No quería seguir pensando en ese sujeto rubio y de ojos verdes. Sin embargo, todo el camino de regreso a mi departamento, y las horas que pasé despierto antes de dormir, se me fueron dando vueltas a lo mismo: la cena, los Ashford y, sobre todo, ese momento en el pasillo con Killian.
Si tuviera que definirlo con una palabra, elegiría incómodo. De hecho, se quedó grabado como una de las situaciones más extrañas y tensas que he vivido en mucho tiempo, y eso que mi historial de momentos complicados es bastante amplio.
Al menos tenía algo a mi favor: poco después terminó mi turno. Solo tuve que volver una vez más a su mesa para llevar postres y bebidas adicionales, y aunque sentí su mirada siguiendo cada paso, me limité a hacer mi trabajo, mantener la cabeza baja y salir de allí lo más rápido que la educación me permitió. El restaurante cierra tarde, así que seguramente se quedaron mucho más tiempo, discutiendo o fingiendo ser una familia perfecta, pero yo ya no tuve que presenciarlo. Me quité el uniforme, me fui y dejé todo ese mundo de lujos y tensiones atrás, o al menos lo intenté.
Por más que quería borrarlo, no dejaba de preguntarme por qué reaccioné así cuando él se acercó demasiado. Lo sé bien: Killian es molesto y tiene la capacidad de sacarme de quicio, pero no es alguien que quiera hacerme daño. Eso lo sé, aunque me cueste admitirlo.
Entonces, ¿por qué mi cuerpo respondió como si tuviera frente a mí una amenaza real?
Son esas reacciones automáticas, instintivas, que conozco demasiado bien. Cosas en las que he trabajado mucho, que he hablado hasta el cansancio con mi psicóloga y que he ido mejorando… pero que todavía aparecen cuando me siento acorralado o alguien invade mi espacio sin darme tiempo a prepararme. Me preocupa, la verdad. Me preocupa que él haya visto esa parte vulnerable de mí. Killian es inteligente, y si se le ocurriera usar eso en mi contra, sabría exactamente dónde golpear para desestabilizarme.
Aunque, pensándolo bien, quizás le estoy dando demasiada importancia. Al final, para él no soy más que el chico que atiende mesas o el compañero de universidad con el que siempre discute. Probablemente lo olvide mañana, o lo recuerde solo como una anécdota extraña para reírse con sus amigos. Eso espero.
Por mi salud mental, necesito que esa sea la realidad.
Me levanté temprano, como siempre. Por la mañana tenía clases, y por la tarde me tocaba volver a la pista. Ayer también estuve allí y descubrí algo útil: las chicas tienen su propia asistente, así que mi presencia no era estrictamente necesaria durante sus prácticas. Aun así, me quedé observando. Con ellas me sentí más relajado, supongo porque ninguna me conoce realmente, ni sabe quién soy ni de dónde vengo. Solo soy el chico nuevo que ayuda con el material, y eso me dio libertad para estar allí sin tener que estar alerta a cada palabra o gesto.
Para mi sorpresa, entre ellas estaba Arizona. Ya me habían hablado de ella, pero fue curioso verla moverse con esa destreza impresionante. Y es que el equipo femenino es muy bueno. Dejé de verlo como una obligación y me di cuenta de que tienen algo que a los chicos les falta: conexión. Se comunican constantemente, se cubren las espaldas, se entienden con una sola mirada. Se nota que están mucho más unidas.
Ambos grupos tienen casi la misma cantidad de integrantes, así que los problemas de organización son parecidos, pero la diferencia está en cómo lo llevan. Ellas parecen un equipo; ellos, un grupo de individuos talentosos que comparten el mismo uniforme, pero poco más.
Mientras caminaba hacia las instalaciones para el entrenamiento masculino, no dejaba de pensar en mi proyecto. Cada vez estoy más convencido de que ellas son el sujeto perfecto para ello. Ya les comenté la idea de reestructurar su presencia en línea, darles una imagen más sólida y profesional, y la respuesta fue mejor de lo que esperaba. Aceptaron, pero quieren ver primero una propuesta detallada con todos los pasos. En cuanto tenga tiempo, me pondré manos a la obra; tienen mucho potencial y creo que podemos lograr algo grande.
Sin embargo, esa no era la razón principal por la que llegué con mucho adelanto. El motivo real pesaba mucho más en mi cabeza: ayer, entre el ajetreo, no pude hablar con Aaron Campbell, y él me había dejado claro que teníamos que hacerlo hoy sin falta.
Llegué casi una hora antes de que apareciera el primer jugador. Necesitaba tiempo y privacidad para explicarle todo antes de que el ruido y el caos del entrenamiento llenaran el lugar. Si hay alguien en quien confío plenamente, alguien que sé que nunca me juzgará ni me dará la espalda, es él. Ha sido como una figura paterna desde que lo conocí, siempre atento y dispuesto a ayudar. Y fue precisamente él quien me dio una noticia que me revolvió todo: Etheri, mi antigua entrenadora de patinaje artístico, va a ingresar pronto a Aldor para quedarse una temporada.
Solo pensar en ella me llena de ilusión, pero al mismo tiempo me aprieta el pecho de una forma difícil de explicar. Etheri fue quien me enseñó todo lo que sé sobre el hielo, quien me formó y me vio crecer. Pero también es la prueba viviente de todo lo que tuve que dejar atrás. Me hace feliz saber que estará cerca, pero me duele recordar que ya no puedo volver a eso. Ya no puedo subirme a unos patines y deslizarme como solía hacer.
Esa etapa se cerró, y aunque acepté que fue necesario, a veces el recuerdo pesa más de lo que debería.
—Hola, entrenador —lo saludé con timidez.
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Editado: 05.07.2026