Volver al hielo siempre fue una de las cosas que más deseé en la vida. Y también una de las que más miedo me daba.
Después de aquel “accidente”, muy pocas veces me volví a poner los patines. Seguí practicando y entrenando fuera de la pista para no perder la costumbre, claro, pero nunca reuní el valor necesario para regresar.
Cuántas veces no imaginé ese momento: el instante en que volvería a atar las agujetas, sintiendo cómo la adrenalina me recorría todo el cuerpo antes de salir y dar, una vez más, lo mejor de mí mismo sobre el hielo.
Y ahora aquí estaba, frente a la inmensa pista de Saint Claire. La misma plaza comercial a la que había tenido que acompañar a Phoebe en su primera cita con un chico del equipo de fútbol americano. Obviamente no me necesitaban para hacer de tercero en discordia toda la tarde, pero sí había quedado como su “salvavidas”, por si las cosas se ponían feas.
¿Qué podía hacer yo contra un tipo de casi un metro noventa, cuya especialidad era taclear personas?
La verdad, no lo sabía. Aunque, por suerte, tampoco tuve que averiguarlo. Hacía ya un buen rato que me había llegado el mensaje acordado: un sticker de un gato con su pulgar arriba
Suspiré una vez más y me acerqué.
Solo será un rato.
Me repetí eso múltiples veces mientras caminaba hacia la pista casi vacía. No lograba dimensionar lo que estaba por suceder; incluso cuando pagué por una hora y sostuve los patines entre mis manos, sentía que mi mente giraba en una espiral que me estaba haciendo transpirar demasiado.
Alguna vez estar sobre el hielo había sido como respirar para mí, pero ahora, solo pensarlo me causaba escalofríos.
El recuerdo del dolor inmenso que sentí cuando me estampé contra esa fría pared y casi perdí totalmente la consciencia; los gritos de las personas que estaban en el partido; aquella sonrisa casi imperceptible de Clark después de golpearme con todas sus fuerzas desde un mal ángulo; y los horribles ojos verdes de su mejor amigo, Killian Ashford.
Casi aviento los patines por la rabia que me generaba recordar aquello; sin embargo, traté de mantener la calma, pues la poca gente que había a mi alrededor ya me estaba mirando lo suficientemente raro como para armar otro número.
¿Tan expresivo soy?
Me senté en una de las bancas y empecé la tarea de ponerme el equipo. Eran unos patines increíbles, al igual que todo lo que había en esta pista, a pesar de ser pública. No era de extrañar: todo este complejo pertenecía a la familia Saint Claire. Así que tampoco me pareció tan extraño entender por qué tenían patines de patinaje artístico disponibles, y no solo los típicos y toscos que tienen más parecido con los que se usan en hockey.
Eso es algo que debía agradecerle a Killian, supongo: que su familia fuera asquerosamente rica y pudiera ofrecer esta clase de lujos que la mayoría no podía pagar.
—Disculpa…
Una vocecita pequeña me sacó de golpe de esa maraña de pensamientos que me estaba atormentando la cabeza.
—Perdón… es que mi hermano está con su novia en una cita y me dejó aquí esperando.
¿Qué clase de hermano mayor deja tirado así a su hermano pequeño?
Fue lo primero que pensé, aunque no lo externé. Sabía que podía haber toda clase de hermanos en esta vida.
—¿No eres muy pequeño para estar solo? —pregunté. No parecía tan chico, pero, aun así, ver a un niño de unos diez años solo en medio de una pista daba qué pensar—. ¿Dónde está tu hermano ahora?
—¡Ya tengo once! Ya soy grande —respondió, muy serio. Asentí con la cabeza, porque por mucho que yo pensara lo contrario, jamás le iba a ganar una discusión a un niño convencido de que ya es un adulto—. Está allá, en la cafetería. Me está vigilando desde ahí.
Señaló con el dedo hacia un local cercano. Me sorprendí, y también me alivió, al reconocer que se trataba de la misma cita de mi amiga: ese cabello con mechones rojos lo identificaría en cualquier lugar. El chico que estaba con ella, en cambio, era moreno, igual que el niño que tenía enfrente, y llevaba el pelo algo corto.
—Bueno, entonces… —miré los patines que él tenía en las manos y entendí perfectamente qué era lo que quería desde el principio—. Necesitas ayuda para atarte eso, ¿verdad?
—¡Exacto! Oye, y para que lo sepas: yo voy a ser jugador de hockey —dijo, sacando el pecho con mucho orgullo. No pude evitar sonreírme por dentro—. Seré uno de los mejores que haya habido.
—Seguro que sí. Pero primero, tendrás que aprender a atarte bien los cordones, ¿no?
Se le subieron los colores a la cara de inmediato, y su expresión cambió de golpe a una de pura indignación. Hacía tanto tiempo que no trataba con niños que casi se me olvida lo volátiles que pueden ser.
—¡Eso no es lo importante! —dijo, aunque ni él mismo se lo creía demasiado. Decidí que no valía la pena llevarle la contraria—. Lo que de verdad cuenta es la técnica. Todo lo demás sobra.
Me corrí un poco en la banca y le palmeé el sitio vacío a mi lado, invitándolo a sentarse. Él siguió hablando sin parar, dándome razones por las que saber atarse los patines era lo más sencillo del mundo y lo que menos importancia tenía.
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Editado: 15.06.2026