Prohibido desear al hijo de mi padrastro

 Capítulo 2: Límites que no existen

Desperté antes de que sonara la alarma.

No por costumbre.

Por incomodidad.

La cama era demasiado suave, las sábanas demasiado limpias, el silencio demasiado… perfecto. Como si la casa respirara despacio, esperando que yo también lo hiciera.

No lo hice.

Me senté en la orilla de la cama, mirando el suelo un segundo más de lo necesario.

—Solo es una casa —murmuré.

Mentira.

No era solo eso.

Era el cambio. La sensación de no pertenecer. Y, peor aún… él.

Sebastián Varela.

Cerré los ojos con fuerza, como si eso pudiera borrar la imagen de anoche: su mirada fija, su voz baja, su forma de acercarse sin pedir permiso.

Abrí los ojos de golpe.

—Ridículo.

Me levanté y caminé hasta el baño. Agua fría. Necesitaba claridad, no comodidad.

Minutos después, bajé las escaleras con el cabello aún húmedo y una camiseta amplia. No esperaba encontrar a nadie.

Otro error.

—Pensé que dormirías hasta tarde.

Su voz llegó desde la cocina.

Me detuve en el último escalón.

Ahí estaba.

Espalda apoyada en la encimera, camisa negra, mangas arremangadas. Como si esa casa fuera una extensión de él.

Como si todo le perteneciera.

—Pensé que no te importaría —respondí, entrando sin pedir permiso.

Su mirada recorrió mi ropa. Mi cabello. Mi cara.

Demasiado lento.

—No me importa —dijo—. Solo me sorprende.

—¿Qué cosa?

Se sirvió café antes de responder.

—Que no huyeras en la primera noche.

Me crucé de brazos.

—No huyo.

—Todo el mundo huye de algo —replicó, llevándose la taza a los labios.

—Yo no.

Una sonrisa apenas visible apareció.

—Entonces eres la excepción.

—O tú no sabes mirar.

Silencio.

Sostuvo mi mirada como si quisiera medir hasta dónde podía llegar.

—Puedo ver bastante bien —dijo al final.

—Entonces empieza por ver que no me interesas.

La taza se detuvo a medio camino.

Un segundo.

Luego la dejó sobre la encimera.

—Eso lo dijiste anoche.

—Y lo repito.

—Interesante —murmuró—. Porque tu lenguaje corporal dice otra cosa.

Rodé los ojos.

—No empieces.

—¿Empezar qué?

—Ese juego.

Se acercó un paso.

Solo uno.

Suficiente.

—¿Qué juego?

—El de creer que todo gira alrededor de ti.

Se inclinó apenas, lo justo para invadir mi espacio sin tocarme.

—No todo —dijo en voz baja—. Solo lo que vale la pena.

Mi pulso se aceleró.

Lo ignoré.

—Entonces busca en otro lado.

—Lo haré —respondió—. Cuando encuentre algo más interesante.

Mi respiración se volvió más lenta, más consciente.

—Suerte con eso.

Pasé a su lado para abrir la nevera.

Error.

Porque al girar, mi brazo rozó el suyo.

Un toque mínimo.

Pero suficiente.

Se quedó quieto.

Yo también.

El contacto fue breve.

Demasiado breve.

Cerré la puerta con más fuerza de la necesaria.

—¿Siempre haces eso?

No lo miré.

—¿Qué cosa?

—Pretender que no pasó nada.

Respiré hondo.

—Porque no pasó nada.

Se movió detrás de mí.

Lo sentí.

Cerca.

Demasiado.

—Claro —dijo—. Solo fue un accidente.

Me giré.

Estaba más cerca de lo que esperaba.

Otra vez.

—Exacto.

Sus ojos bajaron a mis labios.

Un segundo.

Dos.

—Deberías tener más cuidado —murmuró.

—¿Por qué?

Se inclinó apenas.

Mi espalda chocó con la encimera.

—Porque los accidentes… —susurró— a veces no lo son.

Mi corazón golpeó más fuerte.

No retrocedí.

No podía.

—Estás confundido.

—No —negó—. Estoy bastante claro.

Silencio.

Tensión.

Demasiada.

—Mía —la voz de mi madre rompió el momento.

Ambos nos separamos.

Como si nada hubiera pasado.

Como si no hubiera pasado nada.

—Buenos días —dijo entrando—. ¿Ya desayunaron?

—No —respondí rápido.

—Estaba a punto —añadió Sebastián, tranquilo.

Demasiado tranquilo.

Como si no hubiera estado a centímetros de mí hace un segundo.

—Perfecto —sonrió ella—. Podemos comer juntos.

Genial.

Me senté en la mesa, intentando ignorar la sensación que aún me recorría la piel.

No funcionó.

Porque él se sentó frente a mí.

Otra vez.

Y esta vez, no apartó la mirada en ningún momento.

—¿Qué harás hoy? —preguntó mi madre.

—Salir.

—¿A dónde?

—A cualquier lugar que no sea aquí.

—Mía…

—Necesito conocer la zona —mentí.

No necesitaba nada.

Excepto distancia.

—Sebastián puede acompañarte —dijo Esteban desde la puerta.

Silencio.

No.

—No hace falta —respondí.

—Claro que hace falta —intervino mi madre—. Es mejor que no estés sola.

Miré a Sebastián.

Él ya me estaba mirando.

Como si hubiera estado esperando eso.

—No tengo problema —dijo.

Por supuesto que no.

—Yo sí.

—Lo superarás —replicó él, levantándose.

Lo fulminé con la mirada.

—No eres mi niñero.

—Ni tú una niña —respondió—. Pero aquí estamos.

Quise discutir.

No lo hice.

Porque sabía que perdería.

Y eso… me molestaba más de lo que debería.

Minutos después, estábamos en su auto.

Silencio.

Incómodo.

—¿Siempre eres tan encantadora por la mañana? —preguntó sin mirarme.

—¿Siempre eres tan insoportable?

Sonrió.

—Depende de la compañía.

—Entonces hoy estás en tu mejor versión.

—Sin duda.

Giró el volante con una mano.

Seguro.

Relajado.

Como si esto fuera normal.

Como si nosotros fuéramos normales.

—No tienes que hacer esto —dije.

—Lo sé.

—Entonces no lo hagas.

—No quiero.

Lo miré.

—¿Por qué?

Sus ojos se encontraron con los míos un segundo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.