Odiaba que tuviera razón.
Eso era lo peor.
No su arrogancia.
No su mirada.
Ni siquiera esa maldita costumbre de acercarse demasiado.
Era el hecho de que, desde el momento en que Sebastián apareció en mi vida, mi cabeza no había dejado de pensar en él ni un solo segundo.
Y eso me enfurecía.
—No se va a detener.
Su voz seguía resonando en mi mente incluso horas después de haber regresado del mirador.
Cerré la puerta de mi habitación con fuerza y dejé caer el bolso sobre la cama.
—Sí se va a detener —murmuré.
Tenía que hacerlo.
Porque esto estaba mal.
Muy mal.
Y yo todavía conservaba algo de cordura.
O eso quería creer.
Me lancé sobre la cama boca arriba, mirando el techo.
Silencio.
Por primera vez desde que llegué, la casa parecía tranquila.
Demasiado tranquila.
Hasta que escuché risas abajo.
Fruncí el ceño.
Una voz femenina.
Aguda.
Coqueta.
Perfecto.
No era asunto mío.
Y aun así me levanté.
Ridículo.
Bajé las escaleras lentamente, diciéndome a mí misma que solo quería agua. Nada más.
Mentira.
Porque en cuanto entré a la sala, mis ojos fueron directo hacia él.
Sebastián estaba sentado en el sofá.
Y una chica rubia prácticamente estaba encima suyo.
Hermosa.
Perfecta.
Molestamente perfecta.
Ella reía mientras tocaba su brazo como si tuviera derecho.
Él no parecía incómodo.
Para nada.
Sentí algo extraño en el pecho.
Algo caliente.
Fastidioso.
Celos.
No.
Imposible.
—Mía —la voz de mi madre me hizo reaccionar—. Ven, quiero presentarte a alguien.
Demasiado tarde para escapar.
La chica volteó hacia mí con una sonrisa impecable.
—Ella es Nicole —continuó mi madre—. Es amiga de Sebastián.
Amiga.
Claro.
Nicole se levantó y me observó de arriba abajo.
—Mucho gusto.
—Igualmente.
Mentira.
Sus ojos volvieron hacia Sebastián demasiado rápido para que fuera casual.
Y los de él…
los de él estaban puestos en mí.
Como si estuviera esperando algo.
Alguna reacción.
Pues no la tendría.
—¿Van a salir? —pregunté, fingiendo desinterés.
Nicole sonrió antes de responder.
—Sí. Sebastián prometió llevarme a cenar.
Mi mirada fue hacia él.
Seguía observándome.
En silencio.
Desafiante.
Como si quisiera comprobar algo.
—Qué lindo —murmuré.
Y me giré para ir a la cocina.
Necesitaba salir de ahí antes de hacer algo estúpido.
Abrí la nevera sin realmente buscar nada.
Respira, Mía.
No te importa.
No debería importarte.
Escuché pasos detrás de mí.
No necesitaba girarme para saber quién era.
—¿Celosa?
Rodé los ojos inmediatamente.
—¿Tan egocéntrico eres?
Sebastián apoyó una mano junto a mi cabeza, atrapándome entre él y la encimera otra vez.
Empezaba a odiar lo mucho que hacía eso.
—No respondiste.
—Porque la pregunta es ridícula.
—Entonces mírame y dime que no te molestó verla conmigo.
Lo hice.
Error.
Porque estaba demasiado cerca.
Y porque esa maldita camisa negra le quedaba demasiado bien.
—No me molestó.
Sus labios se curvaron apenas.
—Mientes horrible.
—Y tú te crees irresistible.
—No me lo creo —susurró—. Lo sé.
Idiota.
—Tu novia te está esperando.
—Nicole no es mi novia.
No sé por qué esa respuesta alivió algo dentro de mí.
Y eso me molestó todavía más.
—No me interesa.
—Claro que sí.
Se inclinó un poco más.
—¿Sabes qué es lo divertido? —continuó—. Que intentas actuar indiferente… pero tus ojos dicen otra cosa.
Mi respiración se volvió más lenta.
—No sabes leerme.
—Te leo perfectamente.
Silencio.
Tensión.
Otra vez.
Siempre él.
Siempre esto.
—Sebastián —la voz de Nicole sonó desde la sala—. ¿Nos vamos?
Sus ojos siguieron sobre mí unos segundos más.
Demasiados.
—Ya voy.
Pero no se movió.
No inmediatamente.
—Pórtate bien mientras no estoy —murmuró cerca de mis labios.
—Vete al infierno.
Sonrió.
Y esa sonrisa…
esa sonrisa iba a terminar conmigo.
Se apartó al fin y salió de la cocina como si no acabara de alterar cada pensamiento en mi cabeza.
Respiré profundo.
Una vez.
Dos.
Tres.
No funcionó.
Esa noche intenté distraerme viendo una película.
Fracaso total.
No podía concentrarme.
Porque imaginaba cosas que no quería imaginar.
Sebastián con Nicole.
Sebastián riéndose con ella.
Sebastián besándola.
Apagué el televisor de golpe.
—Esto es ridículo.
Claro que tenía vida antes de conocerme.
Claro que salía con chicas.
¿Y por qué demonios eso me molestaba tanto?
Un sonido afuera de mi habitación me hizo levantar la mirada.
La puerta se abrió segundos después.
Sin tocar.
Obviamente.
Sebastián entró aflojándose la corbata.
—¿Qué haces? —pregunté inmediatamente.
—Vivo aquí.
—Esta es mi habitación.
—Y tú nunca cierras con seguro.
Lo fulminé con la mirada.
Ojalá pudiera fulminarlo de verdad.
—¿Cómo te fue con Nicole?
Error.
Porque en cuanto las palabras salieron de mi boca, él sonrió.
Lento.
Peligroso.
—Ah… así que sí te importa.
—No dije eso.
—Pero preguntaste.
Se acercó despacio.
—¿Quieres saber si la besé?
Mi corazón dio un golpe incómodo.
—No.
—¿Si pensé en ella después?
Apreté la mandíbula.
—Me da igual.
—Mentira.
Se detuvo frente a mí.
Cerca.
Como siempre.
—¿Quieres saber lo peor? —murmuró.
—No.
—Que mientras ella hablaba… yo pensaba en ti.