Mañana es el día del partido, así que tenemos que volar muy temprano hacia Francia, a la universidad de Beauxmont. Ya me encargué de pedir permiso en todas mis clases y, como voy muy bien en las calificaciones y además ya terminó la semana de exámenes, mis profesores no pusieron ninguna objeción. Solo tuve que pedirle a Alba y a Amaral que me pasaran todos los apuntes después, para ponerme al día en cuanto volvamos.
Lo que pasó con Enzo me ha dejado dándole vueltas a muchas cosas, pero sobre todo me ha hecho pensar en la actitud de Killian. Todavía me cuesta creer que haya intervenido para defenderme, que lo haya hecho frente a todos y que incluso haya puesto en su lugar a su propio amigo. Era algo que de verdad no esperaba para nada. Pero bueno, ya he aprendido que con él nunca se puede tener nada por seguro: es una persona totalmente indescifrable, nunca sabes qué reacción va a tener, porque siempre termina haciendo lo más inesperado.
Aunque yo también soy un poco complicado, pero él me gana por mucho en eso.
Como ha sido semana de partido, todos los días han sido de entrenamientos intensos. Decidí desde el principio que no le iba a dar el gusto a Enzo de verme afectado o asustado. Así que cada día llegaba a la pista con la misma normalidad de siempre, me ponía en mi sitio y, si hacía falta, lo miraba a los ojos para dejarle claro que no me iba a esconder. Se nota perfectamente que sigue odiándome con todas sus fuerzas, que cada vez que me ve se le tuerce la cara, pero… ya no me importa. Me quedaré ahí hasta que se acabe mi castigo, y que le pese todo lo que quiera.
Ahora mismo estamos en el teatro principal de la ciudad, donde ha venido una compañía de ballet rusa a presentar su espectáculo. Nuestro profesor de Artes Escénicas nos pidió que asistiéramos como parte de un trabajo para la materia, así que después de terminar el entrenamiento salí corriendo para cambiarme y llegar a tiempo. Hoy me vestí un poco más arreglado de lo habitual: nada de traje ni corbata, pero sí ropa más formal.
Vengo acompañado de Amaral, Alba y Gael. Estamos sentados en las butacas: yo entre las dos gemelas, mientras que Gael está al lado de Amaral. El programa incluye dos obras. La primera es Laurencia, un ballet que yo no conocía hasta ahora, creado por el coreógrafo Vakhtang Chabukiani. Me explicaron que mezcla la técnica clásica con mucho ritmo y fuerza de estilo español, y cuenta la historia de un pueblo que se levanta en armas para defender su libertad contra un comandante corrupto y abusivo. La segunda obra, y la que más me interesa ver —o, mejor dicho, la que ya conozco desde hace años— es Onegin, de John Cranko. Es la adaptación de esa famosa novela rusa, una historia de amor no correspondido, de orgullo mal entendido y de un arrepentimiento que llega demasiado tarde.
Me acuerdo de que vi este ballet por primera vez cuando era pequeño, junto a mis padres, y me impresionó muchísimo. Además, yo mismo practiqué ballet durante varios años. No voy a decir que soy un bailarín ni mucho menos, pero conozco bien sus reglas, los principios de movimiento, la flexibilidad que pide y cómo se hacen los saltos y las posiciones. Aunque los hombres no usan puntas, yo tuve que aprender a usarlas. ¿Por qué? Porque Etheri, mi entrenadora, es una patinadora olímpica rusa, y allá los entrenamientos son de otro nivel. En Rusia, si quieres destacar en el hielo, tienes que pasar primero por el ballet ruso, una disciplina igual de dura, exigente y rigurosa que cualquier deporte.
Todo eso me sirvió muchísimo: no solo me ayudó a valorar el arte del ballet, sino que también me dio mucha más fuerza en las piernas, mejor equilibrio y más impulso para los saltos, tanto en el patinaje artístico como cuando jugaba al hockey en mis primeros años. Todavía sigo haciendo algunos ejercicios básicos para no perder esa flexibilidad: puedo hacer las aperturas completas, llevar las piernas a posiciones que parecen imposibles de lo altas que son, mantenerme sobre las puntas de los pies durante bastante tiempo y hacer hasta tres piruetas seguidas sin perder el control. Pero hay que ser sinceros: aunque me gusta mucho verlo y siempre defenderé que es una disciplina de mucho mérito, practicarlo nunca me ha apasionado del todo. Lo disfruto mucho más como espectador que como alumno. De hecho, solo de recordar mis primeros años en el estudio, siento que me duelen los huesos otra vez, y eso que ya han pasado varios años.
Mis pensamientos se interrumpen cuando Amaral me toca el brazo y me pregunta:
—¿Y tú? ¿qué tal todo estos días? Hace mucho que no nos sentamos a platicar con calma.
Me acomodo mejor en la butaca, puesto que, empiezan a dolerme mis nulas posaderas de tanto estar sentado.
—Dentro de lo que cabe, todo va bien. Y estoy muy emocionado por lo que vamos a ver hoy, la verdad.
—Yo también —me dice con una sonrisa—. Siempre quise ser bailarina profesional, pero nunca me atreví a empezar. Solo de pensar en todo lo que exige, me daba miedo no poder con ello.
No puedo evitar sonreír.
—Te entiendo perfectamente y no te juzgo en absoluto —le hago saber, sin poder dejar de ver el escenario—. El ballet es de las cosas más duras que existen. Ahí te acostumbras a tener las uñas de los pies rotas, ampollas en los talones y dolores en cada músculo, y aun así tienes que salir al escenario con una sonrisa perfecta, como si nada te doliera.
Amaral hace una mueca de dolor solo con imaginárselo.
Y yo que sé lo que se siente, pienso.
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Editado: 05.08.2026