—Sí… creo que esto termina mal.
No sé por qué esas palabras se quedaron conmigo.
Tal vez porque Sebastián las había dicho demasiado serio.
O tal vez porque, por primera vez…
yo también lo estaba pensando.
Todo esto estaba saliéndose de control.
Y apenas llevaba unos días viviendo ahí.
Unos malditos días.
—¿Mía?
Levanté la mirada del plato.
—¿Sí?
—¿Puedes ir a comprar unas cosas conmigo? —preguntó mi madre.
—¿Ahora?
—Sí.
—No quiero salir.
—Mía.
—Mamá.
—Por favor.
Suspiré.
—Está bien.
—Perfecto.
—Yo voy —dijo una voz que ya empezaba a reconocer demasiado rápido.
No.
No.
No.
—No hace falta —respondí inmediatamente.
—Yo dije que voy.
—Y yo dije que no.
—Qué lástima.
Idiota.
—Sebastián…
—Mía…
—Te juro—
—Compórtense —interrumpió mi madre.
—Él empezó.
—Ella empezó.
—¡Sebastián!
—¿Qué?
—No tengo cinco años.
—Nunca dije que sí.
—Pero actúas como si—
—Los dos van —sentenció mi madre.
Perfecto.
Maravilloso.
Increíble.
Mi día acababa de arruinarse.
—No entiendo por qué tienes que manejar tan rápido.
—Voy a velocidad normal.
—No.
—Sí.
—No.
—Mía.
—Sebastián.
—¿Podemos estar cinco minutos sin discutir?
—No.
—Ya veo.
Miré por la ventana.
Nubes oscuras.
Muy oscuras.
—Va a llover.
—Parece.
—Mucho.
—Mhm.
—Demasiado.
—¿Quieres apostar?
—No.
—Cobarde.
—No soy—
Un trueno interrumpió todo.
—Perfecto —murmuré.
Cinco minutos después…
el cielo explotó.
Lluvia.
Mucha lluvia.
Demasiada lluvia.
—¿Siempre llueve así aquí?
—A veces.
—Odio la lluvia.
—Mentira.
—No.
—Te gusta.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
—Sebastián—
—Mía—
—Idiota.
—Gracias.
Lo odiaba.
Muchísimo.
—¿Y ahora qué? —pregunté.
—Esperar.
—¿Cuánto?
—No sé.
—Genial.
La lluvia golpeaba fuerte los vidrios del auto.
Demasiado fuerte.
—Tengo hambre.
—Comimos hace una hora.
—Igual.
—Increíble.
—¿Qué?
—Cómo sobrevives.
—¿Perdón?
—Pareces una niña pequeña.
—Y tú pareces un viejo amargado.
—Tengo veintidós.
—Y alma de cuarenta.
—Qué cruel.
—Lo sé.
Silencio.
Extraño.
Cómodo.
Y eso era raro.
Porque con Sebastián nunca había comodidad.
Solo tensión.
Caos.
Problemas.
—¿Puedo preguntarte algo? —dijo de repente.
—Depende.
—¿Por qué te cuesta tanto confiar?
Lo miré.
—¿Qué?
—Siempre estás a la defensiva.
—No.
—Sí.
—No me conoces.
—Estoy intentando.
Mi respiración se volvió más lenta.
—No hace falta.
—Para mí sí.
No respondí.
No sabía cómo hacerlo.
—Mi papá se fue cuando tenía diez —solté de repente.
Silencio.
—Mía…
—No hace falta decir nada.
—¿Por eso?
—¿Por eso qué?
—¿Levantas muros?
Tragué saliva.
—Tal vez.
La lluvia seguía cayendo.
Más fuerte.
Más fuerte.
—Mi mamá hizo todo sola —continué—. Trabajó muchísimo.
—Lo sé.
—Y después apareció Esteban.
—Y cambió todo.
—Sí.
—¿No te gusta el cambio?
—No me gusta sentir que ya no encajo.
Silencio.
—Mía…
—¿Qué?
—Sí encajas.
Lo miré.
Y algo en su expresión…
no era el Sebastián arrogante.
No el Sebastián que molestaba.
Era otro.
Más real.
Más humano.
Y eso…
eso era peligroso.
—Gracias —murmuré.
—No me agradezcas.
—¿Por qué?
—Porque me arruina la reputación.
Una pequeña risa salió de mí.
Sin querer.
—Ahí está.
—¿Qué?
—Tu sonrisa.
—¿Qué pasa con ella?
—Deberías usarla más.
Mi corazón.
Otra vez.
Siempre otra vez.
—No empieces.
—No estoy haciendo nada.
—Exactamente ese es el problema.
Él sonrió.
Y por primera vez…
no me molestó.
Para nada.
—Parece que bajó un poco —dijo mirando por la ventana.
—Por fin.
—¿Tienes frío?
—No.
Mentira.
Mucha.
—Toma.
—No.
—Mía.
—No necesito—
—Toma.
Me puso encima su chaqueta.
Y de verdad…
de verdad necesitaba dejar de sentir cosas por gestos tan pequeños.
—Gracias.
—De nada.
Silencio.
Otra vez.
Pero distinto.
Más tranquilo.
Más peligroso.
—Sebastián.
—¿Hm?
—¿Por qué eres diferente a veces?
—¿Diferente cómo?
—Como ahora.
Me observó unos segundos.
—Porque tú también lo eres.
—No.
—Sí.
—No.
—Mía.
—Sebastián.
—Nunca vas a cambiar.
—Tampoco tú.
—Tal vez no quiero.
Lo miré.
Y por un segundo…
solo uno…
todo se quedó demasiado quieto.
Demasiado cerca.
Demasiado real.
—Creo que ya podemos irnos —dije rápido.
—Sí.
Pero ninguno se movió.
Y eso…
eso decía demasiado.
Cuando llegamos a casa…
algo había cambiado.
No sabía qué.
No sabía cómo.
Pero lo sentía.
Y eso…
me daba mucho miedo.
Porque por primera vez…
Sebastián Varela ya no parecía solo un problema.
Empezaba a sentirse como algo mucho peor.
Algo que podía romperme.
Y aun así…
no estaba segura de querer alejarme.