El día que todos estábamos esperando por fin había llegado. Julian le pidió formalmente a Phoebe que fuera su novia y, por supuesto, ella aceptó sin dudarlo ni un segundo.
Estoy realmente feliz por mi amiga; verla así de radiante hace que todo el esfuerzo de estos días valga totalmente la pena.
Para sorpresa de todos, Julian no lo hizo de cualquier forma: rentó todo un museo entero solo para ese momento. Durante varios días, los dos trabajamos a escondidas de Phoebe, armando pequeñas exposiciones y eligiendo con cuidado piezas de arte que representaran cada etapa y cada momento importante que habían vivido desde que empezaron a salir. Julian, además, tenía la costumbre de guardar pequeños recuerdos de cada cita, cada salida, cada detalle que les parecía especial. Así que muchas de las cosas en las vitrinas eran objetos que él mismo había conservado con muchísimo cuidado.
Tengo que admitir que todo quedó precioso. Parecía una escena sacada de una película, de esas que parecen demasiado perfectas para ser reales, pero que esta vez sí lo era. La forma en que se lo pidió fue sencilla, sincera y muy emotiva. En cuanto terminaron, lo mejor que podía hacer era dejarlos solos. Yo quería regresar a Aldor, y no tenía ninguna intención de convertirme en la tercera rueda en un instante tan único para ellos.
Aunque tengo que decir que, después de trabajar codo con codo tantas horas, Julian me termino cayendo increíblemente bien. Al principio era solo el casi novio de mi amiga, pero terminamos haciendo muy buenas migas y ahora nos llevamos mucho mejor. Incluso, en un momento mientras montábamos todo, me miró con curiosidad y me lanzo la pregunta que llevaba tiempo esperando con una sonrisa:
—Oye, ¿tú eres el exjugador de hockey que tanto ha hecho rabiar a mi hermanito y que lo tiene entrenando día y noche solo para poder ganarte?
Solo sonreí y asentí. No tenía sentido negarlo. Julian es una buena persona, se nota en cada cosa que hace, y tengo la certeza absoluta de que Phoebe estará muy bien a su lado.
Ella, por su parte, no quería dejarme ir solo. Como siempre, se preocupaba demasiado por mí: me preguntó si no me importaría esperar, si me sentiría bien viajando de regreso sin compañía. Pero le aseguré que no había ningún problema. Le dije que tenía ganas de caminar un rato por la ciudad, que necesitaba despejar la mente y soltar todos esos pensamientos que últimamente no me dejaban en paz. Al final me creyó, nos despedimos y se fue con Julian. No sé exactamente a dónde irían, ni tampoco quise preguntar.
Mientras empiezo a caminar por las calles, siento una emoción muy fuerte, aunque me cuesta definirla con claridad. Es una mezcla de alegría, tranquilidad y esa sensación de que todo está justo en su sitio. Pero, sobre todo, estoy muy feliz por ella.
Montclair es la ciudad más cercana a la universidad, conocida por ser la más animada y brillante de la zona, pero esta vez tuvimos que viajar hasta Ventura, otra ciudad que también está relativamente cerca. Fue aquí donde Julian consiguió que le prestaran el espacio del museo, así que aprovecho para conocer un poco más el lugar.
Ventura no tiene el mismo encanto luminoso de Montclair, pero tiene su propio carácter: edificios antiguos y modernos conviviendo juntos, calles amplias y arboladas, mucha gente caminando de un lado a otro, grupos de amigos riéndose y charlando animadamente. Yo voy con mis audífonos puestos, escuchando música suave y observando todo con calma.
Sin embargo, por más que intento concentrarme en lo que veo, inevitablemente mi mente vuelve al fin de semana pasado, al viaje con los chicos del equipo. Regresé el sábado por la tarde y el domingo trabajé en Flor de Loto con total normalidad, pero no he podido dejar de pensar en esa noche en la que compartimos la habitación —y la cama— con Killian.
Yo desperté antes que él.
Cuando abrí los ojos, lo primero que sentí fue su brazo rodeándome, su cuerpo pegado al mío, durmiendo profundamente y totalmente relajado. No pensé nada malo al respecto, ni me asusté demasiado. Simplemente se me ocurrió que tal vez esa era la razón por la que Killian decía que no le gustaba dormir acompañado: quizás tenía la costumbre de abrazar a quien tuviera cerca mientras dormía, sin darse cuenta, y justo eso era lo que le molestaba de sí mismo. Por eso decidí no decirle nada. Podría haberlo usado para tomarle el pelo un poco, sí, pero preferí no hacerlo. Estaba seguro de que no había sido algo intencional, que no tenía ningún significado oculto. Así que solo esperé con paciencia a que, poco a poco, su brazo se relajara y se apartara por sí solo.
En cuanto tuve espacio suficiente, me levanté con muchísimo cuidado, tomé lo que necesitaba de mi mochila, salí sin hacer ni el menor ruido y me fui a patinar temprano por la mañana.
Más tarde regresé a la habitación. No desayuné en el comedor de la cabaña porque, como suele pasar en esos lugares, había muy pocas cosas que yo pudiera comer sin que me pasaran factura después. Ya estoy acostumbrado, así que siempre llevo conmigo mis propios alimentos para estos casos.
Después de comer, ordené todo, dejé el cuarto limpio y arreglado, y volví a salir para seguir deslizándome sobre el hielo del lago.
Tengo que admitir que lo pasé realmente genial. Me encantaría volver a ese lugar en otra ocasión. Aunque con los chicos me divertí mucho y el ambiente fue excelente, también me quedó la sensación de que me gustaría regresar algún día solo: para disfrutar del paisaje y la tranquilidad sin prisas ni horarios. O tal vez acompañado… con Phoebe, con Alba, con Amaral o con Gael. Aunque, pensándolo bien, dudo mucho que alguno de ellos disfrute tanto como yo del frío y la nieve. De hecho, me doy cuenta de que, de todos mis amigos, soy el único que prefiere estos climas. Los demás siempre hablan de la playa, del calor y del sol, mientras que, para mí, el sol es uno de mis mayores enemigos. Me quema la piel con facilidad, me cansa rápido y me hace sentir pesado y lento. El frío, en cambio, me despeja la mente, me activa y me hace sentir realmente vivo.
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Editado: 05.08.2026