Al final, el entrenamiento terminó saliendo mucho mejor de lo que yo esperaba. Después de ese momento, ya no hubo más interacciones entre Killian y yo. No me volvió a decir nada, ni se acercó, ni me molestó… aunque, siendo sinceros, eso no significó que dejara de estar presente.
Lo único que ocurrió fue que, durante todo el resto de la práctica, no dejó de mirarme. Sentía sus ojos verdes fijos en mí cada vez que pasaba cerca de las gradas o cada vez que tenía un momento de descanso. Yo hacía lo imposible por no devolverle la mirada, por concentrarme en lo que hacían los demás o en mis propios pensamientos, pero a veces… a veces es simplemente imposible.
Tiene una forma de mirar demasiado intensa, como si pudiera ver a través de todo lo que intento esconder, y eso hace que sea muy difícil ignorarlo por completo.
Sin embargo, me estoy esforzando por dejar de prestar atención a todo lo que tenga que ver con Killian Ashford. Intento convencerme de que es solo una persona más, que solo es el capitán del equipo y punto. Y, al menos por ahora, creo que me está funcionando.
Además, calculé rápidamente: esta semana solo tendré que verlo una vez más. Quizás también el viernes, pero eso todavía está pendiente, no es seguro. Así que no es tanto tiempo, puedo aguantarlo.
Fuera de la pista, mi cabeza está en otra cosa. Sigo trabajando en el diseño que quiero presentar al equipo femenino de hockey. Me he puesto manos a la obra con todo: desde cómo cambiar su imagen visual hasta la estructura completa de la campaña para redes sociales. La idea es darles mucha más visibilidad, ayudarlas a atraer público y patrocinadores; hacer que el equipo sea mucho más llamativo y atractivo para todo el público.
Estoy haciendo todos los bocetos a mano, dibujando cada detalle, probando combinaciones de colores y formas… y la verdad es que cada día que pasa tengo más ganas de que pueda comprar mi iPad. Sería todo mucho más rápido y cómodo, pero mientras tanto, el papel y los lápices son mis mejores herramientas.
Pero tuve que dejar todo a medias por una razón importante: mi tío Max me recordó que la siguiente semana tengo, que acompañarlo a una gala privada a la que asistirá. Es un evento bastante exclusivo, de esos donde solo va gente muy cercana, socios de negocios y amigos de la familia. Y precisamente por eso suele invitarme: porque en un ambiente así, cerrado y controlado, es muy poco probable que aparezca alguien de mi pasado, alguien que me reconozca o que pueda representar algún peligro para mí. Es un lugar seguro.
Así que, con ese motivo, me encuentro ahora mismo en el centro comercial Saint Claire. Es el sitio más elegante y costoso de la ciudad, donde están las mejores tiendas de ropa, accesorios y todo lo que se necesita para eventos de este nivel. Y, como si el destino quisiera burlarse un poco de mí, no puedo evitar recordar mientras camino por sus pasillos: este lugar pertenece a la familia materna de Killian.
Todo este lujo, este edificio entero, es propiedad de los parientes de él. Genial, ¿verdad? Como si no tuviera suficiente con verlo en la pista, ahora hasta vengo a su territorio sin querer.
No es momento para pensar en él.
Tengo que encontrar algo adecuado que ponerme para aquel día, algo que esté bien, que me quede bien, pero que sobre todo me haga sentir cómodo y seguro.
Me recorrí casi todas las tiendas del centro comercial, revisé percheros, miré maniquíes, pregunté por modelos nuevos… y nada. Absolutamente nada me convencía.
Todo lo que veía me parecía demasiado simple, demasiado básico. No es que me desagraden los trajes, pero cuando tengo que ponerme uno, lo que menos quiero es usar algo genérico. Me gustan las prendas que tienen carácter, algún detalle distinto, que diga algo de quien lo lleva. Los modelos convencionales me parecen sosos, aburridos, y siento que no encajan conmigo ni con mi forma de ser.
Al final, cansado de buscar sin éxito, decidí que necesitaba despejarme un rato. Justo aquí, estaba la pista en la que regrese al hielo en ese partido contra Luca Zúñiga. Me dirigí hacia allá sin pensarlo mucho.
Había poca gente, lo cual fue perfecto.
Alquilé unos patines y, antes de empezar, me tomé unos minutos para calentar bien las articulaciones, estirar tobillos y rodillas, mover la cintura… ya había aprendido por las malas que, si uno se lanzaba sin prepararse, terminaba con un calambre que te deja tirado en el hielo.
Cuando me sentí listo, empecé a moverme despacio al principio, luego fui cogiendo velocidad. Hacía desplazamientos rápidos, giros sencillos, pequeños saltos que no llamaban demasiado la atención, pero que me permitían volver a sentir esa sensación única de deslizarse sin peso. Me puse los audífonos y me aislé del mundo, procurando siempre ir con cuidado para no chocar con nadie más que estuviera disfrutando de la pista.
En un momento, justo al pasar cerca de la zona de principiantes, vi cómo una chica perdía el equilibrio y caía sentada justo delante de mí.
No pude evitar que se me escapara una pequeña sonrisa; me hizo gracia la forma en que intentó agarrarse al aire antes de darse cuenta de que no había nada que hacer. Pero en cuanto estuvo en el suelo, me acerqué rápido y le tendí la mano para ayudarla a levantarse.
—¿Estás bien? —le pregunté, sacudiendo un poco el polvo de su chaqueta.
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Editado: 05.07.2026