Narrado por Killian
Ahí estoy, recostado cómodamente en mi sofá, con el control remoto en una mano y la mirada en la pantalla grande, aunque siendo sinceros, no le presto ni la mitad de atención que debería.
Están pasando un partido de hockey y… bueno, ¿cómo decirlo sin ser demasiado duro? El nivel que se ve ahí abajo da un poco de pena. Esos jugadores parecen haber empezado a practicar no hace mucho. Se mueven despacio, dudan antes de pasar el disco y fallan jugadas que a su edad yo ya hacía con los ojos casi cerrados.
Francamente, me aburre ver equipos tan poco preparados. A veces tengo la sensación de que el deporte perdió gran parte de su encanto desde que yo dejé de competir en primera línea, pero es lo que hay.
Por cierto, el equipo que aparece es el primero al que pertenecí: los Nights Sonic, allá en Canadá. Ahí empecé todo, desde niño hasta terminar la preparatoria. Fueron años increíbles, con muchos logros. Y si me preguntan —y tienen motivos para hacerlo, que sé de lo que hablo—, desde que me marché, ese equipo no ha logrado avanzar ni un paso. No han sacado a nadie que tenga ni la mitad de mi capacidad, ni la cuarta parte de esa presencia que se nota en la pista. Supongo que, al irme, me llevé gran parte del potencial conmigo. Se quedaron sin su motor, qué se le va a hacer.
Lo curioso es que ni siquiera su rival de siempre, ese equipo con el que nos peleábamos cada partido, ha logrado destacar tampoco. Porque, seamos claros, la verdadera rivalidad no era entre clubes, era entre dos personas. Todo el mundo lo sabía: a mí me llamaban el Chico Dorado —apodo más que merecido, suena bien, ¿no? — y a él… bueno, a él le decían el Príncipe del Hielo.
Sonrío sin darme cuenta solo de pensarlo.
Esos partidos eran otra historia. Gente viajaba desde lejos solo para vernos competir. Él tenía una habilidad increíble. Sí, lo sé, suena raro viniendo de mí, pero es la verdad. Aunque sentía una competencia muy fuerte —y sí, me costaba admitirlo—, tenía que reconocer que estaba a mi altura, y en ciertos detalles, un poquito mejor. Solo un poquito, ¿eh? Y jamás lo diría en voz alta. Pero era el único rival que valía la pena, el único que me obligaba a esforzarme de verdad.
Y entonces, de la nada, se retiró. Dejó el hielo y desapareció, y desde entonces el deporte ya no fue lo mismo. Se perdió la magia.
Recuerdo perfectamente por qué tuvo que irse, y en cuanto lo pienso, esa sonrisa se me borra al instante. Se me forma un nudo en el estómago, una sensación que llevo años cargando y que no sé explicar bien, pero que se parece mucho a la culpa.
Sacudo la cabeza rápido para apartar esos pensamientos. No me gusta ponerme así, no va conmigo. Me levanto del sofá con soltura y me acomodo un poco la ropa por costumbre; sé que con cualquier cosa me veo bien. Mark y Enzo me esperan: quedamos para ir a una fiesta que promete ser grande, y dicen que no puedo faltar. Y claro que tienen razón: si no voy, ¿quién le va a dar vida al asunto?
Me apresuro un poco, que seguro ya me están extrañando.
Justo cuando pongo un pie fuera, el celular vibra en mi bolsillo. Es mensaje de Keyla, como siempre, recordándome lo que me toca:
Keyla: No se te olvide, este fin de semana vamos a ver a la abuela. No te hagas tonto.
Suspiro fuerte solo de leerlo.
El domingo pasado fui con el abuelo, y me lo dijo con esa voz cansada que tiene ya: la enfermedad avanza, y cada día su memoria se va apagando un poco más. El Alzheimer no perdona, y verla así me duele en el alma.
La quiero muchísimo, es la persona más dulce que existe, pero tengo que ser sincero: me da miedo. No sé si tendré fuerzas para soportar el día en que la mire y ella no reconozca quién soy. Solo de pensarlo se me aprieta el pecho.
Le respondo con un simple “okay”. No hace falta más. Todo el mundo sabe que no me gustan los mensajes interminables ni conversaciones que no llevan a nada. Leo lo que me mandan, entiendo el asunto y contesto lo justo. La eficiencia es una virtud, aunque algunos digan que soy seco. Pues así soy.
Me quedo mirando la pantalla un rato más. En redes sociales pasa siempre lo mismo: montones de mensajes, de chicas y también de chicos, todos muy interesantes, diciéndome lo mucho que les gustaría verme o compartir tiempo. No me quejo, para qué negarlo: es agradable saber que tengo esa capacidad de atraer atención.
Pero la verdad… ninguno me llama la atención de verdad.
Hoy es la fiesta de bienvenida de la universidad, el evento más esperado del año. Muchos creen que iré acompañado, que aceptaré alguna de las cientos de invitaciones que me han llegado. Pero ni lo he pensado. Si voy solo, soy libre: voy donde quiero, hablo con quién me dé la gana y me voy cuando me aburra.
Además, así es más divertido: puedo elegir sobre la marcha. Digamos que me gusta tener todas las opciones abiertas. Sí, llamadme lo que queráis, pero nací con este encanto, ¿qué le voy a hacer?
Mientras me terminaba de arreglar —porque hay que ir impecable, obviamente, la gente se fija en esos detalles—, seguí deslizando la pantalla. Entonces, en la pestaña de sugerencias, volvió a salir. Otra vez. Lleva pasando esto las últimas dos semanas, y no sé por qué, pero cada vez que aparece, me quedo mirando.
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Editado: 05.07.2026