Principe Del Hielo

04.- LA TERCERA RUEDA

La maldición del mejor amigo soltero siempre será ser invitado a salir con la conquista de su amiga.

Aunque tampoco era una idea que me desagradara del todo; la verdadera queja venía del sentimiento constante de incomodidad que generaba ser el mal tercio, esa tercera rueda que sobra en todos lados.

Sin embargo, en esta ocasión había aceptado salir con Phoebe y Julián por una simple y poderosa razón: el maldito de Killian Ashford me había jodido la vida y no quería que me afectara más de lo que ya debía. Otra vez.

Hizo que me disculpara, que me tragara mi orgullo y soltara esas palabras que me irritaron la garganta peor que hierro ardiente; solo para que, después de verme sufrir un poco, cambiara de opinión y sugiriera que mi castigo fuera convertirme en asistente de pista del equipo de hockey. Lo peor de todo es que ni siquiera fue algo premeditado o diseñado específicamente para hacerme sufrir. No cuando él no tenía la menor idea de que volver al hielo era exactamente lo único que realmente podía fastidiarme, lo único que podía derrumbarme.

Tan solo fue su ego inflado combinado con una pizca de mi pésima suerte lo que nos llevó a un resultado tan horroroso.

Intenté negarme e incluso advertí que prefería mil veces la expulsión antes que eso, pero nada funcionó. El director dejó más que claro que se haría lo que su chico dorado del hockey deseara, y la espantosa sonrisa de triunfo que lucía Killian me confirmó que nada lo haría cambiar de opinión. Por alguna extraña razón, parecía haber logrado exactamente lo que quería; tal vez hacerme rabiar, verme desesperado o simplemente demostrar que tenía el control. Lo que fuera que alimentara a su ego herido.

Suspiré mientras pegaba uno de mis pósters en la pálida pared de mi habitación. Di tres pasos hacia atrás y analicé cómo había quedado esa parte; Chase Atlantic, The Neighbourhood, Lana Del Rey, Taylor Swift, el lago de los cisnes, La La Land y algunos de mis patinadores favoritos convergían en aquel espacio lleno de recuerdos. Decidí que debía ponerle stickers o algo parecido para que no se viera tan simple y pudiera tener un poco más de mi propia personalidad.

Moví un poco el último póster para que quedara perfectamente alineado con los demás y concluí que por fin había terminado. Me gustaba eso de organizar cosas y darles un lugar específico; me llenaba de calma y estrés al mismo tiempo, pues muchas veces tardaba horas antes de considerar que todo estaba perfecto, simétrico y en su sitio. Sin embargo, al ver cómo había quedado todo, por fin pude tomar mi teléfono.

Eran apenas las cuatro y media. Phoebe pasaría por mí a las seis, así que tenía tiempo de sobra. Me tiré sobre la cama, no sin antes acomodar una vez más la lámpara sobre el tocador, que seguía pareciéndome ligeramente chueca y fuera de lugar.

Revisé mi teléfono y, casi inconscientemente, terminé entrando a la página de Instagram del equipo de hockey. A pesar de que llevaba horas intentando convencerme de que aquello solo sería un castigo de unas cuantas horas —donde tal vez ni siquiera tendría que verlos o tratar con ellos más de lo estrictamente necesario—, me interesaba conocer un poco más sobre el equipo para saber exactamente en qué me estaba metiendo.

Tampoco era como si aquello me condenara a volver a competir o a jugar de verdad.

Solo era un castigo. Solo eso.

—No me jodan —solté sin pensarlo al ver la miserable página del equipo. Literalmente podía ver todas las publicaciones sin mucho esfuerzo, porque eran pocas y muy mal hechas—. Les urge alguien que sepa manejar redes.

Por seguir juzgando y criticando todo, busqué la cuenta de las chicas y estaba incluso peor. Ambos perfiles tenían promocionales aburridos, convocatorias, infografías y algunas fotografías de partidos, pero todas estaban mal editadas, con mala luz y sin estilo. Seguramente el profesor Valeska se arrancaría los ojos si viera el manejo digital de esos equipos. No tenían una imagen definida, una identidad visual y mucho menos una mascota; lo único que podía distinguirse era que el uniforme de ellos, los Silver Royals, era negro, mientras que el de ellas, las Onyx Blades, era blanco.

Entonces una epifanía completamente absurda vino a mí y comencé a dibujar algunas ideas sueltas en mi libreta. Trazos por aquí y por allá. Nada realmente concreto. Al final, solo tuve una idea clara: estaría increíble que ambos equipos se complementaran visualmente entre sí, que fueran dos caras de una misma moneda.

Dejé el cuaderno a un lado y fue hasta ese momento cuando caí en cuenta de lo loco que era siquiera considerar hacer mi proyecto sobre los equipos de hockey. Sería involucrarme demasiado, y eso era precisamente lo que menos quería.

Estás muy loco, Nathaniel.

Volví a revisar la hora y vi que ya eran cerca de las cinco, así que decidí que era momento de bañarme. Cuando estaba por buscar la canción perfecta para relajarme, mi teléfono comenzó a vibrar sobre la colcha.

Por un momento deseé que fuera una cancelación de parte de Phoebe, porque empezaba a arrepentirme de haber aceptado salir. No fue así.

En su lugar, era un mensaje del tío Max.

Sr. Max Windsor: Hola, Nathaniel. ¿Cómo estás? ¿Todo ha ido bien?

Pensé muy bien qué contestarle.




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