Por suerte, todo salió bien al final: los chicos ganaron el partido. Y aunque al principio no tenía muchas ganas, terminé aceptando ir a la celebración por insistencia de casi todos. Me costó decir que no, la verdad. Pero no me quedé hasta tarde: tuve que retirarme antes de que la fiesta se pusiera demasiado animada para llegar a casa a tiempo y tomarme mis medicamentos. Es algo que no puedo dejar para después, por mucho que quiera quedarme un rato más.
Lo bueno es que, poco a poco, ya no me siento tan incómodo entre ellos. Durante esa última semana compartimos más tiempo, entrenamientos, charlas… y logré entablar amistad con casi todos. Ahora me siento bastante cómodo, como si ya no fuera un extraño que acaba de llegar.
Casi todos, claro. Porque Enzo sigue siendo la excepción.
Seguimos teniendo esos roces, esas discusiones que surgen por cualquier motivo, y es evidente que no me soporta. Para ser sincero, tampoco es que él me caiga especialmente bien. Hay algo en su actitud que me resulta difícil de digerir. A veces tengo la sensación de que tiene una especie de fijación con Killian, como si me viera como su competencia directa o como si quisiera usurpar un lugar que no me corresponde. No estoy seguro de qué es exactamente, pero a veces me parece hasta un poco gracioso observarlo, aunque también cansado.
En fin, yo me fui temprano. Y por lo que me contaron después, la celebración terminó casi al amanecer. Conociéndolos, me lo imagino perfectamente. Estoy seguro de que en cualquier momento aparecerá en redes sociales o en algún grupo de la universidad un video de Killian haciendo alguna tontería, cantando o bailando de una forma ridícula; es lo que suele pasar cuando se le sube un poco la euforia o la bebida.
Pero no es solo el equipo lo que me da vueltas en la cabeza últimamente. He estado pensando mucho en lo que pasó con Keyla. No la he vuelto a ver desde ese día, pero ya nos seguimos en Instagram. Fue ella quien me envió la solicitud primero; yo la acepté y le devolví el seguimiento de inmediato. Ya no tiene sentido seguir esquivando lo que está pasando. Ella ya sabe quién soy, o al menos tiene las piezas suficientes para empezar a entenderlo, y lo mejor es dejar de huir y enfrentarlo cuanto antes. Por suerte, ya quedamos en vernos después de esta semana para hablar con calma en la pista de patinaje. Veremos qué sale de esa conversación.
Ahora mismo, sin embargo, me dirijo a otro asunto: el evento de San Valentín que organiza la universidad. La primera parte es un baile formal, con música lenta, discursos y protocolo… algo que me parece tremendamente aburrido, la verdad. Pero según me han dicho Phoebe y Julián, lo verdaderamente interesante empieza después: cuando termina la parte oficial y se arma la fiesta de verdad. Son ellos dos los que me están llevando hasta allá.
Y tengo que admitir que estoy bastante nervioso. Al parecer, pasaré gran parte de la noche acompañado de Giovanni, el primo de Alba, que será mi cita para esta ocasión. No sé cómo será él, si tendremos algo de qué hablar, si habrá química o si lograremos llevarnos bien. No es que me preocupe su aspecto físico, eso realmente me da igual. Lo que me inquieta es otra cosa: que él espere algo de mí que yo no pueda dar, que se decepcione al conocerme o que simplemente terminemos la noche sin saber de qué hablar. Por eso tengo el estómago revuelto desde hace un rato.
Phoebe, que ya sabe perfectamente por qué estoy así, me da una palmada en el hombro y me dice con calma:
—Tranquilo, Nathan. Respira. No pasa nada, solo es pasar un rato agradable.
Julián, por su parte, se ríe y me asegura con tono de broma, pero con firmeza:
—Y si por casualidad el tipo resulta ser un idiota o te trata mal, avísame. Yo me encargo personalmente de que se arrepienta de haber venido.
Le sonrío, agradecido.
—Lo sé, lo sé. Gracias a los dos. Con ustedes cerca me siento más seguro. Son prácticamente mis guardaespaldas personales, ¿no?
Mientras hablamos, recuerdo algo que también me tiene muy contento y entretenido estos días: hace unos días, Julián me pidió ayuda. Quiere pedirle formalmente a Phoebe que sea su novia, y no sabía muy bien cómo hacerlo. Me contó sus ideas y yo le he estado ayudando a organizarlo, pensando en cada detalle, en lo que a ella le gusta y en lo que la haría sentir más especial y cómoda.
Al principio, Julián pensó en hacer algo público, en plena cancha después de un partido. La idea era bonita, claro: Phoebe es porrista y él jugador, así que tiene sentido. Pero le recomendé que primero lo hiciera en un lugar más tranquilo, más privado, algo que fuera solo para los dos y que quedara grabado en su memoria como algo íntimo. Y que, si después quería repetirlo o hacer un gesto más visible ante todos, siempre tendría tiempo para hacerlo. Julián aceptó mi consejo sin dudarlo. Me alegra poder ayudarlo con eso.
Para intentar relajarme un poco antes de llegar, me pongo los audífonos y busco algo de música. En cuanto empieza a sonar Friends de Chase Atlantic, cierro los ojos un momento y empiezo a tararear la melodía bajito, dejando que el ritmo me lleve y tratando de no pensar demasiado en lo que me espera esta noche.
Aunque, por más que lo intente, hay algo en mi interior que no me deja del todo en paz. Espero que todo salga bien.
Mientras vamos caminando, no puedo evitar mirar de reojo a Julián y Phoebe. Van como siempre: agarrados de la mano, tonteando entre risas, diciéndose cosas al oído que solo ellos entienden. Son realmente muy lindos juntos, y me alegra verlos así.
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Editado: 27.07.2026