—Que yo tampoco quiero.
Las palabras de Sebastián no dejaron mi cabeza en toda la mañana.
Ni mientras desayunaba.
Ni mientras fingía escuchar a mi madre hablar sobre unas cajas que todavía faltaban por organizar.
Ni siquiera cuando intenté distraerme con mi celular.
Nada funcionaba.
Absolutamente nada.
—Mía.
—¿Hm?
—Te estoy hablando hace cinco minutos.
Levanté la mirada.
—Perdón.
—¿Te pasa algo?
—No.
—¿Segura?
—Sí.
Mentira.
Mi madre me observó unos segundos más antes de suspirar.
—Esta tarde iremos a cenar donde unos amigos.
—No quiero ir.
—Mía.
—¿Qué?
—No vas a encerrarte aquí.
—No estoy—
—Sí lo estás.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
—Mamá.
—Mía.
—…
—A las siete.
Perfecto.
Maravilloso.
Justo lo que necesitaba.
Más gente.
Más conversaciones incómodas.
Y peor…
más Sebastián.
—¿Eso te vas a poner?
Giré inmediatamente.
—¡¿Tú no sabes tocar una puerta?!
Sebastián estaba apoyado contra el marco de mi habitación.
Otra vez.
Como si las puertas fueran decoración.
—Contestaste rápido.
—Sal de aquí.
—No.
—Sebastián.
—Mía.
—Te odio.
—No.
Lo fulminé con la mirada.
Él simplemente sonrió.
Idiota.
—¿Qué quieres?
—Mamá dijo que salimos en veinte minutos.
—Perfecto.
—Y vine a decirte algo.
—No me interesa.
—Te ves bonita.
Silencio.
No.
No.
No.
—¿Qué?
—Escuchaste.
—¿Te golpeaste la cabeza?
—No.
—¿Te enfermaste?
—Tampoco.
—Entonces—
—Mía.
Dios.
Esa voz.
—Solo acepta el cumplido.
—No necesito tus cumplidos.
—Claro.
—Y deja de sonreír así.
—¿Así cómo?
—Como si supieras algo.
—Sé muchas cosas.
—Qué miedo.
Se acercó un poco.
Solo un poco.
Y aun así…
demasiado.
—Por ejemplo…
—¿Qué?
—Sé que llevas diez minutos intentando escoger zapatos.
Lo miré.
Horrorizada.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque caminas de un lado a otro.
—¿Me estabas escuchando?
—Toda la casa te estaba escuchando.
—Te odio.
—Ya dijiste eso.
—Y lo repito.
—Perfecto.
Pero seguía sonriendo.
Y eso empezaba a ser un problema.
Uno enorme.
—Compórtense —dijo mi madre apenas bajamos del auto.
—Yo siempre me comporto bien —dijo Sebastián.
—No mientas delante de tu papá.
—Mía.
—¿Qué?
—Respira.
—No necesito—
—Respirar sí.
Idiota.
La casa era enorme.
Otra más.
Perfecto.
Había música.
Gente.
Risas.
Y demasiadas personas elegantes para mi gusto.
—Quédate cerca —dijo mi madre.
—No tengo cinco años.
—Igual.
—Sí, mamá.
Me alejé antes de seguir escuchando recomendaciones.
Necesitaba aire.
Otra vez.
Siempre aire.
—¿Mía?
Giré.
Una chica.
Cabello oscuro.
Sonrisa amable.
—Soy Emma —dijo—. Mi mamá es amiga de la tuya.
—Ah.
—¿Eres nueva aquí?
—Sí.
—Ven.
—¿A dónde?
—A donde no están los adultos.
Eso sí sonaba bien.
—Y entonces casi se cae a la piscina.
—¡No es verdad! —protestó un chico.
—Sí pasó.
—Emma.
—Pasó.
—No pasó.
Reí.
Por primera vez en días.
De verdad.
—Mía.
Mi sonrisa desapareció inmediatamente.
No.
No.
No.
Sebastián.
—¿Qué?
—¿Podemos hablar?
—No.
—Mía.
—Sebastián.
—Cinco minutos.
—No.
—Tres.
—No.
—Uno.
—No.
Emma levantó una ceja.
—¿Interrumpo algo?
—No —respondimos al mismo tiempo.
Perfecto.
—Solo necesito hablar con ella —dijo Sebastián.
—Yo no.
—Mía.
—No.
—Por favor.
Parpadeé.
—¿Acabas de decir por favor?
—No te acostumbres.
Idiota.
—Cinco minutos —cedí.
—Dos —corrigió Emma.
—Tres —dijo Sebastián.
—Dos.
—Tres.
—Dos.
—Bien.
—Gracias —dijo él.
—No sonrías.
—No estoy sonriendo.
Mentiroso.
—¿Qué quieres?
—Hablar.
—Habla.
—No aquí.
—Aquí está bien.
—Mía.
—Sebastián.
—Eres imposible.
—Y tú insoportable.
Silencio.
Nos miramos.
Otra vez.
Siempre terminábamos así.
—¿Quién era ese chico? —preguntó de repente.
Parpadeé.
—¿Cuál?
—El que estaba contigo.
—¿Te importa?
—Pregunté.
—¿Y?
—Respóndeme.
—No.
—Mía.
—Sebastián.
—Deja de hacer eso.
—¿Qué cosa?
—Repetirme todo.
—Entonces deja de preguntar cosas que no te importan.
Silencio.
—No me gusta.
—¿Qué?
—Que otros te miren.
Mi respiración se frenó.
Un segundo.
Dos.
No.
No podía decir esas cosas.
—No tienes derecho—
—Lo sé.
—Entonces—
—No me gusta igual.
—Sebastián—
—Y eso es un problema.
Mi corazón empezó otra vez.
Fuerte.
Demasiado fuerte.
—No hagas esto.
—¿Esto qué?
—Lo sabes.
—No.
Mentira.
Sí sabía.
Perfectamente.
—Mía…
—No.
—Ni siquiera dije nada.
—Pero ibas a hacerlo.
—Tal vez.
—No lo hagas.
—¿Por qué?
Porque no iba a soportarlo.
Porque estaba perdiendo.
Y lo peor…
era que él también lo sabía.
—Porque esto termina mal.
Por primera vez…
no respondió enseguida.
—Sí —dijo finalmente—. Creo que sí.
Y por primera vez…
eso dolió.
Mucho más de lo que debería.