Principe Del Hielo

03.- GOLPEAS FUERTE

Si ponía en una balanza todo lo que podría ocurrirme por golpear en la cara a una de las personas más importantes, influyentes y conocidas de toda la universidad, creía sinceramente que nada era lo suficientemente malo como para lograr que me arrepintiera de ello. Ni siquiera un poquito.

No quería hablar antes de tiempo, porque la vida siempre podía dar vueltas inesperadas y el destino tenía una forma cruel de cobrarse las cosas. Sin embargo, ver a Killian sentado a unos metros de mí, con una bolsa de hielo sobre la mejilla derecha y esa expresión entre aburrida y entretenida, compensaba bastante bien cualquier posible consecuencia que pudiera venir después.

De no haber habido profesores, tal vez todo habría quedado como una simple pelea sin importancia, un empujón más entre estudiantes. Pero, evidentemente, la suerte nunca estaba completamente de mi lado, así que ahora me encontraba sentado en un pasillo del edificio de rectoría, esperando ser atendido por el mismísimo director.

Por un momento, mientras lo miraba de reojo, pensé que Killian se habría levantado para devolverme el golpe. No lo hizo. Primero pareció genuinamente sorprendido, congelado en el sitio, y después simplemente sonrió, se tocó la zona golpeada y dijo con esa calma que me sacaba de quicio: “Golpeas fuerte”.

Sin duda era un idiota. De los grandes.

Lo miré de nuevo, recostado contra la pared con las manos en los bolsillos, los ojos cerrados, aunque la sonrisa seguía instalada en su cara como si todo esto le pareciera extrañamente divertido, como si fuera un juego nuevo.

Tal vez estaría pensando en todas las formas posibles en las que podrían castigarme, en cómo haría para que sufriera o, peor aún, en cómo perdería mi beca y terminarían echándome de Aldor, dejándome en la calle.

Esperaba no darle ese gusto. Aun así, no estaba seguro de qué pasaría realmente. El señor Damocles —el exdirector—, conocía perfectamente mi situación y mi vínculo familiar, pero el director actual llevaba relativamente poco tiempo aquí y probablemente no tenía ni idea del trato especial que existía entre mi tío y los dueños de esta institución.

Qué forma tan desastrosa de comenzar el semestre.

—Si sigues mirándome así, con esa cara, voy a pensar que te parezco insoportable porque no puedes tenerme.

Parpadeé abruptamente, sacado de mis pensamientos de golpe.

Ni siquiera había notado que se había acercado mientras yo estaba perdido en mis propias preocupaciones. Me obligué a retroceder inmediatamente, pegándome más a la pared, y desvié la mirada hacia el frente antes de que notara el ligero calor que ya comenzaba a subir por mis mejillas.

—Solo estaba admirando mi obra de arte —contesté con desdén, señalando levemente su mejilla con la bolsa de hielo.

Escuché su risa ronca y baja justo antes de que volviera a alejarse hacia su lugar, apoyándose otra vez en la pared frente a mí.

—Me han golpeado de maneras peores y mucho más efectivas en el hielo. Esto fue suave.

No pude evitar soltar una pequeña risa, amarga y sincera a la vez.

—Seguramente sí. Estás acostumbrado a los golpes, supongo.

Estaba intentando sonar lo más cortante y distante posible. Ya había perdido demasiado el control por un solo día y no podía arriesgarme a decir algo más que me delatara, algo que revelara que sabía mucho más de él de lo que aparentaba.

—Tal vez deba amenazarte con contarle a mi padre exactamente lo que hiciste —comenzó a decir con tono dramático, lento y exagerado— para que parezcas mínimamente arrepentido. Y que te castiguen bien.

Eso logró que girara abruptamente hacia él, serio otra vez.

—No muestras demasiada compasión por mi situación —continuó, disfrutando cada segundo—. Y eso que yo soy la víctima aquí. Si quedo desfigurado, voy a perder mi mejor arma de conquista. ¿Te das cuenta de la gravedad?

Tuve que hacer un esfuerzo absurdo para no reírme en su cara.

Ahora entendía perfectamente por qué tantas chicas —y chicos— caían en sus encantos tan fácilmente. Tenía un carisma peligrosamente efectivo; uno capaz de hacerte olvidar, aunque fuera por unos segundos, lo increíblemente imbécil, arrogante y molesto que podía llegar a ser.

—No creo que tengas problemas ni, aunque te quedes sin dientes —respondí sin pensar demasiado, y las palabras salieron solas.

El silencio posterior, cargado de significado, me hizo comprender inmediatamente cómo había sonado aquello.

Genial, Nathaniel. Muy inteligente.

—Quiero decir… —me apresuré a corregir, intentando arreglar el desastre—: eres el capitán del equipo de hockey, tienes dinero, apellido y estatus. Honestamente, no puedes pedir mejores armas que esas. Con eso tienes ganado el mundo.

Volví a mirar hacia el frente, evitando sus ojos verdes, porque su atención fija comenzaba a ponerme incómodamente nervioso. Había momentos en los que sentía deseos genuinos de golpearle la otra mejilla simplemente por existir.

Y me odiaba profundamente por no odiarlo lo suficiente, por sentir algo más que rabia.

—Veo que sí eres tan inteligente como dicen por ahí —comentó, imitando mi posición contra la pared y cruzándose de brazos—. Lástima que vayas a irte tan pronto de aquí.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.