—Importas.
La palabra seguía resonando en mi cabeza.
Una y otra vez.
Como una canción imposible de apagar.
Como una advertencia.
O una condena.
No lo sabía.
Lo único que sabía era que estaba perdiendo la batalla.
Y lo peor era que Sebastián también lo sabía.
La cena terminó poco después de aquella conversación.
O al menos eso creía.
Porque aunque los adultos seguían hablando dentro de la casa, para mí todo había terminado en el momento en que Sebastián dijo aquellas palabras.
"Porque me gustas."
Dios.
¿Por qué tenía que ser tan directo?
¿Por qué tenía que decir exactamente lo que yo estaba intentando ignorar?
—Mía.
Levanté la mirada.
Ahí estaba otra vez.
Como si mis pensamientos lo llamaran.
—¿Qué?
—¿Podemos hablar?
—No.
—Mía.
—Sebastián.
—Cinco minutos.
—No.
—Dos.
—No.
—Uno.
Suspiré.
—Habla.
Él observó alrededor.
—No aquí.
—Aquí está bien.
—No.
—Sí.
—No.
—Sebastián...
—Ven conmigo.
—No.
Y aun así...
terminé siguiéndolo.
El jardín trasero estaba vacío.
Solo se escuchaba el sonido del agua de una fuente cercana y el viento moviendo las hojas de los árboles.
Era tranquilo.
Demasiado tranquilo.
—¿Qué quieres decirme?
Sebastián se quedó en silencio unos segundos.
Mirándome.
Como si estuviera buscando las palabras correctas.
—No me arrepiento.
Parpadeé.
—¿De qué?
—De haberte dicho lo que siento.
Mi corazón dio un salto.
—Sebastián...
—Déjame terminar.
Guardé silencio.
—Intenté ignorarlo.
Intenté convencerme de que eras solo la hija de la esposa de mi padre.
Intenté mantener distancia.
Pero no funcionó.
No funcionó ni un poco.
Tragué saliva.
—Esto es una mala idea.
—Lo sé.
—Entonces...
—No puedo cambiar lo que siento.
Silencio.
Mi pecho se sentía extraño.
Pesado.
Demasiado lleno.
—¿Y qué esperas que haga?
—Nada.
—¿Nada?
—Solo quiero que seas sincera.
Lo miré confundida.
—¿Sincera?
—Sí.
Sus ojos se clavaron en los míos.
—¿Sientes algo por mí?
El mundo pareció detenerse.
Porque esa era la pregunta.
La única pregunta que importaba.
Y también la más peligrosa.
—Yo...
Mi voz falló.
—Mía.
—No debería.
—No te pregunté eso.
Mi corazón latía tan fuerte que estaba segura de que él podía escucharlo.
—Esto está mal.
—Lo sé.
—No quiero lastimar a mi mamá.
—Yo tampoco.
—Entonces...
—Entonces dime la verdad.
Bajé la mirada.
Por primera vez.
Porque sostener sus ojos era demasiado difícil.
—Sí.
La palabra salió apenas en un susurro.
Pero él la escuchó.
Claro que la escuchó.
—¿Sí?
Cerré los ojos.
—Sí.
Silencio.
Largo.
Intenso.
Y cuando volví a abrirlos...
él seguía mirándome.
Como si acabara de darle el mejor regalo del mundo.
—Mía...
Mi nombre sonó diferente.
Más suave.
Más peligroso.
Y entonces dio un paso hacia mí.
Solo uno.
Pero fue suficiente.
Porque el aire cambió.
Porque todo cambió.
—Sebastián...
—Dime que me detenga.
Debía hacerlo.
Era lo correcto.
Lo inteligente.
Lo responsable.
Pero ninguna de esas cosas parecía importar cuando estaba tan cerca.
—Yo...
Su mano rozó la mía.
Apenas.
Un toque mínimo.
Y aun así sentí electricidad recorriéndome por completo.
—Dime que me detenga.
Mi respiración tembló.
No lo hice.
No pude.
Sus ojos bajaron a mis labios.
Y los míos hicieron exactamente lo mismo.
Error.
Un enorme error.
Pero ya era demasiado tarde.
Porque ambos sabíamos lo que estaba pasando.
Y ninguno parecía dispuesto a detenerlo.
—Mía...
—Sebastián...
Y entonces...
se escuchó una puerta abrirse dentro de la casa.
Ambos nos apartamos inmediatamente.
Como si hubiéramos sido atrapados haciendo algo terrible.
Porque quizás lo estábamos.
—¿Están aquí? —se escuchó la voz de Esteban a la distancia.
Mi corazón seguía acelerado.
Sebastián pasó una mano por su cabello.
Frustrado.
Yo tampoco estaba mucho mejor.
—Debemos entrar.
Asentí.
Porque era lo único que podía hacer.
Pero mientras caminábamos de regreso...
su mano rozó la mía.
Solo un segundo.
Lo suficiente para que mi corazón volviera a perder el control.
Y lo peor...
era que ya no estaba segura de querer recuperarlo.