No pasó nada.
Y aun así...
lo cambió todo.
Durante el camino de regreso a casa nadie mencionó lo ocurrido en el jardín.
Ni Sebastián.
Ni yo.
Como si ambos hubiéramos firmado un acuerdo silencioso.
Como si ignorarlo fuera suficiente para hacerlo desaparecer.
Pero no desapareció.
Porque seguía ahí.
En cada mirada.
En cada silencio.
En cada momento en que nuestras manos casi se rozaban.
Dos días después...
las cosas seguían igual.
O peor.
Mucho peor.
Porque ahora existía una verdad imposible de ignorar.
Yo sentía algo por él.
Y él sentía algo por mí.
Y ninguno sabía qué hacer con eso.
—Esta noche hay una fiesta.
Levanté la vista del celular.
—¿Qué?
Mi madre sonrió.
—La hija de unos amigos cumple años.
—No quiero ir.
—Mía.
—¿Por qué siempre tengo que ir?
—Porque te hace bien salir.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
Suspiré.
—Está bien.
—Perfecto.
—No tan perfecto.
—Sí lo es.
No lo era.
Para nada.
Dos horas después...
me arrepentía completamente de haber aceptado.
La casa era enorme.
Había música.
Luces.
Demasiada gente.
Y demasiadas razones para querer regresar.
—Relájate.
Giré inmediatamente.
Sebastián.
Por supuesto.
—Estoy relajada.
—Mentira.
—No.
—Sí.
—¿Por qué siempre haces eso?
—¿Qué?
—Creer que sabes todo.
—Porque contigo es fácil.
Idiota.
—Vete.
—No.
—Sebastián.
—Mía.
—Te odio.
—No.
Rodé los ojos.
—Algún día voy a dejar de hablarte.
—No lo harás.
—Sí.
—No.
—Sí.
—No.
—Idiota.
—Gracias.
Y ahí estaba otra vez.
Esa sonrisa.
La sonrisa que empezaba a gustarme demasiado.
—Sebastián.
Ambos giramos.
Una chica caminaba hacia nosotros.
Alta.
Hermosa.
Vestido rojo.
Cabello oscuro.
Confianza por todas partes.
Y lo peor...
la forma en que sonrió al verlo.
Como si ya lo conociera demasiado bien.
—Valentina.
La reconoció inmediatamente.
Sentí algo incómodo en el pecho.
Muy incómodo.
—Hace mucho que no te veía —dijo ella acercándose para abrazarlo.
Y él la abrazó.
Mi estómago se tensó.
Perfecto.
Justo perfecto.
—¿Quién es ella? —preguntó Valentina mirándome.
—Mía.
—Mucho gusto.
—Igualmente.
Mentira.
Absoluta mentira.
—¿Son novios?
Casi me atraganto con mi propia saliva.
—¿Qué?
Valentina soltó una risa.
—Lo pregunté porque la tensión entre ustedes podría iluminar toda la ciudad.
Mi cara ardió.
—No somos novios.
—Ah.
Su sonrisa se amplió.
—Entonces tengo oportunidad.
Silencio.
Mi corazón se hundió.
Solo un poco.
Lo suficiente.
—¿Oportunidad para qué? —preguntó Sebastián.
—Contigo, obviamente.
La forma en que lo dijo me hizo querer desaparecer.
O empujarla a una piscina.
Todavía no decidía cuál.
Una hora después...
yo estaba oficialmente de mal humor.
Porque Valentina seguía pegada a Sebastián.
Porque él seguía hablando con ella.
Porque me estaba molestando más de lo que debería.
—Celosa.
Levanté la mirada.
Sebastián estaba frente a mí.
Solo.
Por fin.
—No.
—Claro.
—No estoy celosa.
—Mía.
—Sebastián.
—Te conozco.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
Idiota.
—Ella es bonita.
La frase salió antes de que pudiera detenerla.
Error.
Porque él sonrió inmediatamente.
—¿Eso te preocupa?
—No.
—Mentira.
—No.
—Sí.
—Deja de sonreír.
—No quiero.
Maldito.
—¿Quieres saber algo?
Lo miré.
—No.
—Valentina fue mi ex.
Mi corazón cayó directo al suelo.
Perfecto.
Simplemente perfecto.
—Qué bien.
—No parece que te alegre.
—No me importa.
—Claro.
—No me importa.
—Entonces mírame y repítelo.
Error.
Porque lo hice.
Y él estaba demasiado cerca.
Otra vez.
Siempre.
—No me importa.
Sus ojos se clavaron en los míos.
—Mientes.
—No.
—Sí.
—Sebastián...
—Mía.
—No hagas esto.
—¿Esto qué?
—Lo sabes.
—No.
Mentira.
Sabía perfectamente.
Valentina apareció otra vez.
Por supuesto.
—Sebastián, ¿vienes?
Él no respondió enseguida.
Seguía mirándome.
Como si estuviera esperando algo.
Una reacción.
Una señal.
Cualquier cosa.
Pero yo no dije nada.
No podía.
No sabía cómo.
Finalmente él suspiró.
—Ya voy.
Y se alejó.
Con ella.
Otra vez.
No me di cuenta de que había salido al jardín hasta que estuve completamente sola.
Necesitaba aire.
Otra vez.
Siempre aire.
—Sabía que te encontraría aquí.
Mi corazón dio un salto.
Sebastián.
—¿Qué quieres?
—Hablar.
—No.
—Mía.
—Sebastián.
—¿Por qué estás molesta?
Solté una risa sin humor.
—No estoy molesta.
—Mentira.
—No.
—Sí.
—¿Por qué te importa tanto?
La pregunta salió más fuerte de lo que esperaba.
Él se quedó en silencio.
Y entonces...
dio un paso hacia mí.
—Porque eres tú.
Mi respiración se detuvo.
Otra vez.
—No deberías decir cosas así.
—Lo sé.
—Entonces deja de hacerlo.
—No puedo.
Silencio.
Mi corazón estaba fuera de control.
—Sebastián...
—¿Sí?
—Creo que esto cada vez se complica más.
Una sonrisa triste apareció en sus labios.