Prohibido desear al hijo de mi padrastro

Capítulo 1: El error empieza aquí

El problema no era que mi madre se casara.

El problema era con quién.

Y peor aún… con quién venía incluido en el paquete.

—Compórtate, Mía —susurró mi madre por quinta vez en menos de diez minutos.

La miré de reojo mientras el auto avanzaba por una calle demasiado perfecta para mi gusto. Casas enormes, jardines impecables, silencio incómodo.

—Siempre lo hago.

—No hoy —respondió con una sonrisa tensa—. Esto es importante.

Claro. Importante para ella.

No para mí.

Apreté los labios y volví a mirar por la ventana. No reconocía nada. Ese no era mi mundo. Nunca lo sería.

—Te va a gustar —añadió, más suave.

Solté una pequeña risa sin humor.

—No tienes idea.

El auto se detuvo frente a una casa que parecía más una mansión que un hogar. Luces cálidas, puertas altas, todo demasiado… perfecto.

Demasiado falso.

Bajé sin esperar ayuda. El aire era distinto ahí. Más frío. Más limpio. Más distante.

—Mía… —la voz de mi madre sonó casi suplicante.

—Estoy bien —corté, aunque no lo estaba.

Caminamos hasta la entrada. Cada paso se sentía como si estuviera dejando algo atrás. Algo que no iba a recuperar.

La puerta se abrió antes de que tocáramos.

—Bienvenidas.

El hombre que estaba frente a nosotras sonreía como si todo estuviera bajo control. Traje impecable, postura segura… el tipo de hombre que no pierde.

—Esteban —dijo mi madre, casi aliviada.

Se acercaron, se besaron, se miraron como si el mundo fuera perfecto.

Aparté la vista.

—Tú debes ser Mía —me dijo él, extendiendo la mano.

La estreché apenas.

—Supongo.

No le gustó mi tono. Lo noté.

Pero tampoco dijo nada.

—Pasen, por favor.

Entrar fue como entrar a una revista. Todo brillante, ordenado, silencioso. Ni una sola imperfección.

Ni una sola señal de vida real.

—Tu habitación ya está lista —comentó mi madre.

—Qué detalle —murmuré.

—Y… —continuó Esteban— hay alguien más que quiero que conozcas.

Genial.

Otra sorpresa.

—Sebastián —llamó.

Silencio.

Por un segundo pensé que no iba a aparecer.

Error.

—¿Qué?

La voz llegó desde arriba.

Levanté la mirada.

Y ahí estaba.

Apoyado en la baranda de la escalera, como si llevara todo el tiempo observando. Como si esta escena le divirtiera.

Como si yo fuera parte del espectáculo.

Bajó con calma. Demasiada calma.

Cada paso medido. Seguro.

Peligroso.

No sonreía.

No hacía falta.

Su mirada era suficiente.

Oscura. Directa. Incómoda.

Se detuvo frente a mí.

Demasiado cerca.

—Así que tú eres la hija —dijo, recorriéndome con descaro.

Apreté la mandíbula.

—Y tú debes ser el problema.

Mi madre suspiró.

—Mía…

—¿Qué? —respondí sin apartar la mirada.

Sebastián soltó una risa baja. Sin humor.

—Directa. Me gusta.

—No te acostumbres.

Sus ojos brillaron un segundo.

Algo en su expresión cambió.

Como si hubiera encontrado algo interesante.

—No tienes idea de lo que dices —murmuró.

Y dio un paso más.

Invadiendo mi espacio.

Sentí su presencia demasiado cerca. Su perfume. Su calor.

Molesto.

Innecesario.

Peligroso.

—Tranquilo —dije, sin moverme—. No planeo quedarme mucho tiempo.

Mentí.

No tenía a dónde ir.

Pero no iba a darle ese poder.

Su mirada bajó a mis labios.

Un segundo.

Demasiado largo.

Y luego volvió a mis ojos.

—Eso lo veremos —susurró—. Porque aquí… nadie se va tan fácil.

Algo en su tono hizo que mi estómago se tensara.

No era una amenaza directa.

Pero tampoco era un comentario vacío.

—Cena —interrumpió Esteban—. Vamos.

Perfecto.

Encerrada con ellos.

Justo lo que necesitaba.

La mesa era tan perfecta como el resto de la casa.

Platos alineados. Copas brillantes. Todo en su lugar.

Menos yo.

Me senté frente a Sebastián.

Error.

Podía sentir su mirada incluso cuando no lo estaba viendo.

—¿Te gusta la casa? —preguntó Esteban.

—Es… grande.

—Podría acostumbrarme —añadió mi madre.

Claro que sí.

Yo no respondí.

—¿Y tú? —preguntó de pronto Sebastián.

Levanté la mirada.

—¿Yo qué?

—¿Te gusta?

Me encogí de hombros.

—No planeo quedarme el tiempo suficiente como para que importe.

Silencio.

Mi madre me fulminó con la mirada.

—Mía…

—¿Qué? —repetí—. Solo soy honesta.

Sebastián apoyó los codos en la mesa, mirándome fijamente.

—La honestidad puede ser peligrosa.

—Depende de quién la escuche.

Una sonrisa mínima apareció en sus labios.

—Interesante.

—Molesta —corrigió mi madre.

—No —dijo él sin apartar los ojos de mí—. Interesante.

Sentí algo raro en el pecho.

No era incomodidad.

No exactamente.

Era otra cosa.

Peor.

Después de la cena, subí las escaleras sin esperar a nadie.

Necesitaba aire.

Espacio.

Silencio.

Mi habitación era enorme. Demasiado. Cama grande, ventanas amplias, todo impecable.

Dejé la maleta en el suelo.

—Perfecto —murmuré—. Una jaula bonita.

Me acerqué a la ventana.

Oscuridad.

Tranquilidad.

Mentira.

Porque lo sentí antes de verlo.

—¿Siempre eres así?

Su voz detrás de mí me hizo girar.

Ahí estaba.

Apoyado en la puerta.

Como si ese fuera su lugar.

—¿Así cómo? —respondí.

—Defensiva. Sarcástica. Molesta.

Crucé los brazos.

—¿Siempre invades habitaciones ajenas sin permiso?

Sonrió apenas.

—Esta casa también es mía.

—No mi habitación.

Se acercó.

Otra vez.

Demasiado.

—Eso puede cambiar.

Fruncí el ceño.

—No te confundas.

Se inclinó ligeramente hacia mí.




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