Afortunadamente, el resto de mi semana había estado libre de rubios. Bueno, no exactamente, pero sí del único que deseaba no ver.
Investigué más a fondo cómo funcionaban los equipos de hockey y sus entrenamientos. Al parecer, solo durante las primeras tres semanas del semestre entrenaban de esa manera; después pasaban a tener horarios específicos dos o tres veces por semana. Así que, al menos cuando terminara el periodo intensivo, no tendría que verlos tan seguido.
En realidad, ahora que lo pensaba con la cabeza fría, me había estado ahogando en un vaso de agua. No era tan malo. O, al menos, eso era lo que me había estado repitiendo desde aquel día en que llegué escurriendo hasta mi edificio.
Hoy era mi último día libre de la pista y también el último de mi fin de semana. Había estado pensando en comprarme unos patines de hockey para no desentonar, pero también tenía pendiente adquirir el iPad que quería; y, aunque mi sueldo era bueno, para mi desgracia ninguna de las dos cosas era especialmente barata.
Existía la posibilidad de pedirle ayuda a mi tío, aunque en realidad no era algo que estuviera considerando seriamente. Aun así, el viernes, cuando hablamos, le pedí que me enviara mis antiguos patines. Así que no tardarían demasiado en llegar.
—Despierta.
Rosalie aplaudió frente a mi rostro y me sacó de golpe de mis pensamientos.
—Nunca comprenderé cómo eres capaz de desconectarte por completo de la realidad.
Si ella estaba aquí, significaba que mis siete minutos en el paraíso estaban por terminar.
Me quité los audífonos y los guardé en la mochila, pues quería evitar el regaño de siempre por traerlos puestos ante la menor oportunidad.
—Es fácil. Solo miras un punto fijo y empiezas a pensar demasiado —bromeé, señalando la pila de cajas vacías que ya había acomodado por orden, de mayor a menor—. La música ayuda.
—Ojalá pudiera hacer eso, pero cuando tengas hijos entenderás.
Me observó y, un segundo después, cayó en cuenta de aquel pequeño detalle.
—Bueno, no. Siempre puedes adoptar.
No pude evitar reírme.
Aún recordaba lo mucho que le había costado aceptar que era gay. Y no porque hubiera sido grosera; simplemente, por alguna extraña razón, nunca había tenido a una persona de la comunidad dentro de su círculo cercano. Decía que no sabía cómo tratarme, como si fuera necesario un trato especial solo por tener preferencias diferentes.
Aunque, con un esposo fallecido y tres hijas a su cargo, el simple hecho de que se preocupara por esas cosas me parecía admirable de su parte.
—Sí, podría hacerlo, aunque no en un futuro muy cercano —respondí con sencillez.
Sin embargo, un nudo en la garganta parecía empeñado en dejarme sin aire.
—¿Cómo han estado tus hijas?
Mi interés por sus pequeñas era genuino, aunque debía admitir que también utilizaba la pregunta para desviar la conversación.
Ella sonrió como cualquier madre debería hacerlo al pensar en sus hijos. O al menos eso suponía yo. Era consciente de que no siempre era así. Existían madres que abandonaban. Madres que lastimaban. Madres que convertían la palabra hogar en algo de lo que sus hijos pasaban años intentando recuperarse.
La estadística era baja, pero nunca era cero. Jamás cero.
Por eso me alegraba que las hijas de Rosalie parecieran pertenecer al lado afortunado de la ecuación.
—Creciendo —suspiró mientras se recargaba en uno de los muebles frente a mí—. Ceril está por entrar al preescolar y, con eso, aumentan los gastos.
Asentí para que continuara.
—A veces siento que ni siquiera teniendo tres trabajos puedo salir a flote.
Comprendía lo que decía y realmente me sentía mal por todos los privilegios que me rodeaban y que la mayoría del tiempo ni siquiera era capaz de notar. Incluso en esos momentos, yo trabajaba por una necesidad estúpida de demostrarme que podía hacerlo. Ella, en cambio, trabajaba para sobrevivir.
—Lo lamento mucho.
Hizo un gesto para indicarme que lo dejara pasar; sin embargo, yo no pude hacerlo.
Entonces tuve un instante de lucidez.
—Me dijiste que te gustaba coser, ¿verdad?
—Sí —contestó, algo extrañada por el cambio de tema—. Mi madre era costurera y toda mi vida soñé con ser diseñadora. No se pudo, pero no me arrepiento.
Sabía que no. No había semana en la que coincidiéramos en este almacén durante el descanso y no terminara hablándome de sus hijas o de algún miembro de su familia.
—Lo sé —aseguré—. Mira, sé que tienes dos trabajos entre semana, pero conozco a alguien que podría darte empleo en el área textil y ofrecer horarios flexibles para que puedas atender a tus hijas.
Si era yo quien lo pedía, sabía que mi tío aceptaría. Había sido un idiota por no pensarlo antes.
—Incluso podrías tener la oportunidad de estudiar o crecer dentro de la empresa.
Vi la duda cruzar por sus ojos. Parecía demasiado perfecto para ser verdad. Aunque no lo era. Simplemente era lo mínimo que cualquier empresa debería ofrecer a sus empleados.
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Editado: 05.07.2026