Narrado por Killian
Estoy sentado en un rincón del despacho, observando a mi padre mientras habla por teléfono con uno de sus socios. Tiene esa sonrisa tan amplia, tan educada, tan encantadora… como si le estuvieran contando la mejor noticia del mundo. Es increíble ver cómo la pone en cuestión de segundos.
Esas sonrisas son las que nunca nos dedica a su familia, por supuesto. Solo para negocios, para quedar bien con los demás. Y para mí, ni hablar: lo máximo que me regala es una mirada fría o un gesto de desaprobación.
Antes de que entrara esa llamada, ya llevábamos un buen rato con lo mismo.
—¿Te das cuenta de lo que haces con tu vida, Killian? —me decía con esa voz grave y autoritaria que no admite réplica—. Perder el tiempo en una pista de hielo, corriendo detrás de un disco como si fuera el centro del universo. Eso no te va a servir para nada en el futuro.
—Es mi deporte, padre —le respondí, intentando mantener la calma, aunque me ardían las palabras en la garganta—. Es lo que me gusta, lo que me apasiona. Me enseña disciplina, trabajo en equipo…
—¡Disciplina! Si te le pasas de fiesta en fiesta hundido en alcohol —me interrumpió alzando un poco la voz—. La verdadera disciplina se aprende en los negocios, en llevar el apellido Ashford con altura. El hockey es un pasatiempo para niños ricos que no tienen nada mejor que hacer. Ya es hora de que madures y pienses en lo que realmente importa: la empresa, el legado de esta familia.
Sé que al final voy a ceder. Siempre termino haciéndolo. Llegará el día en que tendré que colgar los patines para siempre, tomar el mando de una empresa que no me interesa ni un poco y seguir sus pasos tal como él quiere. Pero me repito a mí mismo: todo lo hago por Keyla. Mientras yo cumpla, no le pondrá trabas a lo que ella quiera ser. Y mientras siga en la universidad, no pienso rendirme. Que diga lo que quiera: voy a sacar a este equipo de las cenizas, lo voy a convertir en el mejor de la liga. Al menos que mi nombre quede grabado en algo que sea mío, aunque después no pueda seguir.
Por fin termina la llamada. Cuelga el teléfono y en cuanto se gira hacia mí, esa sonrisa falsa desaparece por completo, reemplazada por su mirada severa de siempre.
—Volvamos a lo que estábamos —me dice, apoyando las manos sobre el escritorio—. He hablado con el consejo. En cuanto termines este año, empiezas a trabajar en la sucursal del norte. No hay más discusiones.
—Padre, aún me quedan dos años de carrera —le respondo, intentando no sonar desafiante—. Y, además, el lunes tenemos el primer partido de la temporada. Es la eliminatoria para entrar al torneo interuniversitario. Si no nos clasificamos, el equipo pierde toda la temporada. No puedo dejarlo ahora.
—¡El equipo! —exclama, ya más alterado—. ¿Te das cuenta de tus prioridades? Un partido no cambia la historia de nadie, pero tu futuro sí. ¿Crees que el apellido Ashford se construyó ganando partidos? Se construyó tomando decisiones serias, sin dejarse llevar por caprichos.
—No es un capricho —le digo, pero mi voz se debilita, no me atrevo a levantarla del todo—. Es un compromiso. Soy el capitán. Si me voy, todo se viene abajo.
—Entonces aprende a cumplir compromisos que valgan la pena —me corta tajante—. Tal vez fue un poco precipitado querer que empezaras a trabajar ya, pero te lo digo por última vez: deja de perder el tiempo. El hockey no te va a dar estabilidad, ni respeto, ni el lugar que te corresponde en esta sociedad.
La discusión se va calentando, cada vez más fuerte. Él me dice que soy irresponsable, que no entiendo el valor de lo que tengo, que me comporto como un niño. Yo intento defender mi postura, pero siempre termino mordiéndome la lengua, sin atreverme a decirle todo lo que realmente pienso. Siento que, si me paso de la raya, se desatará una tormenta peor y terminará castigándonos también a Keyla o a mi madre.
Al final, veo que no saco nada en claro. Me levanto de la silla con aire de resignación.
—Está bien, ya lo he escuchado. Me voy.
Me dirijo hacia la puerta, pero antes de que ponga la mano en el pomo, su voz me detiene.
—Espera. Antes de irte, ve a llamar a tu hermana. Quiero hablar también con ella.
Salgo del despacho resoplando con fuerza. ¡Siempre hace lo mismo! Nos manda a llamar en el momento más inoportuno, sin importarle si tenemos entrenamientos, exámenes o planes. Para él, el tiempo de los demás no existe.
Y hablando de momentos inoportunos: el lunes tenemos ese partido decisivo, así que estos días son fundamentales para prepararnos. Pero él nos trajo a la casa de la familia todo este fin de semana, con la excusa de que organiza una fiesta para mi madre, como compensación por el mal rato que le hizo pasar en su cena de cumpleaños en el restaurante Flor del Loto.
Como si yo fuera tonto.
Todos en esta casa sabemos que es pura mentira. La fiesta no es para mi madre, ni mucho menos. Lo que quiere es reunir a todos sus socios, sus amigos influyentes, para aparentar que es un esposo perfecto, un padre ejemplar y que todo en su vida es una maravilla. Y lo peor es que casi todos se lo creen. Solo nosotros sabemos la realidad: detrás de esa imagen impecable hay un hombre frío, autoritario y que solo piensa en sí mismo.
Salgo del despacho y me dirijo hacia el ala de arriba para buscar a mi hermana, como me ordenó mi padre. Llegó hasta su puerta y apenas llamo una vez, esta se abre de golpe… y lo primero que sale disparado hacia mis pies es William, su gato naranja. Y como no podía ser de otra forma, en cuanto me ve, me arquea la espalda, levanta el lomo y me suelta un gruñido profundo y amenazante, como si yo fuera el peor enemigo que existe sobre la faz de la tierra.
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Editado: 27.07.2026