Había salido huyendo después de aquello.
Afortunadamente, el entrenador no tuvo tiempo suficiente para acercarse. Sabía que debía enfrentarlo tarde o temprano, pero en ese momento no me sentía listo. Una cosa era vivir con el temor constante de que alguien pudiera reconocerme, y otra muy distinta era encontrarme, de frente, con una persona que lo había hecho al instante.
Estaba seguro de que, si Killian no me reconocía, nadie más lo haría.
Claramente no había pensado en todas las posibilidades.
Porque, si lo analizaba con calma, las probabilidades eran absurdas. De todos los entrenadores del mundo, de todas las personas que podían aparecer en Aldor, justo tenía que llegar Aaron Campbell. El hombre que más sabía sobre mí después de mi familia. El hombre que me había visto crecer sobre el hielo.
Aunque, siendo sincero, no me sentía tan nervioso como debería. Si existía alguien a quien pudiera confiarle toda la verdad, probablemente era él.
Eso no significaba que quisiera tener esa conversación.
Ni hoy. Ni mañana. Ni, idealmente, nunca.
Pero sabía que debía encontrar la manera de acercarme antes de que sucediera algo peor. Antes de que intentara buscarme. Antes de que hiciera preguntas delante de las personas equivocadas. Antes de que alguna pieza comenzara a encajar donde no debía.
Para mi buena suerte, hoy entrenaba el equipo femenino, así que al menos tendría unas cuantas horas para fingir que el problema no existía.
Una estrategia terrible, pero sorprendentemente efectiva cuando uno era un cobarde profesional.
—¿Estás segura de que a Julián no le molesta? —volví a preguntar. No quería entrometerme en sus salidas todo el tiempo—. Solo he salido con ustedes una vez, pero aun así podría resultar incómodo.
Necesitaba distraerme de todo lo ocurrido el día anterior, así que había aceptado la invitación de Phoebe para tomar algo en una cafetería llamada El Mediterráneo. Debía admitir que el lugar tenía un encanto especial. Su decoración mezclaba un estilo vintage con una atmósfera acogedora que invitaba a quedarse más tiempo del planeado.
Además, era un sitio perfecto para fotografías.
No llevaba ni media hora ahí y ya estaba convencido de que volvería. Tenía potencial para convertirse en uno de mis lugares favoritos.
—Ya deja de torturarte esa cabecita tuya —me desordenó el cabello y tuve que apartarme inmediatamente—. Él fue quien dijo que te invitara.
—¿Estás insinuando que tú eras la que no me quería aquí? —bromeé.
Casi se atragantó con el agua.
Por un segundo pensé que terminaría escupiéndomela en la cara, así que me preparé para lo peor. Afortunadamente, logró controlarse antes de provocar una tragedia entre nuestra mesa y las personas de alrededor.
Aun así, tuve que darle unas palmadas en la espalda mientras se recuperaba.
—Eres imposible —se quejó, todavía roja por el ataque de tos—. Me sorprende la capacidad que tienes para decir cualquier cosa con la misma seriedad. A veces me gustaría saber qué pasa por tu cabeza.
Reí por lo bajo.
Lo gracioso era que ni siquiera yo sabía responder esa pregunta. Mi mente era una mezcla constante de pensamientos, preocupaciones, ideas absurdas, recuerdos inoportunos y escenarios hipotéticos que casi nunca ocurrían.
La mayoría del tiempo parecía una habitación donde alguien había vaciado todos los cajones al mismo tiempo y después había decidido no ordenarlos jamás.
—Yo también quisiera saber qué pasa por mi cabeza.
Levanté mi vaso de agua a modo de brindis antes de tomar un sorbo.
—¡Eres todo un caso, Nathaniel! ¡Todo un caso! —suspiró resignada, consciente de que seguir por ese camino era una batalla perdida. No tardé en notar cómo una nueva idea atravesaba su mirada—. Bueno, pasando a temas más... interesantes.
Supe exactamente hacia dónde se dirigía aquella conversación.
De hecho, me habría gustado que no cambiara de tema. Pero conocía demasiado bien a Phoebe como para albergar esperanzas.
—No pasó nada con Ashford —me adelanté.
La decepción en su rostro fue tan evidente que casi me hizo sentir culpable.
Casi.
—Solo le gusta molestar y nosotros intercambiamos un par de palabras. Nada más.
Bebió otro sorbo de agua mientras organizaba sus ideas.
Jamás confiaba en Phoebe cuando guardaba silencio antes de hablar.
—Después del tremendo golpe que le diste, uno pensaría que «nada» es la palabra menos adecuada para describir lo que ocurre entre ustedes.
Me observó entrecerrando los ojos. Y cuando vi cómo su expresión comenzaba a transformarse, sentí un mal presentimiento.
Era la misma cara que ponía cuando acababa de descubrir una teoría que consideraba brillante.
Generalmente no lo era.
—Lo que sea que se esté formando en tu cabeza —advertí, señalándola con un dedo—. ¡Abórtalo!
#5230 en Novela romántica
#1359 en Novela contemporánea
amor mentiras deseo amistad, gays boys love, hockeyypatinaje
Editado: 05.07.2026