Principe Del Hielo

19.- SABOR DE LA VICTORIA

Narrado por Killian

Llegó por fin el día del partido. La fiesta siguió su curso sin mayores sobresaltos, y terminó con unos cuantos besos con Azucena… pero nada más allá de eso. Como siempre, todo en su lugar, sin compromisos ni complicaciones.

Aunque, tengo que admitir que, mientras me dormía, no dejé de darle vueltas a lo que Dalton me había contado sobre Archie. Me quedé pensando en si estaría realmente en recuperación, si volvería a aparecer algún día o si todo era solo una historia para mantenerlo lejos. Pero decidí que no tiene caso adelantarme a los hechos: voy a esperar. Si en verdad está bien y regresa, entonces tendremos esa conversación que nos quedó pendiente hace años, esa que ambos merecemos tener. Y si no… ya veremos qué pasa después.

Pero no solo él me daba vueltas en la cabeza. También estaba pensando en lo que me dijo Keyla: ese chico misterioso que va a ser su nueva pareja de patinaje artístico. Me repito una y otra vez que es absurdo, que no tiene sentido, pero por un segundo me viene a la mente Nathan. Inmediatamente sacudo la cabeza para espantar esa idea.

¿Cómo va a ser él? —me digo.

Lo he visto patinar, sí, y tiene buena técnica, pero no creo que tenga el nivel ni la trayectoria que requiere alguien como mi hermana. Es imposible. Así que aparto ese pensamiento de golpe; hoy no es día para dudas, es día para competir.

En ese momento, se abre la puerta del vestuario y entra él, con varias cajas y botellas de agua en las manos, seguido de cerca por el entrenador. Deja todo en una mesa y les recuerda a todos con su tono tranquilo que deben mantenerse bien hidratados, que no se salten los descansos y que estén atentos a cualquier señal de cansancio.

Mientras lo hace, veo cómo empieza a bromear con Mark, Landon y Raphäel. Se ríen, se dicen cosas entre dientes, le dan palmadas en la espalda… y se nota que ya se ha ganado la confianza de todos.

Hace unos días que no hablamos demasiado, la verdad. He estado muy concentrado en los entrenamientos y en preparar el partido contra Westbridge, así que he procurado mantener cierta distancia. Y hay una razón más: desde aquella noche en la gala benéfica, cuando lo vi tan callado, tan triste y apagado, sentí algo que no logro entender. Algo que sé perfectamente que no debería haber sentido. Por eso me he alejado un poco; no quiero que empiece a afectarme más de la cuenta. No debería importarme cómo se siente, ni qué le pasa, ni nada de eso.

Y lo peor de todo es que, a juzgar por cómo actúa, parece que a él le da exactamente igual. Sigue con su rutina, bromeando con los demás, haciendo su trabajo, viviendo su vida como si nada hubiera cambiado. Mientras que yo llevo días dándole vueltas a todo esto sin poder sacarlo de mi cabeza.

¿Por qué me pasa esto?

Quizás, aunque me cueste admitirlo, es que Nathan me cae mejor de lo que me atrevo a reconocer. Es inteligente, tiene buenos temas de conversación, sabe reírse y, de vez en cuando, hasta consigue sacarme una sonrisa sincera. Aunque también es cierto que me hace rabiar más que nadie, con esa forma de ser tan reservada, tan difícil de descifrar. Es una persona complicada, sin duda.

Lo observo un rato más, y siento una punzada extraña en el pecho, algo que no sé cómo llamar. ¿Por qué con ellos es tan abierto, tan relajado, tan cercano, y en cuanto se cruza conmigo todo se vuelve tenso? No lo entiendo.

Pero hoy no tengo tiempo para analizar sus miradas ni sus gestos.

Sacudo la cabeza, aparto cualquier pensamiento que tenga que ver con él y me concentro en lo que realmente importa: el partido. Tenemos que ganar sí o sí. Westbridge es un equipo fuerte, organizado, y si perdemos aquí, nos ponemos en una posición muy difícil para el resto de las eliminatorias.

Cuando ya todos están vestidos, listos y con los cascos en la mano, me pongo frente a ellos. Dejo a un lado cualquier duda, cualquier tontería que me haya pasado por la cabeza y me pongo en mi lugar: soy el capitán, y ellos necesitan ver seguridad, firmeza y determinación.

—Escúchenme bien —empiezo, con la voz clara y fuerte, sin titubeos—. Hoy salimos ahí no solo para jugar, salimos para demostrar de qué estamos hechos. Saben que Westbridge viene con ganas de ganar, que nos miran por encima del hombro y creen que nos van a pasar por encima fácilmente.

Hago una pausa y recorro con la mirada cada uno de sus rostros, para que entiendan que hablo en serio.

—Recuerden esto: el hockey no es solo fuerza ni velocidad. Es cabeza, es disciplina y es confianza en el compañero que está a tu lado. Cada vez que pisen el hielo, piensen que no están jugando solo por ustedes, sino por el equipo, por el nombre que llevamos en la camiseta y por todo el trabajo que hemos dejado en cada entrenamiento durante estas semanas. No les tengamos miedo, pero tampoco los subestimemos. Jueguen limpio, jueguen con inteligencia y defiendan cada centímetro de la pista como si fuera el último.

Aprieto el puño con firmeza y elevo un poco más la voz:

—Si cometen un error, no se queden pensando en él; corríjanlo y sigan adelante. Si se cansan, recuerden por qué empezaron en esto. Hoy no hay excusas, no hay miedos ni dudas. Hoy salimos a ganar. ¿Me escucharon?

Todos responden al unísono, con fuerza:

—¡SÍ, CAPITÁN!




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