Principe Del Hielo

22.- DON HETEROSEXUAL

Parece que a los chicos les gustó tanto la idea de organizar actividades fuera de la pista que decidieron no esperar más. El viaje que propusimos quedo confirmado para este mismo fin de semana. Y, tal como yo ya me imaginaba, terminaron prácticamente presionándome para que los acompañara. Al final acepté, pero puse una condición clara: solo iré el viernes y regresaré el sábado.

La razón era simple: ya recibí un ultimátum por parte de mi jefe en Flor de Loto, así que tampoco quiero poner en riesgo mi empleo. Aunque, siendo sincero, últimamente he estado pensando muy seriamente en renunciar.

Al principio me negaba a hacerlo porque no quería darle el gusto a Jariel y a su grupo de creer que me habían hecho irme por su culpa. Pero entre todo lo que ha pasado recientemente, mi regreso al patinaje con Keyla y los entrenamientos diarios que ahora tengo que cumplir, todo se me empieza a hacer demasiado pesado. Me siento agotado, abrumado, como si no me alcanzaran las horas para nada.

Incluso ya he revisado otras opciones. Descubrí que, en El Mediterráneo, esa cafetería donde fuimos a comer con Phoebe y los demás hace un tiempo, están buscando personal para atender y también baristas. Quizá allí el ambiente sea más tranquilo y me quede más tiempo libre. Pero todavía no quiero dar el paso de inmediato; tengo algunos gastos pendientes y prefiero esperar un poco más antes de tomar una decisión definitiva.

Por ahora, lo que tengo que hacer es concentrarme en lo que tengo entre manos. Ahora mismo tengo que ir a Montclair. El entrenador Campbell me pidió que viniera a comprar nuevos sticks de hockey para el equipo, ya que muchos de los que usan están desgastados, doblados o directamente rotos. Yo pensé que quizás no era un gasto urgente, pero no tenía por qué discutir la decisión del entrenador. Lo que sí me sorprendió fue que Campbell enviara a Killian para que me acompañara.

En cuanto me lo dijo, respondí que no hacía falta: podía tomar un taxi o el autobús sin problemas. Pero ya me confirmaron que Killian había aceptado llevarme en su coche antes de que yo siquiera pudiera negarme. Así que aquí estamos ahora.

Killian acaba de recibir una llamada importante, así que me quedo esperando afuera, recostado contra la pared, mientras él habla por teléfono. Miro alrededor y me doy cuenta de lo mucho que han cambiado las cosas entre nosotros. El trayecto que caminamos juntos hasta aquí no fue para nada incómodo, como habría imaginado hace solo unas semanas. No hubo silencios tensos, ni comentarios cortantes, ni miradas llenas de desafío. Poco a poco, esa energía pesada que siempre había entre los dos parece ir desvaneciéndose.

Y aunque sé que no debería sentirme tan cómodo con él —considerando todo lo que le oculto, todo lo que sucedió en el pasado y todo lo que jamás hemos hablado—, no puedo evitar reconocer que estoy cansado de vivir en medio de tantos conflictos internos. Lo único que deseo ahora es un poco de tranquilidad. Y siento que aprender a convivir con él, a llevarnos bien al menos hasta donde sea posible, podría ser un paso hacia esa paz que tanto anhelo.

Pero también sé que es solo una ilusión pasajera. Mi pasado y todos los fantasmas que todavía me persiguen no me permitirán estar tranquilo tan fácilmente. Llevo días dando vueltas a lo de mi familia, a lo que dejé atrás y a todo lo que tuve que abandonar para estar aquí. Y sigo sin encontrar una solución. Ya no quiero seguir viviendo con el miedo constante a que alguien me reconozca, a que me encuentren o a sentirme incapaz de tener una vida normal, sin esconderme. Incluso me parece irónico que la vida parezca estar obligándome a enfrentar todos esos miedos de golpe: primero Killian, luego el hielo, y ahora Dalton… es como si el destino me estuviera diciendo que ya no puedo seguir huyendo, aunque todavía no sé cómo liberarme de todo esto de una vez por todas.

De pronto, el rubio termina la llamada y se acerca a mí con paso tranquilo.

—¿Por qué no te subiste al coche mientras esperabas? —me pregunta, con esa voz suya que ya me resulta familiar.

Me enderezo y le respondo con naturalidad:

—No quería invadir tu espacio. Calan me contó el día que te dejamos en tu departamento que te gusta mantener tus cosas y tu privacidad intactas, así que preferí esperar aquí afuera. Además, al final del día, no es como si fuéramos amigos para que me sienta con derecho a entrar en tu coche como si fuera mío.

Al decirlo, noto que su expresión cambia apenas una fracción de segundo. Se le apaga un poco la mirada, frunce levemente el ceño, pero enseguida recupera esa media sonrisa relajada y me responde:

—Tienes razón, todavía no somos amigos… pero eso no significa que no podamos llegar a serlo.

Esas palabras me hacen dar un vuelco al corazón. Automáticamente mi mente viaja años atrás, a la pista de hielo, a las competiciones, al accidente y a todo lo que quedó roto entre nosotros. Me gustaría aceptar esa posibilidad de verdad, sin dudas ni mentiras, pero sé que es imposible. Mientras ninguno de los dos hable de lo que pasó aquel día, mientras yo siga ocultando quién soy y él siga viéndome solo como el asistente Nathan, nunca podremos ser realmente cercanos.

Pero por fuera mantengo la calma, sonrío levemente para no levantar sospechas y respondo:

—Claro que sí. Supongo que todo es cuestión de tiempo.

Killian asiente y me hace un gesto con la cabeza para que lo siga.




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