oír sonidos muy fáciles de identificar y reconocer. Gemidos femeninos, no tan estruendosos, pero sí con ganas de hacer acto de presencia. A pesar de la rigidez en mis hombros y brazos, no permito que la cinta de mi bolso se deslice por mi hombro y me dirijo a la habitación en modo automático, sin importar la palidez en mi rostro y el sudor frío de la consternación, la ira latente y el dolor más fuerte que ha sufrido mi corazón por ahora.

Por la abertura de la puerta los veo.

Adam se mueve con pasión sobre una mujer rubia, que le araña la espalda, motivada a dejarle marcas.

«Ya entiendo por qué no me ha permitido acariciársela para arrullarme».

Las lágrimas me nublan la visión y el sentido.

Me muerdo los labios, sumerjo la mano en el bolso para sacar el sobre e irrumpo en el dormitorio.

Adam se petrifica y la mujer cierra su gran bocota, que al parecer solo le sirve para nada más que gemir.

Me limpio las lágrimas con el puño, más enfadada que apesadumbrada, y les lanzo el sobre.

—Felicidades, Adam, serás padre —le exclamo con una sonrisa irónica, sin darle una mirada a la rubia, que sé que me contempla con alarma—, pero no estarás presente en su crianza, lo juro por Dios y por el orfanato que me vio crecer —espeto, y me doy media vuelta para casi correr hacia el armario, del que saco toda mi ropa como si fuera basura.

Lo escucho ponerse en pie con torpeza y caminar hacia mí, pero en cuanto me giro y lo señalo como si fuera una de las peores pestes se detiene. A sus espaldas, la rubia se recompone, se incorpora y se viste lo más veloz que puede. No la culpo y tampoco tengo que dirigir mi ira hacia ella. El que ha cometido el error sabiendo que está prometido es él, y es el principal causante de este dolor que amenaza con partirme en dos el corazón.

Los ojos verdes de mi ahora exprometido se enrojecen, y no tardo en dejar escurrir de mis labios temblorosos y ya salados una carcajada sarcástica.

—¿Para qué te vas a poner a llorar, Adam? —escupo, y cargo mi maleta amarillo pálido para depositarla en el suelo a la vez que la abro—. Eres un gran infeliz —casi grito en cuanto da un paso hacia mí, y vuelvo a señalarlo, ahora llorando por completo—. ¿Dónde quedaron tus ideas de ser un buen padre, entregado a su familia y a sus futuros hijos? —sollozo con amargura, y me limpio la comisura superior de los labios—. ¿Dónde quedó ese Adam que me juraba fidelidad eterna? —Mis ojos buscan a la rubia, y al verse hallada por ellos, la pobre se congela a medio vestir—. Seguramente, ella será mejor madre que yo.

—Mavka…

Mi nombre en su boca me sabe a estiércol.

—¡Suficiente, Adam! —Ni me preocupo por doblar la ropa restante en la maleta. La que lancé al suelo es esa que él me regaló para «verme más bonita e impactante» ante sus amigos—. Y quédate con esto. —Me quito el anillo con tanta brusquedad que el dedo me duele y se lo tiro con todas mis fuerza. Se estrella en su pecho sudoroso y cae al piso como todas mis ilusiones—. Diles a tus padres que su querida nuera por fin ya no lo es. —Cierro la maleta sin permitirme lanzarle otro vistazo a la rubia—. Y si intentas retenerme, te clavaré el pie en las pelotas, ¡¿te queda claro?!

Asiente, cohibido, una vez que me yergo y cargo conmigo la maleta.

Me detengo delante de la puerta y respiro hondo.

«Al diablo con los ejercicios».

—Mavka, por favor…

«Y al diablo con el poco cariño que le tengo».




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