Principe Del Hielo

26.- ULTRAVIOLENCIA

Todo empieza con una novedad que me tiene bastante contento: ahora tengo un gato. Es completamente negro, con el pelaje un poco espeso y suave, y ya es un adulto, tiene unos dos años aproximadamente. Todavía estamos en proceso de adaptarnos el uno al otro, claro. Al principio andaba un poco asustado, se escondía debajo de la cama o detrás de los muebles, pero poco a poco ha ido soltándose. Lo que más me llama la atención es lo cariñoso que es, teniendo en cuenta que su pasado no fue nada fácil: dicen que lo maltrataron antes de ser rescatado. Y no sé por qué, pero me siento terriblemente identificado con él.

A veces uno también tiene miedo de confiar, de dejarse ver tal cual es, porque teme que le hagan daño otra vez.

Al menos yo sé lo que se siente.

Lo adopté gracias a Heather, quien me contó que tiene una pequeña fundación donde recogen animales de la calle o en situaciones difíciles y buscan familias para ellos. Todavía no me decido por el nombre perfecto; llevo varios días dándole vueltas, probando unos y otros, pero ninguno me convence del todo. Quiero que sea algo que le quede bien, que tenga sentido. Y por supuesto, Davin ya lo sabe y prometió guardar el secreto, porque en los departamentos de la universidad está prohibido tener mascotas. Me dijo que no diría nada, que nos cubriría las espaldas, así que por ahora estamos a salvo.

Esa mañana me levanté temprano, salí a correr un buen rato para despejar la mente, asistí a todas mis clases sin perderme ni una, y después hice mi rutina de ejercicios en la habitación antes de prepararme para salir. Ahora me dirijo a la pista para entrenar con Keyla. Ya llevamos una semana y media haciéndolo todos los días, y la verdad es que volver a ponerme los patines me hace sentir increíblemente vivo. Es como si una parte de mí que tenía guardada en un cajón volviera a despertar.

Tengo que admitir que entre nosotros existe una química natural; cuando nos movemos juntos, algo fluye, pero todavía hay un muro que nos impide funcionar realmente como una pareja de patinaje.

Keyla es rápida, ágil y tiene una técnica impecable, de esas que se aprenden con años de trabajo. Lo único que le cuesta un poco son los giros, mantener el eje sin perder el equilibrio, pero en todo lo demás es excelente. Por mi parte, siento que he mejorado muchísimo en este tiempo. Me he tomado esto muy en serio, he puesto todo mi empeño y sé que tengo el talento necesario para alcanzar su nivel rápidamente —y también reconozco que soy un poco obsesivo, así que, si me propongo algo, no paro hasta conseguirlo—. Pero nos falta algo fundamental: confianza.

Hay atracción y coordinación, sí, pero todavía no tenemos esa seguridad de saber que el otro va a estar ahí, sin dudas, en cada movimiento. Por eso, cuando patinamos, los dos nos sentimos un poco rígidos, como si nos contuviéramos por miedo a equivocarnos.

Además, hoy estoy más nervioso de lo normal. Se suponía que regresaba Etheri. Ella fue mi entrenadora durante años, la que me enseñó todo lo que sé, la que me exigió hasta el límite y con la que viví los mejores y peores momentos de mi carrera. Ahora será la entrenadora oficial del equipo de patinaje artístico de Aldor.

Aclaro para mí mismo una vez más: yo no formo parte de ese equipo, solo soy el suplente temporal de Keyla hasta que Ariel regrese y se recupere del todo. No estoy retomando mi carrera oficialmente, solo estoy ayudando.

Y hablando de este ultimo… ¡qué personaje! Lleva apareciendo en casi todos los entrenamientos desde que empezamos, y se ha convertido en un verdadero grano en el culo. No deja en paz ni a Keyla ni a mí. Más de una vez he estado a punto de decirle que se largue y que nos deje trabajar en paz.

El problema es que, justo cuando estamos empezando a construir un mínimo de confianza entre los dos, él no hace más que interrumpir, opinar de todo y dar órdenes como si fuera el dueño absoluto de la pista. Se comporta como si supiera más que nadie, pero la verdad es que yo ya me di cuenta hace tiempo: en lugar de ayudar a Keyla a mejorar, termina frenándola, poniéndole dudas y haciéndola sentir insegura. Aun así, me muerdo la lengua y no digo nada.

Todavía no tengo tanta confianza con ella como para decirle directamente: “Oye, tu novio es un idiota que no te deja brillar”. Mejor me guardo esa opinión para mis adentros.

Cuando llego a la instalación, recuerdo que habíamos quedado en vernos dos horas antes de que llegaran los novatos y el resto del equipo, para tener la pista libre y entrenar sin interrupciones. Landon y Elias ya descubrieron que vengo todos los días mucho antes, pero me prometieron no decir nada. Y pensándolo bien, me hace gracia: esos dos, junto con Saul, son como unos pollitos inquietos y yo termino siendo la mamá gallina. Siempre me piden consejos, me preguntan cómo mejorar, qué hacer en cada situación, y me hacen más caso a mí que a su propio capitán, Killian.

Menos mal que él no se entera de esto.

Mi río para mis adentros, porque si lo supiera, seguro me diría que les estoy enseñando malas costumbres. Pero, mientras pueda ayudarlos, lo haré.

Nada más entrar, veo a Keyla esperándome en la entrada. Nos saludamos con un beso en cada mejilla, como ya nos hemos acostumbrado.

—¿Cómo va todo? —me pregunta ella con una sonrisa—. Vi en tus historias que adoptaste un gatito, ¿verdad?

—Sí, es verdad —le cuento mientras nos dirigimos a los vestuarios—. Me lo recomendó una amiga llamada Heather, tiene una fundación de rescate. Es precioso, todo gris y esponjoso, pero todavía no encuentro el nombre que le quede bien.




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