Pasé los siguientes minutos considerando seriamente si realmente necesitaba trabajar.
Quise salir corriendo en cuanto me di cuenta de quiénes eran las personas sentadas frente a mí, pero me obligué a quedarme donde estaba. Huir habría sido mucho más sospechoso y, además, si no había renunciado a pesar del intenso acoso que sufrí durante mis primeros meses por culpa de Jariel, tampoco iba a darle el gusto al destino de verme escapar ahora.
Por fortuna, la impresión inicial me había impedido notar un pequeño detalle: no estaban completos.
Así que, mientras esperaban la llegada del último integrante de la familia para ordenar, me pidieron permanecer cerca por si necesitaban algo.
Los observé discutir entre ellos sobre el menú desplegado en lasiPads que el restaurante proporcionaba a los clientes del reservado. La escena parecía extrañamente normal para una familia que, en mi opinión completamente objetiva y nada sesgada, había producido a uno de los seres humanos más irritantes que existían sobre la faz de la Tierra.
Una característica innegable de los Ashford era que todos eran rubios. No un rubio cualquiera, sino ese tono claro, casi dorado, que parecía heredarse generación tras generación sin intención alguna de desaparecer.
Aun así, Killian era el único que había heredado los ojos verdes de su madre. Su hermana melliza y su hermana menor tenían los ojos avellana de su padre, lo que hacía imposible confundir quién era hijo de quién, incluso para alguien que apenas los conociera.
No parecían estar prestándome más atención de la estrictamente necesaria. Sin embargo, sí noté algo que me inquietó más de lo que estaba dispuesto a admitir: Keyla me observaba de vez en cuando. No de manera descarada ni constante, pero sí lo suficiente para que terminara dándome cuenta.
Era como si intentara resolver un rompecabezas. Como si estuviera tratando de decidir si me conocía de alguna parte o si simplemente mi rostro le resultaba familiar.
A pesar de ello, intenté no alarmarme.
Después de todo, ella también estudiaba en Aldor. Era perfectamente posible que me hubiera visto alguna vez caminando por ahí o incluso que supiera del pequeño incidente de la cafetería que, al parecer, medio alumnado ya conocía.
No sabría decirlo con exactitud, pero la posibilidad de que me recordara de antes me parecía ridículamente baja. O al menos eso era lo que seguía repitiéndome para no empezar a hiperventilar frente a una familia multimillonaria.
—Ese irresponsable que aún no llega —se quejó el señor Ashford con evidente hartazgo. Hasta ese momento habían estado discutiendo en voz baja, pero aquella frase fue pronunciada con la suficiente fuerza como para que todos la escucháramos—. Pero es tu culpa por ser tan condescendiente. Desde pequeño lo has encubierto bajo tus faldas. Por eso es como es.
—Dijo que ya venía. Tenía que reunirse con mi padre en la casa de campo —la voz calmada de su esposa excusó a su hijo sin mostrar el menor signo de molestia.
—Siempre es lo mismo.
Me pareció desagradable la forma en que le habló a Gema Saint Claire, sobre todo considerando que, por lo que había alcanzado a escuchar, aquella comida era para celebrar su cumpleaños.
La mujer apenas sonrió con algo de incomodidad antes de volver la vista al menú, como si estuviera acostumbrada a ese tipo de comentarios. Y eso me desagradó todavía más.
No sabía dónde meterme.
Como empleado se suponía que debía permanecer ahí hasta que estuvieran listos para ordenar, pero también sentía que estaba presenciando una conversación que no me correspondía escuchar. Aunque, siendo sincero, tampoco era algo que me sorprendiera demasiado.
Había visto discusiones mucho peores. Había escuchado palabras infinitamente más crueles.
Sin embargo, había algo en aquella familia que me resultaba extraño. Todo parecía demasiado frío. Las conversaciones iban y venían en forma de frases cortas, comentarios secos y respuestas reducidas a monosílabos. Nadie parecía realmente interesado en escuchar al otro. Era como si compartieran mesa por obligación y no porque quisieran estar ahí.
Por un momento me pregunté si siempre serían así o si solo estaban teniendo un mal día.
La única excepción parecía ser Keyla.
Mientras sus padres discutían y su hermana menor permanecía absorta en la pantalla de su iPad, ella intentaba mantener viva la conversación haciendo preguntas o comentarios que morían casi de inmediato.
Y, aunque me molestaba admitirlo, aquello despertó un poco de empatía en mí.
Porque conocía muy bien la sensación de estar sentado a una mesa llena de personas y sentir que nadie tenía verdadero interés en convivir. Toda aquella situación removió recuerdos que habría preferido mantener enterrados.
Por primera vez desde que entré al reservado, dejé de ver a los Ashford como la familia perfecta que aparecía en las revistas de negocios y eventos benéficos. Y comencé a verlos como lo que eran: personas.
Tan complicadas, imperfectas y rotas como cualquier otra.
—Papi, necesito que me compres un nuevo iPad —exigió con voz chillona la pequeña—. Ya no quiero el que tengo.
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Editado: 05.07.2026