Todo está en silencio aquí, salvo por la música que suena bajito desde mi celular, llenando los espacios vacíos de esta habitación que, aunque es cómoda y bonita, a veces se siente demasiado grande para mí. Me quedo sentado en el borde de la cama, con la mirada fija en mis manos, y me doy cuenta de algo que me duele admitir: por más esfuerzos que hago, por más cuidados que tengo, por más medicinas que tomo o descanso que intento tener… parece que nunca voy a estar mejor.
Y lo peor de todo es que ya no lo digo solo por mi enfermedad, por mi cuerpo que a veces me traiciona sin avisar. Lo digo por mi vida, en general.
Han pasado años, mucho tiempo, en el que me la he pasado intentando estar bien, intentando que nadie me reconozca, intentando no perder el control ni dejar que todo se venga abajo. Y en ese intento constante de mantenerme a flote, de ser quien se supone que debo ser… creo que lo he perdido absolutamente todo. O peor aún: me he perdido a mí mismo.
A veces me miro al espejo y no sé muy bien quién es el que me devuelve la mirada. Sé su nombre, sé su historia, pero ya no sé qué piensa, qué siente o qué quiere realmente.
La última consulta con el doctor terminó de remover todo eso. Ver en sus ojos esa mezcla de preocupación y resignación, escucharle decir que todo seguía igual, que no había mejoría a pesar de todo lo que hago… me hizo caer en la cuenta de que ya no puedo seguir viviendo así. Vivir al límite, con miedo, cuidando cada paso, cada palabra, cada movimiento. Pero al mismo tiempo, no tengo ni la menor idea de cómo enfrentar todo lo que me pasa.
Me siento paralizado. Y me siento terriblemente solo, aunque en este momento no estoy solo en esta casa, aunque tengo a mi tío, aunque tengo gente que me quiere. Esa soledad es de las que van por dentro, esas que nadie más puede quitarte.
De repente, unos golpes suaves en la puerta cortan mis pensamientos, como si alguien hubiera puesto pausa a todo lo que me atormenta, igual que hice con la música hace un momento.
—Adelante —digo, con la voz un poco más ronca de lo habitual.
La puerta se abre despacio y entra la señora Marshall. Ella ha sido el ama de llaves de mi tío desde que tengo memoria. Es una mujer bajita, de cabello blanco y manos suaves pero firmes, que conoce esta casa como la palma de su mano y que, sin darle ningún título oficial, ha sido una especie de abuela para mí.
Siempre está ahí, siempre atenta, siempre con una palabra amable o un gesto que te hace sentir que todo va a estar bien, aunque sea mentira.
—Nathaniel, cielo —me dice con esa voz cálida que tiene—. Tu tío te está esperando hace un rato en su despacho. Dice que tienen que arreglar lo de esta noche.
Asiento despacio, secándome disimuladamente una lágrima que se me había escapado sin darme cuenta.
—Sí, señora Marshall, ya voy. Bajo en un momento, solo… termino de arreglarme un poco.
Ella no se va. Se acerca un poco más, me mira a la cara con esa atención que solo tienen las personas que realmente te conocen, y frunce el ceño con preocupación.
—¿Te sientes bien, hijo? —pregunta suavemente—. Tienes los ojos brillantes, hinchados… ¿estabas llorando?
Podría mentirle. Podría decirle que me duele la cabeza, que me entró algo en el ojo, que es el cansancio. Pero con ella nunca he podido mentir, y hoy menos. Suspiro y asiento otra vez, esta vez más despacio, dejando caer un poco mis hombros.
—Sí —le confieso en un susurro—. Sí, estaba llorando. Me siento… agotado. Más que de costumbre.
Ella se acerca del todo y me pone una mano en el hombro, con una presión ligera que me da cierta calma.
—¿Es por lo de tu consulta de la mañana? ¿Por lo que te dijo el médico?
—Sí —respondo, y siento que se me aprieta la garganta—. Es por eso, pero no es solo eso. Es todo, señora Marshall. Es todo lo que pasa, lo que pasó… incluso lo de mi familia. Todo junto pesa demasiado a veces.
Ella me acaricia el brazo con dulzura.
—Ya lo sé, mi niño. Ya sé que pesa. Pero quiero que recuerdes algo muy importante: no estás solo con esto. Tienes a tu tío, me tienes a mí, tienes a tus amigos… todos estamos aquí. No te hemos dejado, ni te dejaremos.
—Lo sé —le digo, y es verdad, lo sé con la cabeza, aunque el corazón a veces se olvida—. Lo sé y se los agradezco, de verdad.
Ella sonríe con tristeza, entendiéndome sin necesidad de más palabras.
—Vamos, entonces. Tu tío es un hombre maravilloso, pero tiene la paciencia de un niño pequeño cuando se le mete algo en la cabeza. Si tardamos más, va a subir él mismo y te va a regañar por hacerte el interesante.
Su comentario me saca una pequeña sonrisa, casi sin ganas, pero al menos es algo. Me levanto de la cama y me acomodo la ropa, tratando de aparentar que estoy bien, aunque por dentro me siento hecho pedazos.
La verdad es que no tengo ningún ánimo de ir a esa gala de esta noche. Me da una pereza enorme, me parece una pérdida de tiempo, y lo único que quiero es quedarme aquí, metido bajo las cobijas, sin hablar con nadie. Pero no puedo. No puedo posponerlo, no puedo dejar plantado a mi tío después de todo lo que hace por mí, y además… sé que es mejor ir. Sé que es mejor distraerme, ver gente, hacer como que soy una persona normal, a quedarme aquí encerrado con mis pensamientos.
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Editado: 27.07.2026