Siendo sincero, todavía tengo los ojos irritados y me siento como si hubiera dormido dos horas nada más. Tuve que levantarme antes de que saliera el sol para llevar a Salem con Phoebe. Sí, al final le puse ese nombre: es completamente negro, se mueve sin hacer ruido y parece sacado directamente de El mundo de Sabrina. Y bueno, la verdad es que no me fiaba nada de Davin para que se quedara cuidándolo todo el día. Conociéndolo, seguro se le olvidaría darle de comer, o dejaría la ventana abierta y Salem se escaparía persiguiendo una mariposa, o terminaría dándole comida que no es para gatos. Prefiero mil veces dejarlo con Phoebe, que lo trata como un príncipe y seguro le cuenta hasta sus problemas.
Pero ya estamos aquí: en Beauxmont, la universidad francesa más elitista de todas, con esos edificios de piedra que parecen sacados de un cuento de hadas y un aire que huele a dinero. Desde que pusimos un pie aquí, nos han tratado increíblemente bien: nos recibieron con sonrisas, nos indicaron perfectamente dónde dejar las maletas, dónde están las habitaciones y hasta nos acompañaron hasta la pista de entrenamiento. Unos anfitriones de diez puntos, sin quejas.
Mientras los chicos se ponían los patines y salían a calentar, yo me quedé encargado de cuidar todas las pertenencias, los bolsos, las mochilas y hasta los teléfonos de todos. Y como no soy de los que se quedan sentados sin hacer nada, aproveché para ponerme manos a la obra: saqué mi cámara, revisé que las baterías estuvieran cargadas, organicé las carpetas y empecé a anotar ideas. Porque ahora también me toca encargarme de las redes sociales y la imagen del equipo masculino, así que no puedo perder ni un segundo. Tengo que empezar a trabajar desde ya mismo.
Aunque, por más que intento concentrarme, lo que pasó la noche anterior con Killian sigue dándome vueltas en la cabeza, como una canción que no se te quita de la mente. Y encima ahora me pongo a pensar en lo extraño que es hablar de mí mismo como si fueran dos personas distintas: Nathan y Archibald. Seguro que si alguien me escuchara pensando así diría que estoy perdiendo la cordura, y no le faltaría razón. Pero es que así lo siento: ambos conviven dentro de mí, lo que fui y lo que soy ahora, dos mitades que chocan y se buscan al mismo tiempo. Me gustaría encontrar el punto medio, que ninguno de los dos se lleve la peor parte, pero todavía no sé muy bien cómo hacerlo. Sigo perdido en ese sentido.
Y lo de Killian… es lo que más me confunde. Al menos ya nos quedamos en que somos amigos, ¿no? Eso debería darme tranquilidad, y en parte lo hace. Sin embargo, tengo miedo. Miedo a que yo sea el que se equivoque, el que malinterprete una mirada, un gesto o una palabra, y termine sintiendo algo mucho más fuerte de lo que debería por él. Por Killian Ashford. Y eso es algo que no sé si estoy listo para volver a vivir.
El partido está a punto de empezar. Ya suena el silbato, los chicos terminan de dar sus últimas vueltas sobre el hielo y el recinto se va llenando poco a poco. Hay muchísima gente de la universidad de Beauxmont, claro, pero también veo caras conocidas, amigos y compañeros que vinieron a apoyarnos. Me alegro mucho porque les había pedido que, además de venir, publicaran fotos en sus historias para ayudar a darle difusión al partido.
Yo ya hice mi parte: edite un video corto invitando a todos a seguir la transmisión en vivo, igual que hice con el equipo femenino. Los chicos lo compartieron en sus perfiles, y sobre todo gracias a Killian —que tiene una cantidad absurda de seguidores, la verdad— y al resto del equipo, en muy poco tiempo teníamos a cientos de personas esperando a que empezara la transmisión en la cuenta oficial de Instagram.
¡Incluso vi comentarios de gente que ni siquiera es de aquí! Ahora me toca sacar las mejores fotos, capturar cada jugada y cada emoción.
Mientras ajusto el objetivo de la cámara, veo al entrenador reunir a todos en el centro de la pista para darles las últimas instrucciones. Me doy cuenta de algo: todavía no tienen una canción de entrada propia, algo que los identifique cuando salgan a jugar. Recuerdo que fue Tucker quien compuso y grabó la música de presentación de las chicas, así que tendré que hablar con él para ver si puede hacer algo igual de bueno para nosotros. Seguro que le encanta el encargo.
La verdad es que estoy muy emocionado, pero también con los nervios a flor de piel. He visto jugar a Beauxmont en varios videos y sé perfectamente que son un equipo impresionante: rápidos, muy coordinados, con una técnica impecable y una estrategia que casi nunca falla. Y nosotros… bueno, los chicos de Westbridge son un gran equipo, tienen corazón y talento, pero en las clasificaciones actuales nos consideran uno de los más débiles de la liga. Eso me preocupa un poco, pero no se lo he dicho a nadie. Ni a los chicos, ni al entrenador, y mucho menos a Killian. No quiero que se pongan más nerviosos ni que piensen que no confío en ellos. Prefiero guardarme mis reservas y estar ahí para apoyarlos con todo lo que pueda.
Veo cómo todos se encuentran en círculo alrededor del entrenador, y entonces Theo me hace una seña con la mano para que me acerque. Voy hasta ellos y me quedo de pie junto a Calan. No puedo evitar notar que Enzo me mira con esa cara de asco y odio que ya le es característica, como si yo hubiera venido a arruinarles el partido. Pero esta vez no le devuelvo la mirada, no frunzo el ceño ni digo nada. Ya tomé la decisión: no le voy a dedicar ni un segundo más de mi tiempo, ni una sola neurona pensando en él. Que siga con su cara larga, que se le va a arrugar más si sigue así.
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Editado: 05.08.2026