La salida había concluido mejor de lo que esperaba, aunque con más verdades distorsionadas de las que había cuando llegamos. Cuando tocó la ronda de preguntas básicas, tuve que ser extremadamente cuidadoso para no equivocarme en ninguna respuesta, o la enorme pila de mentiras sobre la que construí mi fachada terminaría viniéndose abajo.
Phoebe me ayudó a esquivar algunas. Sin embargo, podía ver en su mirada las ganas de arrancarme todos mis secretos de una sola vez.
Ella era la persona que más sabía sobre mí y, aun así, no sabía lo suficiente.
—No quiero ir —volví a quejarme con Gael, quien amablemente se había ofrecido a acompañarme hasta la pista de entrenamiento—. ¿Crees que Ashford se queje con el director?
Me abrazó por el costado, como era su costumbre, como si aquello fuera a servir para calmar mis nervios. Tal como siempre, el contacto me estremeció un poco, pero no me aparté. Confiaba en él.
—Quisiera decirte que no, pero es Ashford —no hizo falta que explicara más; era bien conocido por ser caprichoso—. Puedo acompañarte si eso te hace sentir más seguro.
Aproveché eso para separarme sin parecer grosero y entonces me coloqué frente a él. Sus ojos ámbar me observaban con algo que no supe descifrar y que, por los nervios, tampoco quise analizar demasiado.
Lo que me proponía era una idea increíble y estuve a nada de aceptar, pero me detuve. El castigo era algo que debía afrontar solo, por más que odiara admitirlo. No podía robarle su tiempo en un acto de egoísmo. Además, no siempre estaría ahí para acompañarme.
—Te lo agradezco mucho, pero debo hacerlo solo —estuvo a punto de refutar, así que me apresuré a añadir—. Al menos por hoy. Debo demostrarme a mí mismo que sí puedo.
Claro que no puedo, me repetí.
Tenía razón. Sin embargo, eso era algo que él no tenía por qué saber.
—Eres un testarudo, Nathan.
Me revolvió el cabello y yo me aparté de inmediato. No entendía la obsesión colectiva que parecía existir con despeinarme.
—Está bien. Solo porque confío en que podrás hacerlo —no pude evitar sonreír junto a él—. Pero si alguno de esos chicos te hace algo, me lo dirás. ¿Verdad?
—Sí, sí, sí —lo empujé para que ya se fuera—. Alba y Amaral deben estarte esperando. Corre.
Él negó divertido. Aun así, me hizo caso y emprendió el camino sin dejar de mirarme. Siempre había envidiado su capacidad para caminar de espaldas sin terminar estampándose contra algo.
—Recuerda que puedes llamarme por cualquier cosa y vendré.
—Lo sé —reafirmé, porque sabía que, a pesar de todo, podía contar con ellos—. Además, llevas todo el día repitiéndolo.
—Es que ese testarudo cerebro tuyo parece no comprenderlo.
Hice un ademán de despedida, fingiendo estar indignado. Por más que tuviera razón, no era fácil admitir que me costaba confiar en los demás.
Lo observé perderse entre los edificios más cercanos y entonces giré nuevamente hacia la pista.
Tenía un enorme techo de cristal que seguramente ofrecía una vista increíble desde el interior. La estructura era moderna, elegante y mucho más imponente de lo que recordaba. Era tan grande como una pista debía serlo, aunque no tanto como el estadio donde se disputaban los partidos oficiales.
Este lugar simplemente existía para que los equipos pudieran entrenar o para que cualquier estudiante pudiera utilizarlo. Mientras no interfiriera con los horarios de los equipos, estaba permitido entrar.
Y ahí estaba precisamente el problema.
Porque yo sí iba a interferir con el horario de un equipo.
Más específicamente, con el de un capitán insufrible que probablemente llevaba horas disfrutando la idea de verme cumplir aquel castigo absurdo.
Suspiré dramáticamente antes de obligarme a mover los pies, que parecían haberse ido de vacaciones. Tal vez todavía estaba a tiempo de fingir una enfermedad tropical y desaparecer de la faz de la tierra durante un mes.
O dos. O toda la vida.
La idea perdió fuerza en cuanto crucé las puertas de cristal.
El aire frío me golpeó inmediatamente y una sensación desagradablemente familiar se instaló en mi pecho. No era el frío en sí; estaba acostumbrado a él. Era todo lo demás.
El sonido de las cuchillas arañando el hielo. El eco constante de las voces rebotando contra las paredes. El olor particular que siempre tenían las pistas cubiertas. Incluso la forma en que la luz descendía desde el enorme techo acristalado para reflejarse sobre la superficie helada.
Todo resultaba demasiado conocido. Demasiado cercano a una versión de mí mismo que llevaba años intentando enterrar.
Por un instante me pregunté cuánto tiempo llevaba sin estar realmente dentro de una pista. No verla desde las gradas, ni patinar de incógnito cuando había poca gente, ni pasar por accidente frente a una mientras hacía cualquier otra cosa, sino estar ahí, respirando ese ambiente tan particular que parecía existir únicamente entre esas paredes.
Era extraño descubrir que aún recordaba cada detalle con tanta claridad, como si una parte de mí hubiera permanecido congelada exactamente en ese lugar todos estos años.
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Editado: 05.07.2026