Algo había cambiado.
Y lo peor…
era que ambos lo sabíamos.
Desde aquella tarde bajo la lluvia, Sebastián ya no me molestaba igual.
O quizás sí.
Solo que ahora era peor.
Mucho peor.
Porque antes solo me desesperaba.
Ahora…
también me ponía nerviosa.
Y eso era un problema enorme.
—¿Mía?
—¿Qué?
—Te estoy hablando.
Levanté la mirada rápidamente.
Mi madre estaba frente a mí con los brazos cruzados.
—Perdón.
—Últimamente estás muy distraída.
—No.
—Sí.
—No.
—Mía.
—Mamá.
—¿Te pasa algo?
Sí.
Sebastián Varela me estaba destruyendo la estabilidad mental.
—No pasa nada.
—¿Segura?
—Segura.
Mentira.
Absoluta mentira.
—Bueno —dijo ella—. Esta noche iremos a cenar con unos socios de Esteban.
—No quiero.
—No pregunté.
—Mamá…
—Y Sebastián va.
Perfecto.
Justo lo que necesitaba.
Más tiempo con él.
Maravilloso.
—¿Por qué estás tan arreglada?
Levanté la mirada inmediatamente.
—¿Tú no sabes tocar puertas?
—¿Tú no sabes responder preguntas?
—¿Qué quieres?
Sebastián estaba apoyado contra la puerta.
Otra vez.
Maldita costumbre suya.
—Nada.
—Entonces sal.
—No.
—Sebastián.
—Mía.
—¿Podemos tener una conversación normal alguna vez?
—No creo.
Idiota.
—Te ves bonita.
Mi corazón.
Otra vez.
No.
—¿Qué?
—Escuchaste.
—No necesito tu opinión.
—Perfecto.
—Perfecto.
Silencio.
—¿Siempre te pones nerviosa cuando te hago un cumplido?
—No estoy nerviosa.
—Claro.
—No empieces.
—No estoy haciendo nada.
—Exactamente.
—¿Sabes qué?
—¿Qué?
—Eres insoportable.
—Y aun así hablas conmigo.
—Porque apareces donde sea.
—Tal vez me gusta molestarte.
—Pues deja de hacerlo.
Por primera vez…
no respondió.
Solo me observó.
Muy serio.
Demasiado serio.
—No creo poder hacerlo.
Mi respiración se detuvo un segundo.
Solo uno.
Pero él lo notó.
Claro que lo notó.
Y eso lo hacía peor.
La cena era aburrida.
Terriblemente aburrida.
Adultos hablando de negocios.
Dinero.
Proyectos.
Más dinero.
Perfecto.
—¿Aburrida?
Giré.
Sebastián.
—No.
—Mientes horrible.
—Y tú apareces demasiado.
—Ya lo habías dicho.
—Y lo repetiré.
—Perfecto.
—Perfecto.
—Nos estamos pareciendo.
—Qué horror.
Sonrió.
Idiota.
—Voy afuera.
—Voy contigo.
—No.
—Sí.
—Sebastián—
—Mía.
—Te juro—
—¿Qué?
—Que algún día voy a—
—¿Extrañarme?
Lo miré.
Él sonrió.
Yo quería empujarlo.
Un poco.
Tal vez mucho.
—Por fin silencio —murmuré saliendo al jardín.
—Coincido.
—No tienes que seguirme.
—Lo sé.
—Entonces—
—No quiero.
—Eres imposible.
—Y tú hermosa cuando te enojas.
Mi corazón dio un golpe fuerte.
Demasiado fuerte.
—No juegues conmigo.
—Nunca he jugado contigo.
—Sí lo haces.
—No.
—Sebastián—
—Mía.
—Deja eso.
—¿Qué cosa?
—Todo esto.
—¿Todo qué?
—Tú.
Silencio.
—No puedo.
Lo miré.
Demasiado rápido.
Demasiado directo.
—¿Por qué?
Error.
No debía preguntar eso.
—Porque eres tú.
Mi respiración se volvió lenta.
Peligrosamente lenta.
—No hagas esto.
—¿Por qué?
—Porque sí.
—Buena respuesta.
—Sebastián—
—Mía.
—Hablo en serio.
—Yo también.
Y por primera vez…
lo vi diferente.
Más serio.
Más real.
Más peligroso.
—Esto termina mal —susurré.
—Lo sé.
—Entonces aléjate.
—No puedo.
—¿Por qué?
Silencio.
Uno largo.
Pesado.
Y entonces…
—Porque me gustas.
El mundo.
Literalmente.
Se detuvo.
—¿Qué?
—Escuchaste.
—No.
—Sí.
—No.
—Mía—
—No.
Porque no podía.
No debía.
No quería.
¿Verdad?
—Di algo.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque esto está mal.
—Lo sé.
—Sebastián—
—Mía…
Mi nombre.
Otra vez.
Así.
Y ya no sabía qué hacer con eso.
—No me mires así.
—¿Así cómo?
—Como si—
—¿Como si qué?
—Como si importara.
Silencio.
Y luego…
—Importas.
Demasiado.
Mi corazón.
Mi cabeza.
Todo.
Todo estaba mal.
—Sebastián…
—Dime que no sientes nada.
No pude.
Porque estaría mintiendo.
Y él lo sabía.
—Mía.
—No puedo.
—Lo sé.
Y por primera vez…
sentí miedo.
Porque ya no era solo él.
Era yo también.
Y eso…
eso lo cambiaba todo.