Al final, y tras tanta insistencia, terminé aceptando ir con los chicos al viaje. Aunque, tal como había dejado claro desde el principio, solo podré quedarme el viernes completo y parte del sábado. No logré conseguir permiso para ausentarme ambos días de mi trabajo en Flor de Loto. De todas formas, los sábados solo cubro el turno de la mañana, así que no me pierdo demasiado. El día pesado sigue siendo el domingo, cuando me toca estar allí desde que abren hasta entrada la noche.
En este momento voy sentado en el autobús, con mi iPad sobre las piernas, aprovechando las seis horas de trayecto para adelantar algunas ilustraciones. La campaña de las chicas finalmente se lanzó hace unos días y, para mi gran tranquilidad, está siendo muchísimo mejor recibida de lo que esperaba. Por ahora solo publique un pequeño avance, un teaser donde se muestra la nueva imagen del equipo, acompañado de escenas rápidas de ellas entrenando en la pista. Pero los comentarios, las reacciones y la difusión han superado todas las expectativas. Eso me hace sentir muy orgulloso y, sobre todo, me da mucha paz saber que mi trabajo está sirviendo para algo bueno.
Aunque la mayoría de los jugadores querían ir cada uno por sus propios medios, el entrenador Campbell se negó rotundamente: todos irían en el mismo autobús, sin excepciones. El destino es el centro de esquí Norton, mucho más al norte, donde el invierno sigue cubriéndolo todo de blanco, incluso en estas fechas. Está rodeado de montañas imponentes y tiene un lago enorme que permanece completamente congelado. Tengo que admitir que, sin querer, Mark terminó cumpliendo uno de mis sueños en cuanto me habló del lugar. Busqué fotos en internet y desde ese momento me quedé fascinado. La emoción de poder patinar sobre un lago natural y tan grande como ese es enorme, por eso mismo decidí llevar también mis patines en la maleta.
Voy sentado casi al frente del vehículo, justo al lado del entrenador, quien lleva dormido desde que salimos de la universidad. Y no solo dormido: roncando con una intensidad que no tiene desperdicio. No puedo evitar pensar, con cierta gracia, que esa debe ser la verdadera razón por la que la señorita Etheri todavía no formaliza nada con él.
Estoy convencido de que esa mujer tan elegante y refinada sería incapaz de soportar unos ronquidos semejantes. Suenan como si fuera un coche viejo intentando arrancar en una mañana de mucho frío. La idea me hace sonreír para mis adentros, aunque jamás se lo diría en voz alta. Respeto demasiado al entrenador para burlarme de él, por más que el ruido llegue a escucharse claramente incluso con los audífonos puestos.
Por un momento pienso en levantarme y cambiarme de asiento para escapar del sonido. Pero también siento curiosidad por convivir un poco con todos durante el viaje. Luego recuerdo que vamos a estar prácticamente todo el fin de semana juntos, así que quizá lo mejor sea reservar un poco de energía para más tarde. Mejor sigo dibujando.
Entre canción y canción, van pasando en mi lista temas de The Neighbourhood y de Lana Del Rey. Calculo que escucho unas treinta canciones seguidas antes de que las orejas empiecen a dolerme y decida dejar el iPad a un lado y quitarme los audífonos. En cuanto lo hago, escucho dos cosas con mucha más claridad: la primera, los inconfundibles ronquidos de Campbell; la segunda, la conversación que mantienen los chicos unos asientos más atrás.
Raphäel está contando que quiere preparar algo especial para celebrar su primer aniversario con Rebecca. La noticia me alegra un poco; aunque no somos los amigos más cercanos, ella también es amiga de Phoebe y mía, así que me da gusto saber que las cosas marchan bien entre ellos. Me recorro un poco hacia el borde del asiento para escuchar mejor, y lo primero que oigo son las risas de Mark y Killian.
—¡Ya estás con demasiada miel! —le dice Mark, burlándose—. Tanta dulzura terminará empalagando a cualquiera.
—Sí, relájate un poco —añade Killian con ese tono de suficiencia de siempre—. Con solo invitarla a comer ya tienes suficiente.
En mi cabeza solo pienso que ambos son unos idiotas. Entiendo que no son precisamente expertos en relaciones estables, pero aun así me molesta que se burlen de alguien que simplemente quiere tener un detalle bonito con la persona que quiere.
Raphäel los ignora y sigue preguntando si alguno tiene alguna idea. Entonces interviene Brandon, el portero del equipo:
—Quizás le estás preguntando al grupo equivocado. Somos jugadores de hockey, no poetas ni organizadores de eventos románticos.
Landon, uno de los novatos, pregunta con curiosidad:
—¿Ninguno de ustedes ha tenido nunca una novia de verdad?
La mayoría responde que sí, pero admiten que nunca fueron relaciones serias ni duraderas. Confiesan que, si alguna vez necesitaron preparar algo, simplemente buscaban ideas en internet. De todo el grupo, solo los tres novatos —Elías, Saúl y Landon— dicen haber tenido relaciones más o menos estables. Calan no abre la boca en ningún momento. Mark asegura que, en el fondo, nunca han tenido algo que se pueda considerar realmente serio. Y Enzo tampoco dice nada… hasta que decide intervenir.
Lo hace con esa sonrisa burlona y ese tono de voz que siempre me cae tan mal:
—No entiendo por qué te esfuerzas tanto, Raphäel. Si ya la tienes, ¿para qué seguir haciendo tantas cosas?
En cuanto escucho esas palabras, siento cómo la sangre me empieza a hervir. Y no solo porque quien las haya dicho sea Enzo, sino por la forma en que lo dice: como si el cariño y el esfuerzo fueran algo innecesario una vez que consigues a alguien. Durante unos segundos nadie responde, y yo tampoco esperaba que nadie lo hiciera. Pero yo no puedo quedarme callado.
#5677 en Novela romántica
#1497 en Novela contemporánea
amor mentiras deseo amistad, gays boys love, hockeyypatinaje
Editado: 27.07.2026