Diane.
No necesitaron decirme que estaba siendo secuestrada.
Lo supe apenas aquella camioneta frenó frente a mí y dos hombres descendieron demasiado rápido para tratarse de una coincidencia.
Tal vez porque no era la primera vez que me sucedía.
La primera vez lloré.
Grité, arañé y supliqué.
Esta vez no.
Esta vez simplemente dejé que me llevaran, luchas solo me haria heridas.
Ni siquiera luché cuando una mano enorme se cerró alrededor de mi brazo y me arrastró dentro del vehículo. Me limité a mirar por la ventana mientras Los Angeles desaparecía detrás de los vidrios polarizados y de pronto todo desapareció, como si mi vida estuviera alejándose y yo ya no tuviera energía para correr detrás de ella.
Hace años mi hermano vendió mi futuro por una deuda de juego.
Esa vez sobreviví pagando por su error.
Vendí mi auto.
Renuncié al trabajo que me había costado años conseguir.
Entregué hasta el último centavo para salvar a un hombre que jamás habría hecho lo mismo por mí.
Y aun así mi familia siguió protegiéndolo.
Porque él era el hijo perfecto.
Yo solo era la hija útil.
Desde entonces desaparecí de sus vidas, aunque ellos todavía llaman cuando necesitan dinero o alguien que limpie los desastres de su niño favorito.
Nunca contesté.
Ni siquiera ahora, cuando probablemente nadie notaría que desaparecí otra vez.
Un golpe brutal en mi nuca apagó el mundo.
[...]
Cuando desperté, lo primero que sentí fue el olor.
Humedad.
Cloro.
Sangre vieja.
Después llegó el dolor.
Una punzada insoportable me atravesó la cabeza mientras abría lentamente los ojos hacia un techo gris rasqueteado lleno de manchas oscuras. El ambiente estaba helado y el sonido metálico de una cadena arrastrándose hizo que mi cuerpo se tensara.
—Hasta que despiertas, bella durmiente.
La voz femenina sonó demasiado suave para un lugar como aquel.
Giré el rostro lentamente y la vi.
Cabello negro.
Labios rojos.
Vestido impecable.
Parecía una muñeca encerrada en una tumba.
—Ya estaba pensando en comprobar si seguías respirando —continuó ella con una sonrisa pequeña, sus ojos perfectamente delineados.
Intenté incorporarme, pero un tirón violento en mi tobillo me detuvo.
Una cadena adornaba mi tobillo como si fuese un brazalete pero este atado a la cama.
Perfecto.
Miré el hierro abrazando mi piel y después el suelo de cemento bajo mis pies descalzos.
—No te muevas tan rápido —dijo ella—. Si te haces una herida y se infecta. Aquí abajo las infecciones duran más que las personas.
La observé en silencio.
No parecía asustada.
Y eso era peor.
—¿Qué es este lugar? —pregunté finalmente.
Ella soltó una risa seca.
—Nuestra pequeña jaula.
Sus palabras hicieron eco en el sótano.
Recién entonces noté la ausencia de ventanas.
La puerta metálica.
Las cámaras en las esquinas.
El olor a encierro.
Dios.
—¿Hace cuánto estás aquí?
—Siete meses.
Sentí el estómago revolverse.
Ella lo dijo como quien habla del clima.
—Mi padre tiene algo que ellos quieren y decidió no entregarlo. Así que me convirtieron en una advertencia.
—Creo que me trajeron por error —murmuré.
Eso sí logró hacerla reaccionar.
Sus ojos se clavaron en mí.
—¿Cómo te relacionas con el legado Aston?
El nombre no me dijo nada.
Negué lentamente.
—No conozco a nadie con ese apellido.
Ella frunció el ceño y levantó su muñeca, mostrando una pulsera plateada con una A coronada.
—Ellos nos tienen aquí.
El silencio cayó pesado.
—No tengo dinero, no tengo poder, no tengo a nadie importante, no conozco a nadie significativo, trabajo diez horas al día y apenas puedo pagar mis cuentas, debido a que sigo pagando mis préstamos universitarios. ¿Quién demonios secuestra a alguien como yo?
Ella me observó como si intentara resolver un rompecabezas.
—Entonces sí fue un error, o al menos por ahora te doy el privilegio de la duda, porque no te ves para nada llamativa, y perdón que lo diga así no te ofendas no es un insulto, es un privilegio ser invisible o al menos así siempre lo considere yo.
Por primera vez desde que desperté sentí alivio.
Duró exactamente dos segundos.
—Pero hay un problema, nena… —susurró inclinándose hacia mí—. Los Aston no corrigen errores. Los entierran.
Un escalofrío me recorrió completamente.
—Si descubren que no eres útil, podrían deshacerse de ti.
Mi respiración se volvió más lenta.
Más controlada.
Porque el miedo solo empeora las cosas.
—¿Qué quieres decir con “deshacerse”?
Ella sonrió.
Y esa sonrisa tenía algo roto.
—Quiero decir que de aquí nadie sale siendo la misma persona. Ellos encuentran tus partes más débiles… y las arrancan una por una hasta que aprendes a obedecer.
Tragué saliva.
—Pero si no les sirvo deberían dejarme ir.
La carcajada que soltó fue amarga.
—Todavía te ves demasiado inocente para entender dónde estás.
Se levantó de la cama y caminó hacia mí lentamente.
Cuando llegó a mi lado soltó mi cabello, acomodándolo sobre mis hombros como si estuviera preparándome para alguien.
—Escúchame bien —susurró—. Aquí solo sobreviven las chicas que aprenden a pertenecerle a uno de ellos, o al menos fingen interés, te doy un consejo que es bueno para la sobrevivencia y para que puedas hacer esto más llevadero con ciertos privilegios.
La miré confundida.
—Escoge uno, sedúcelo, solo escoge bien.
Haz que te quiera lo suficiente para marcarte como suya.
Mi piel se heló.
—Porque cuando uno de ellos se obsesiona contigo… los demás dejan de tocarte.
—¿Y tú qué eres?
Su sonrisa desapareció.
—Un juguete roto.
#1603 en Novela romántica
#583 en Novela contemporánea
romance humor, venganza amor celos, amor obsesion mafia matrimonio
Editado: 25.05.2026