Principe Del Hielo

13.- ENCHANTED

El fin de semana en Flor de Loto transcurrió con mucha calma, sin mayores contratiempos. Afortunadamente, no me asignaron la zona VIP ni el salón reservado, así que pude trabajar tranquilo.

Lo mejor de todo es que no volví a ver a la familia de Killian, ni a él, ni a su hermana, ni me crucé de nuevo con Jariel. Fueron dos días muy tranquilos, de esos que me permiten recuperar el equilibrio y pasar desapercibido, tal como me gusta. Aunque con un ultimátum monumental.

Esta mañana, antes de salir, Rosalie me dio la noticia que estábamos esperando. Me contó que ya habló con las oficinas de mi tío y que todo está confirmado: tenía la cita para formalizar el empleo justo hoy, lunes.

También hable directamente con él, y mi tío Max aceptó darle el puesto sin poner trabas. Conozco bien cómo funciona lo que él organiza; tiene programas laborales muy completos para sus empleados, donde ofrece oportunidades reales de crecimiento y estabilidad.

Sé que intenta ayudar a las personas con todos los recursos que tiene a su alcance, y que lo hace de verdad. Aunque también soy consciente de que, por más buena voluntad que tenga, hay realidades demasiado grandes para cambiarlas solo con ayuda. Desgraciadamente, no puede hacer demasiado contra todo lo demás, pero al menos hace lo que está en su mano.

Por otro lado, desde aquel día en el arcade, cuando estuvimos juntos, no he vuelto a ver a Killian. Prácticamente desde el miércoles pasado no nos hemos cruzado. El jueves no se presentó al entrenamiento de los chicos, por asuntos administrativos según se dijo, y el viernes fue el turno de las chicas, así que ni siquiera pasé por la pista en ese horario.

Todavía no les he entregado la propuesta formal para renovar la imagen del equipo ni para gestionar sus redes, aunque llevo días trabajando en ello. He tomado notas, dibujado ideas, pensado en cómo representar lo que son.

Aún no he pasado nada a formato digital. Prefiero primero enseñarles los bocetos que tengo en mi libreta, esos trazos donde están las ideas más sencillas y sinceras. Probablemente vaya a verlas mañana, el martes, para que lo revisemos juntos.

Hoy me tocaba ir a la pista, como casi siempre. Fui temprano al salón de Phoebe, pero no me encontré con ella; me dijeron que había salido con Julián, que querían aprovechar el día libre para estar juntos.

Quedamos en vernos durante la semana, iremos a esa cafetería tranquila que nos gusta, apartada de todo el ruido, y ahí hablaremos de todo lo que ha estado pasando. Y la verdad es que cada vez me siento más decidido a contarle la verdad.

No toda, quizás no cada detalle, pero sí lo que es importante. Siento que ella es una persona de confianza, de esas pocas que escuchan sin juzgar, y que podrían entenderme.

Hablar con el entrenador Campbell me ayudó mucho, más de lo que creí al principio. Me hizo darme cuenta de lo bien que le hace a uno compartir lo que siente, lo que lleva dentro y lo que pesa.

Me ayudó a comprender que no estoy solo, que existen personas dispuestas a creer en mí y a escucharme sin pedirme explicaciones innecesarias. Me recordó que mi palabra tiene valor, y que hay quienes están dispuestos a sostenerla junto a mí. Fue un alivio, una sensación ligera que no sentía desde hace mucho tiempo.

Aun así, sigo muy enojado conmigo mismo. No dejo de pensar en cómo caí en el juego de Killian y acepté pasar esa tarde con él. Fue un error, lo sé. Sin embargo, si mi teoría es correcta, aquello debería servir para algo: debería ayudarle a darse cuenta de que no hay nada interesante aquí, y perder esa obsesión extraña que parece tener conmigo. Porque no deja de buscarme ni de perseguirme, a pesar de todas las señales que le he dado para dejarle claro que no quiero tener ninguna relación con él.

El resto del día transcurrió tranquilo. Pasé la mayor parte del tiempo con Gael, como suele ocurrir últimamente. Las gemelas no estuvieron presentes; están muy ocupadas organizando su gala benéfica, así que nos dejaron solos. Les enviaré los apuntes y lo que hablamos más tarde, para que no se pierdan nada. También quedé con Alba: tengo que acompañarla esta semana a escoger el vestido que usará en el evento, dice que no se fía de su propio criterio y necesita mi opinión.

Más tarde, caminamos juntos hacia la pista. Gael iba a mi lado y, de repente, me miró con esa expresión suya de curiosidad y me dijo:

—A veces me cuesta creer que en algún momento llegaste a ser jugador de hockey.

Sonreí levemente.

—Pues sí, lo fui —le respondí—. Aunque fue una etapa muy corta de mi vida. Una lesión me sacó del hielo y ahí terminó todo.

Pensé para mis adentros:

Esa es la versión oficial ahora, y es la que todos conocen.

—Fue una parte bonita de mi vida —le expliqué—, pero ya quedó muy atrás. Ahora solo es un recuerdo.

Entonces se detuvo un momento y me preguntó con voz suave:

—¿Y qué sentiste cuando volviste a pisar el hielo después de tanto tiempo?

Decidí ser sincero, al menos en parte.

—Todavía tengo miedo —admití—. Miedo de regresar, de recordar, o incluso de sentir que podría querer volver a todo aquello. Hay cosas que duelen al traerlas de vuelta. Pero también… también reconozco que, cuando estoy ahí y empiezo a patinar, todo lo demás desaparece. El peso, los problemas, el tiempo… todo se va. Y por un rato, siento que ya nada pesa.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.