Los odiaba a todos.
Sabía que el regreso a Aldor sería un caos, pero jamás imaginé cuánto. La enorme fila de autos lujosos retrasó a mi taxi más de una hora y esos incómodos asientos casi me destrozaron la espalda. Lo único medianamente rescatable de la situación fue, tal vez, el conductor; me enteré de la mitad de su vida sin tener que revelar nada de la mía e incluso terminé invitado a la próxima boda de su hija. ¿Iría? No lo sé.
El tráfico era normal, pero registrarme en la recepción de mi edificio seria el verdadero problema. Ni siquiera porque hubiera demasiada testosterona a mi alrededor —que era el caso—, sino más bien porque, al ser becado, era prácticamente el último en pasar. Aun así, no me quejaba, puesto que no había otro responsable más que yo.
A veces me odiaba a mí mismo por haber insistido en que fuera de esta manera, pero no podía entrar de otra forma sin tener que explicar cosas sobre mi familia. Ese era un tema que me convenía no tocar, y mientras menos resaltara, mejor. Entonces, optar por aplicar a la beca de excelencia fue la mejor opción. Así, si alguien preguntaba, podría decir fácilmente que mis padres eran esas dos buenas personas que trabajaban para Max Windsor y que él, por el cariño que les tenía, me apadrinaba.
Tampoco ayudaba que Aldor estuviera lleno de chicos que parecían haber nacido usando relojes brillando en cada muñeca, maletas de diseñador siendo arrastradas por empleados y padres despidiéndose de sus hijos como si estuvieran dejando futuros presidentes en lugar de universitarios incapaces de lavar un plato.
Tuve que contener una mueca cuando uno de los trabajadores prácticamente corrió para ayudar a un chico rubio con sus cosas mientras a mí apenas me dirigían la mirada. Supongo que ese era el privilegio de tener apellido y dinero.
—¿Te enteraste de lo del equipo de hockey? —preguntó en francés uno de los chicos que seguía esperando en recepción a su amigo—. Al parecer Hillstone reclutó a los que pudo.
Tuve que bajar el volumen de mis audífonos para poder escuchar con más claridad su conversación, puesto que comenzaban a hablar en voz baja. El hecho de que no quisiera ni remotamente relacionarme con ese tema no quitaba que deseara enterarme. Un buen chisme nunca está mal.
—No entiendo por qué están jugando sucio —contestó el otro en el mismo idioma.
—La llegada de Ashford los puso a temblar.
Casi rodé los ojos ante la mención de ese apellido, aunque mi cuerpo reaccionó antes que yo. Sentí mi mandíbula tensarse y por un instante dejé de escuchar el resto del ruido en recepción.
Qué fastidio.
—Ese idiota. Ni me lo menciones —el deje de rabia en su voz me hizo darme cuenta de que tampoco era simpatizante de ese sujeto. Y cuando su amigo comenzó a reírse, casi le saltó encima—. No te burles, se besó con mi novia. Eso todavía duele.
Tuve que taparme la boca para no soltar algún sonido de sorpresa. Incluso me obligué a desviar la mirada hacia otro lado.
Sí que eres un tonto, Killian Ashford.
Por alguna razón, pude imaginar perfectamente su sonrisa arrogante después de hacer algo así. Y odié que todavía pudiera recordarla tan bien.
—Perdón, amigo, pero ve el lado bueno. Tampoco es como que vayan a estar juntos —palmoteó su espalda y entonces sentí pena; realmente ese chico todavía se veía afectado—. Es un imbécil que nunca se compromete.
—Me las pagará ese...
Fue lo último que alcancé a escuchar antes de que fueran llamados a recepción y comenzaran a reclamar; obviamente ya habían hecho su registro con antelación, pero por alguna razón no aparecían en el sistema. Ese era el lujo que ellos tenían y nosotros no.
Volví a subir el volumen de mi música y me apoyé sobre la pared; comenzaba a sentirme cansado, aunque culpaba a no haber comido bien antes de salir. Chequé la hora en mi teléfono y no me sorprendió ver que eran más de las tres de la tarde. Mi pastilla me tocaba a las once, así que tenía sentido sentirme algo mareado y sin tanta energía.
Las voces a mi alrededor empezaron a escucharse extrañamente lejanas. Como si estuviera debajo del agua. Parpadeé un par de veces intentando enfocar mejor la recepción, pero las luces seguían molestándome.
Genial.
—Nathaniel Malloray Crosier —escuché la mención de mi nombre a la distancia—. Nathaniel Malloray Crosier.
A la segunda llamada supe que no era una alucinación y que en verdad estaban gritando mi nombre. En medio de mi adormilamiento me levanté como pude, saqué uno de los chocolates blancos de mi mochila y le pegué una mordida al mismo tiempo que me dirigía hacia la señora Francine.
—Bueno, muchacho, ¿cuál es tu habitación?
Ni siquiera se molestó en mirarme, aunque si era sincero, en mi estado no me importaba mucho.
—La #88, quinto piso —solté sin más, percibiendo cómo el chocolate comenzaba a hacer efecto.
Después de eso estuvimos aproximadamente cinco minutos en un ir y venir de preguntas y respuestas que más tarde corroboraría que estuvieran bien; mi mente se sentía demasiado confundida como para estar seguro de no haber dicho algo incorrecto.
A veces aún mezclaba versiones de mi vida que ya no existían.
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Editado: 15.06.2026