Principe Del Hielo

14.- ENCERRONES (NO MIOS)

Acababa de reunirme con Anna, la capitana del equipo femenil. Había ido todo excelente.

—Vas por buen camino —me digo a mí mismo.

Pero ahora tengo que esforzarme al máximo. Quiero que cuando les entregue todo, no solo les guste el dibujo, sino que se sientan orgullosas. Quiero que el plan de redes sea impecable y que el diseño de la ropa les quede tan bien como el logo. Me he puesto una meta muy alta, y ahora tengo que cumplirla.

Salgo de la zona de los deportistas y empiezo a caminar hacia mi salón de clases, pensando ya en qué voy a dibujar después. Pero al pasar por la puerta de conserjería, veo salir a Alba. Y madre mía… no sé qué ha estado haciendo ahí dentro, pero se nota mucho. Tiene el cabello todo revuelto, una media coleta mal puesta, la camisa por fuera del pantalón y las mejillas rojas como tomates.

Me cruzo de brazos y la miro con una sonrisa que no puede ser más obvia.

—Hola, Alba… ¿todo bien? ¿Te ha atacado una ventisca o qué te ha pasado?

Ella abre los ojos como platos, se pone las manos en el pelo intentando arreglarlo a toda prisa y me mira con cara de «cállate por favor». La verdad es que ya sé exactamente lo que pasaba ahí dentro. No soy adivino, pero tampoco hace falta serlo.

—Nathaniel… ¡qué sorpresa! —dice, con voz chillona, y antes de que pueda decir nada más, me agarra del brazo con fuerza y prácticamente me arrastra lejos de la puerta, empujándome para que camine más rápido—. Ven, ven, vamos de aquí, que tengo que contarte una cosa urgente.

Me dejo llevar, riéndome por lo bajo de su desesperación, pero antes de doblar la esquina, me da la vuelta un segundo por curiosidad. Y justo en ese momento, veo salir por esa misma puerta a otra persona.

Y ahí me quedo parado, sorprendido.

Es la misma chica que vi en la comida de Flor de Loto, la que estaba en la mesa principal, la que estaba con la familia de la señora Saint Claire… es decir, la madre de Killian Ashford. La misma chica que estaba en su círculo cercano.

Ella pasa de largo, ni me ve ni me reconoce, pero yo me quedo ahí pensando en lo increíble que es esto.

Vaya, el mundo es gigante, lleno de millones de personas… y sin embargo, al final, todo parece reducirse al mismo círculo de gente. Qué pequeño puede ser todo, ¿verdad?

Justo antes de cruzar la puerta del salón, Alba me detiene de golpe, me empuja suavemente y me arrincona contra la pared del pasillo. Me apunta con el dedo índice muy cerca de la cara, con una expresión más seria que un juicio.

—Escúchame bien, Nathaniel Malloray —me advierte con tono de amenaza—. Si se te ocurre comentar una sola palabra de lo que acabas de ver… o de lo que crees que viste… te aseguro que la vas a pasar muy, pero que muy mal. Te voy a hacer la vida imposible.

No puedo evitar reírme. Conozco a Alba de sobra y sé perfectamente que está bromeando, aunque ella intente parecer aterradora.

—Vaya, vaya… —le digo sonriendo—. Y yo que pensaba que eras la más buena del grupo. No tenía ni idea de que tenías estas mañas de chica mala, de las que arrastran a la gente por los pasillos y la amenazan. Me has decepcionado, ¿sabes?

Se le suben los colores a la cara de inmediato, se pone roja como un tomate y me da un empujón leve, molesta.

—¡No seas idiota! —me susurra, mirando a los lados por si alguien nos oye—. No estábamos haciendo nada de lo que estás pensando. Solo… hablando. De cosas. Importantes.

—Tranquila, Alba —le aseguro, bajando el tono y poniéndome serio un momento—. No tienes que preocuparte. No voy a decir nada. Ni a Gael, ni a tu hermana, ni a nadie. Es tu vida y no es asunto mío.

Ella suelta el aire, visiblemente más relajada, y baja la mano con la que me estaba señalando. Pero tengo la curiosidad clavada y, aunque no quiero molestar, tengo que preguntar.

—Oye… si es algo que te hace feliz, ¿por qué no se lo cuentas a los demás? —le digo con suavidad—. A tu hermana o a Gael, por ejemplo. Ellos te quieren y te conocen. Te aseguro que ninguno de los dos te juzgaría, ni te miraría distinto. Lo entenderían.

Ella baja la mirada, jugando con el borde de su blusa, y por primera vez la veo realmente tímida, casi avergonzada.

—Lo sé… —admite despacio—. Pero todavía no me siento lista para salir del clóset. Y además… bueno, técnicamente no es que sea lesbiana. Soy bisexual. Pero a veces siento que eso es aún más complicado de explicar, ¿sabes? Que la gente lo entienda bien.

La miro con total comprensión y le doy unas palmaditas en el hombro.

—Lo entiendo perfectamente. No tienes que darle explicaciones a nadie ni apresurarte. Hazlo a tu ritmo, cuando tú quieras y cuando te sientas segura. Y recuerda que, pase lo que pase, puedes contar conmigo para lo que sea. Incluso si necesitas que sea tu excusa, tu acompañante o tu novio falso para salir de algún apuro. Tú solo dímelo y yo actúo.

Ella levanta la vista y me sonríe, esa sonrisa suya que ilumina todo.

—Eres increíble, ¿lo sabías? —me dice, y de repente cambia de tono, volviendo a ser la Alba decidida de siempre—. Y como agradecimiento, te prometo que me voy a encargar de buscarte una cita de verdad. O un hombre que valga la pena. Ya es hora de que tengas tu patético romance universitario de película.




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