Principe Del Hielo

16.- EL PRECIO A PAGAR

Me quedo mirando al vacío, con la mente perdida en pensamientos que me atormentan una y otra vez, y me hago la misma pregunta que me ha rondado la cabeza durante meses: ¿Es esto realmente lo que quiero para mi vida? ¿Es así como me imagino mi futuro?

Una existencia entera escondiéndome, viviendo con miedo constante. Miedo de que alguien me reconozca en la calle, miedo de acercarme demasiado a alguien, miedo de que, en una conversación cualquiera, se me escape algo que me delate. Una vida llena de mentiras, de medias verdades, de tener que inventarme quién soy cada vez que conozco a alguien nuevo, o de tener cuidado con cada palabra que digo para no traicionar mi pasado.

Y me doy cuenta de que ya no quiero eso.

Ya no puedo seguir así. Lo único que deseo, lo único que anhelo con toda mi alma, es ser simplemente un chico normal. Uno que no tenga que mirar por encima de su hombro cada dos pasos. Uno que pueda enamorarse y vivir un romance bonito, tranquilo, sin secretos. Uno que pueda salir con sus amigos, reírse hasta que le duela el estómago, ir al cine, comer algo fuera, sin tener que estar calculando todo el tiempo, sin tener que preocuparse de si algún día no me alcanzará, de si algún día me encontrarán.

Porque sé, con una certeza que me hiela la sangre, que, si mis padres alguna vez logran dar conmigo, si alguna vez descubren dónde estoy o quién me ha ayudado… será mi fin. Y no solo el mío.

Acepto que estoy harto de ser así. Quiero hacer algo para cambiar mi situación, quiero salir de este agujero en el que me metieron y en el que me he mantenido por seguridad. Pero la verdad es que no tengo ni la menor idea de qué hacer, ni por dónde empezar.

Soy consciente de que no puedo hacerlo solo, de que necesito ayuda, de que hay cosas que están muy por encima de lo que yo puedo manejar… pero al mismo tiempo, me paraliza el miedo. Miedo de poner en peligro a las personas que me rodean, a las que me quieren y me han apoyado. No podría perdonarme nunca que, por tratar de salvarme yo, alguien más saliera herido o perjudicado. Ya he causado demasiados problemas.

Estaba perdido en todo esto, hundido entre las sábanas y la oscuridad de mi habitación, cuando la puerta se abre despacio. Entra Phoebe, ya con su pijama puesta, caminando en silencio para no hacer ruido.

Habíamos planeado salir hoy, ir a algún lugar tranquilo, sentarnos y contarnos todo lo que nos estaba pasando, desahogarnos como siempre hacemos. Pero tuve que cancelar. Le dije que seguía sin sentirme bien, que me dolía todo el cuerpo y que no tenía fuerzas para salir, y ella, como siempre, lo entendió sin hacer preguntas. En lugar de enfadarse o insistir, decidió venir ella hasta aquí. Vino a casa de mi tío para pasar el fin de semana conmigo, simplemente para hacerme compañía.

Al final pedí permiso en el Flor de Loto, a pesar del ultimátum que me dieron hace tiempo, después de lo que pasó con el padre de Killian. Me habían dejado muy claro que no querían problemas, que mi trabajo era delicado y que cualquier cosa fuera de lo normal podía costarme el puesto. Y, aun así, lo hice. Porque sé que lo necesito, aunque me cueste aceptarlo.

Phoebe se acomoda mejor entre las almohadas, cruzando las piernas, y me mira con esa atención que siempre tiene, como si cada palabra que digo fuera importante.

—Oye… —empieza con suavidad—. ¿Es en serio lo que me dijiste por mensaje? ¿Que la situación con Killian se ha vuelto más… digamos, soportable? ¿Que ya no es tan terrible estar con él?

Yo suspiro y me paso una mano por el cabello, recordando todo lo que ha pasado en estos días: las discusiones, los momentos extraños, esa tensión que nos rodea siempre, pero también esas veces en las que, sin saber cómo, terminamos hablando de cosas que no deberíamos, o entendiéndonos sin palabras.

—Sí, es verdad —le confieso—. Te cuento… estas últimas semanas han sido raras. Te he dicho lo que pasó en la biblioteca, ¿recuerdas? Y luego lo de la gala. Cada vez me resulta más fácil convivir con él, o al menos… sobrellevarlo. Ya no siento que voy a estallar cada vez que lo tengo enfrente —los recuerdos me invadieron en ese instante—. Pero por suerte, después de ese momento en que nos quedamos solos en la fiesta, no nos dejaron solos ni un segundo el resto de la noche. Porque te soy sincero: fue increíblemente incómodo. No sabía dónde meterme.

Phoebe sonríe con picardía, inclinando la cabeza hacia un lado.

—¿Y no has pensado ni siquiera por un segundo… en la posibilidad de que quizás a Killian le gustas? Que tal vez todo eso que hace, esa forma de ser, esas cosas que te dice… es porque le interesas de verdad.

Me suelto a reír de inmediato, una risa corta y totalmente incrédula.

—¡Por favor! Eso es imposible, Phoebe. Totalmente imposible. Él mismo me lo ha asegurado, me lo ha dicho en la cara más de una vez: es totalmente heterosexual. Le gustan las chicas, y, de hecho, siempre está rodeado de ellas. No hay nada ahí.

—Bueno… —dice ella, encogiéndose de hombros—. A lo mejor está confundido. Hay gente que tarda mucho en darse cuenta de lo que siente o de quién es.

—No, no lo está —le aseguro, firme—. Y aunque fuera bisexual o cualquier otra cosa… yo sería la última persona en todo el mundo de la que él podría enamorarse. Créeme. Hay demasiadas razones por las que eso nunca pasaría.

—Es que te infravaloras demasiado, Nathaniel. Siempre lo haces —me regaña con dulzura.




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